Me pregunto a menudo por qué me complico la vida metiéndome en berenjenales como este proyecto, que no tengo muy claro hacia dónde me llevará. A veces pienso que debería estar siendo una adulta funcional del siglo XXI —o ya del XXII, según los estándares—: haciendo deporte a diario (mínimo dos horas de crossfit), comiendo semillas de chía, consumiendo mis obligadas dosis de TikTok (Dios me libre) y hablando fluidamente cuatro idiomas. Todo esto, por supuesto, después de haber sido súper productiva en la oficina durante todo el día.
Spoiler: nada de eso. Aunque, de vez en cuando, me tomo un café de especialidad, que una es urbanita hasta la médula.
El caso es que, por mucho que intente quedarme quietecita, me doy cuenta de que lo que necesito es no parar de crear: de inventar, de contar, de escribir. Siempre escribir. Y en ese auto-viaje creativo, a veces me topo con historias que me hacen clic, que me impulsan, que me devuelven a mí misma. Así fue hace cinco años, cuando escribí para A2VOCES —en paz descanse— un artículo en el que repasaba la trayectoria de Sara Rivero como creadora visual e impulsora del electrodocumental. Una faceta quizás menos conocida de una actriz que, para mí, ya es casa.
Prueba de ello son algunos de sus papeles recientes como el de la inquebrantable y adorable Teresa en La Moderna (bastante tremenda la jugarreta de RTVE a la serie, por cierto) o el de Mer en Ni una Más, disponible (y súper recomendable) en Netflix. También otros complejos (para mí de sus mejores interpretaciones) como su Cati en La Caza. Tramuntana o la mítica Laura Blasco en Amar es para siempre. Y, por supuesto, proyectos teatrales como Queen Lear, en una reinterpretación con mirada feminista del clásico de Shakespeare o El Cíclope y otras rarezas del amor, que guardo como oro en paño: fue la primera —y única— vez que la vi sobre un escenario. Yo vivía un momento un poco raro, y hubo algo en su manera de sostener el personaje que me removió de pies a cabeza.
Así que, cuando le di al botón de “activar” y lancé puntoDgiro, tenía clarísimo que este post iba a venir conmigo. Porque se me ocurrirán mil locuras, pero este post siempre estará. Porque me pasa como con la entrevista a Eva Rufo: cuando todo se pone feo, siempre vuelvo a ellas. Será la admiración, supongo. O ese tipo de conexión que no se explica, solo se siente.
Y si siempre presumo de que me gusta escribir con mimo, no era cuestión de hacer un copia/pega —aunque alguna frase igual me he traído—, y me he retado a ver de nuevo todas sus piezas, a analizarlas con la mirada afinada que —quiero pensar— dan los años. Y me la he vuelto a gozar escribiendo. Como aquella vez. Porque, como ya dije, Sara es pura electricidad creativa —así titulé el post de A2VOCES— que hoy evoluciona en electro-creatividad, como he evolucionado yo: de intensita de manual a documentalista emocional. O eso quiero pensar. Vamos al lío.

Volver a ver las piezas de Sara ha sido como asomarme a una galería sensorial donde el arte visual se funde con la cadencia inevitable de la música electrónica. Eso es, precisamente, el electrodocumental: un espacio donde no habitan las reglas ni las suposiciones. Aquí las que mandan son las emociones y tienen una banda sonora que empuja a mover, como mínimo, las entrañas.
Recuerdo que al principio me fascinaba lo original que resultaba la mezcla de lo cotidiano con el ritmo vertiginoso que se consigue a través del montaje: de lo trivial a lo poético, sin formalismos crónicos. Ahora, con algo más de perspectiva, me atrae aún más otra cosa: la profundidad del discurso. La forma en que puede incomodar sin levantar la voz. Esa capacidad para hacernos preguntas a través de la belleza, sin necesidad de tener respuestas para todo. Un hito en estos tiempos, por cierto.
La filmografía de Sara Rivero como directora comienza con La Fe, continúa con la serie Señora, se adentra en Cuba con Papá Cohíba y desemboca en el disfrute visual que es Castilla Mal.
Pero, ¿qué nos quiere contar la creadora en cada una de estas piezas? Aquí van mis sensaciones.
La Fe
Decía en el primer post que La Fe (2018) era una pieza redonda en todos los sentidos y creo que a día de hoy aquella afirmación cobra más sentido que hace cinco años.
La premisa es sencilla: una tarde cualquiera de rebajas en la Puerta del Sol, un predicador lanza un discurso —grabado en sonido directo, lo que suma capas de realismo— sobre la norma de Dios, el egoísmo, la culpa y la promesa del infierno.
La forma en que se cuenta: un plano fijo de un hombre devorando un pastel ultraprocesado de chocolate, mientras suenan esas palabras y arranca el temazo que eleva la escena a otro nivel. Es la esencia más pura del electrodocumental.
El objetivo: provocar un empacho visual y, con él, una reflexión incómoda sobre cómo nos estamos convirtiendo en máquinas de scroll que van y vienen. Personas-con-bolsa que diría Sara.
Tienes que arrepentirte de todo lo que has hecho. O NO.
Tienes que arrepentirte de todo lo que has hecho. O NO.
Serie Señora
Señora en Museo | Señora Horticultora | Señora Panadera
Señora es una serie de tres piezas experimentales con tintes performáticos. Incluso más atrevida que La Fe, desplaza aún más el foco hacia lo visual, jugando con elementos tan cotidianos como un bolso, un puerro o una hogaza de pan. Objetos comunes, convertidos en arte.
Señora en Museo
La primera entrega, Señora en Museo (2017), es una especie de homenaje a Akira: un bolso que la autora descubrió durante un encuentro en París con una mujer llamada Isabel. Son apenas diez segundos —lo que puede verse en su web—, pero funcionan como un mini fashion film que no necesita más estridencias.
Plano ligeramente más corto que el americano, fondo pastel, casi vacío. Y en ese escenario mínimo, Akira y Rodin se encuentran. Frame a frame, la pieza explora cómo se ocupa un espacio. Cómo mirar y ser mirada.
Señora Horticultora
En Señora Horticultora (2018) nos adentramos en el concepto del alimento, que culminará más adelante en Señora Panadera. Aquí, la pieza se sostiene sobre una única frase: «Evita los lugares con sombra, pues el puerro necesita mucho sol para crecer».
Una advertencia hortícola que, según se mire, permite múltiples lecturas. La mía: cómo la percepción puede cambiar según el lugar que ocupamos, cómo aprendemos —con el tiempo— a darle valor y cohesión a lo que somos.
Todo esto envuelto en una especie de coreografía visual en la que Sara Rivero se come la cámara, literalmente. Montaje fragmentado y rítmico, que intercala imagen y negro al compás de la música, con una voz en off tipo GPS que te ametralla el cerebro. Un bombardeo estético con intención.
Señora Panadera
Cuando escribí sobre Señora Panadera (2020) en A2VOCES, lanzaba una pregunta al aire: ¿es posible hacer una oda visual al pan? Y respondía que sí, rotundamente. Ahora que he vuelto a verla, la afirmación se queda corta. Señora Panadera es una pieza con tintes autobiográficos, donde su directora plasma con humor, nostalgia y diría que algo de rabia, su renuncia al pan tras ser diagnosticada con intolerancia al gluten. Pero, como suele ocurrir en su obra, ese gesto íntimo se convierte en una excusa para hablar de algo más grande: el paso del tiempo, sus ritmos acelerados y nuestras formas de resistir.
El pan es el actor universal de la pieza y Sara, su protagonista, se lanza a una especie de performance doméstica en la que amasa, no harina, sino papel. Todo se combina con planos medios, muy físicos, en los que el cuerpo cuenta tanto como el gesto, y se intercalan imágenes documentales de Las Hurdes de Luis Buñuel, que aportan un subtexto social y visual inesperado.
Esta vez no está sola. Como en todas las creaciones, Señora Panadera nace de una premisa sonora: una conversación grabada durante uno de los trayectos Valencia-Madrid, en plena gira de El Cíclope. En ella intervienen Romeo Urbano, Antonio Rincón Cano y varios compañeros de reparto: Eva Isanta, Manu Baqueiro, Daniel Freire y Celia Vioque. Voces reales, sin filtros, que dialogan con la imagen y le suman no solo voz, sino también memoria y contexto.



Señora en el Museo, Señora Horticultora y Señora Panadera son obras de Sara Rivero. Fuente imagen: sararivero.com
Papá Cohiba
Papá Cohiba (2019) es un regreso a los orígenes. A los del tabaco, sí, pero también a los de una creadora que ha recorrido Cuba como lugar de aprendizaje.
A través de una danza visual entre la salsa y la electrónica, entre la corporalidad de Adonis Rodríguez y la propia Sara, Papá Cohíba se adentra en la tradición tabacalera cubana sin ceder a la mirada colonial ni a la postal turística. Es un retrato sin filtros de un ritual ancestral que, como tantos otros, ha estado históricamente vetado a las mujeres.
El discurso con sabor a frijol que nace de la voz de Omar Felipe Mauri, se mezcla con los planos amplios, el uso expresivo del color y una estructura que rehúye la linealidad, refuerzan esa sensación de rito, de invocación.
Papá Cohíba no solo documenta un proceso: lo transforma en un acto de memoria viva. Una vez más, la música no es acompañamiento, sino sentido. Pulso narrativo. Cuerpo.
Castilla Mal
Castilla Mal (2021)—que puede verse en Filmin— es el cortometraje más reciente de Sara Rivero, protagonizado por Borja Maestre y rodado en Valladolid, ciudad natal de la directora. En él se abordan dos temas que, aunque ya han sido explorados en múltiples ocasiones, aquí encuentran una voz singular: la problemática de la España vaciada y la identidad fragmentada de una generación que creció entre promesas de futuro y realidades migratorias.
Decía al principio —mitad ironía, mitad verdad— que soy una rata de ciudad (lo soy, no me escondo), y creo que es precisamente desde ese lugar donde la propuesta de Castilla Mal me incomoda de la forma más honesta. Porque te obliga a mirar de frente lo que ya no ves, lo que dejaste atrás sin darte cuenta, o lo que nunca fue tuyo del todo pero que, de pronto, aparece en pantalla con el rostro de lo familiar.
La llamada “generación MEVOY” es aquí protagonista. No como eslogan, sino como cuerpo presente. Y una vez más, el ritmo (esta vez más pausado, más grave) y el diseño sonoro actúan como vehículo emocional para una historia que no ofrece respuestas claras, pero sí muchas capas desde las que leerla.
Como dato, el cortometraje fue seleccionado para participar en la sección competitiva Castilla y León en Corto y formó parte de la prestigiosa Semana Internacional de Cine de Valladolid, la SEMINCI 2021.

Estudié Comunicación Audiovisual porque me moría de ganas de contar historias, pero me faltaron referentes. Luego descubrí que sí existen, solo hay que buscar con otros ojos, esquivar de vez en cuando lo que está de moda y, sobre todo, reflexionar sobre la capacidad que tienen la imagen y el sonido para evocar.
En el texto en el que explico por qué puntoDgiro se llama así, contaba que me gustaría que fuese un lugar para habitar la cultura con calma. Más que nada, quisiera convertirlo en un espacio donde todo lo que me hace mejor tenga cabida. Sara me hace mejor, solo por el hecho de zarandear mis ganas de escribir.
Gracias por eso, mujer eléctrica.
Siempre es un placer (re)encontrarte.



