Últimamente estoy muy acomodada en lecturas happy place: rápidas, sin demasiada trama y con final feliz. Pero hace un par de meses, buscando algo distinto, abrí una de las notas de mi iPhone heredado. Scrolleando entre más novelas romanticonas de las que realmente me apetecían, me encontré con Sucia, de Bàrbara Mestanza.
Lo primero que pensé fue que no sabía si tenía el cuerpo para enfrentarme a ello —qué curioso el cuerpo (del que voy a hablar bastante en estas líneas), siempre tan presente en nuestras decisiones—. Pero me animé. También, un poco empujada por las ganas de nutrir este pequeño espacio —que aún no había nacido— con cosas que despertaran algo en quien las leyera.
La intuición no me falló. Pero antes, contexto.
Bàrbara Mestanza es actriz, dramaturga, guionista, cantante, dobladora… lo que viene siendo una mujer polifacética en este mundo tan loco del arte. Me la encuentro por primera vez en pantalla allá por 2015, en Amar es para siempre, con su papel de Carmen. Pienso que, si me la cruzara en el baño de alguna de las discotecas a las que no voy, me caería bien. Seguro que nos reiríamos de algo absurdo. Yo qué sé, me vibra así.
Después vienen La Pelu, Mercado Central —en algún momento, no sé cuándo, empiezo a escudriñar sus redes sociales—, 42 segundos y, muy recientemente, Salón de té La Moderna, por mencionar solo algunos de sus proyectos audiovisuales.
Ligada también a la escena teatral de su Barcelona natal, Bàrbara ha estado presente como actriz, autora y dramaturga en obras como Todas las flores, La mujer más fea del mundo o Pocahontas o la verdadera historia de una traviesa, entre otras. También tiene tiempo para entregarse a la música con The Mamzelles, su girl-band entre tierna, irreverente y, sobre todo, fantástica, de la mano de Paula Malia y Paula Ribó (aka Rigoberta Bandini), que también traspasa el telón y se convierte en compañía de teatro. En 2021 gana el XI Torneig de Dramatúrgia Catalana de Temporada Alta con su texto Niñata. Pues eso: una titana de las artes escénicas. Del arte en general.
Pero entre todos estos textos, canciones y proyectos, algo cambia: nace Sucia.
Sucia es el relato de un episodio de abuso sexual que Bàrbara sufre durante una sesión de masaje. Una cita que, en principio, solo buscaba calmar su ansiedad una tarde tórrida y veraniega en Madrid. Todo esto en medio del desgaste emocional que implica asumir un proyecto tan exigente como el de una serie diaria, en una ciudad que no es la tuya, lejos de la gente que sí lo es.
El proyecto se gesta como una obra de teatro escrita, dirigida y protagonizada por ella misma. Un vehículo artístico para denunciar, en primera persona, el abuso sufrido. Pero, sobre todo, para señalar cómo la sociedad pone el foco —una y otra vez— en por qué, si fuiste la víctima, lo permitiste.
Años después, en 2023, Mestanza lleva Sucia a las librerías de la mano de Plaza & Janés. Y en breve, todo este proceso creativo, doloroso y vital culminará en un documental que tratará de cerrar (o no) el universo que Bàrbara ha creado con su obra. Y yo, que le pedí a mi cuerpo que se preparara para lo que venía, intento ahora escribir —con respeto, con rabia, con cuidado— todo lo que este libro me ha removido. A todo lo que da.
Bàrbara Mestanza es actriz, dramaturga, guionista, cantante, dobladora… lo que viene siendo una mujer polifacética en este mundo tan loco del arte.

Mientras me hago las anotaciones para la reseña, me prometo una y otra vez evitar clichés como “testimonio desgarrador”. Pero joder, ¿cómo no va a ser desgarrador que un desgraciado —querría insultarle mucho, pero me aguanto— introduzca sus puñeteras manos en literalmente cada rincón de tu cuerpo —y cuando digo cada rincón, es cada rincón— sin tu consentimiento?
Aun así, no quiero poner el foco ahí. Ni siquiera Bàrbara lo hace. El episodio horrible está, claro, pero no protagoniza el libro. Tampoco el villano malvado con su tatuaje horrible.
El verdadero protagonista de Sucia es el cuerpo.
El cuerpo como ente que nos limita y nos empuja a partes iguales.
Es muy potente el inicio del libro, cuando Bàrbara cuenta que, en su escuela infantil pija —sin ser ella nada de eso—, había un niño que se creía el rey del mambo —seguramente porque su entorno ya le daba permiso para ser un pequeño demonio de cinco años con derecho a irrumpir en baños ajenos y coger del cuello a niñas indefensas que solo querían hacer pis—. Y yo me pregunto: ¿cómo puede ser que desde tan pequeñas empecemos a perder el control sobre lo que es nuestro?
Honestamente, ¿hay algo más nuestro que el cuerpo?
A veces ni siquiera controlamos la cabeza, con todo lo que puede pensar, recorrer y sentir en un solo día. Pero el cuerpo… el cuerpo es tan cerdo que nos manda señales todo el rato: cuando está gordo o delgado, cuando duele, cuando le faltan vitaminas, cuando está muerto de cansancio… casi nunca nos da respuestas. Más bien al contrario, nos pasamos la vida haciéndole preguntas.
Entonces, ¿cómo vamos a estar preparadas para entender lo que le pasa a este transoceánico que crece con nosotras, cuando alguien decide que deje de ser tuyo y lo convierte en suyo? Sin consentimiento. Repito: sin consentimiento.
Y eso, precisamente, es lo que Bàrbara relata con tanta precisión y brutal honestidad en Sucia. Todo gira en torno a un cuerpo que, en momentos muy crudos —no solo durante el abuso, porque el libro habla de mucho más—, se separa de la mente. Un cuerpo al que le toca recomponerse, reconstruirse, aprenderse de nuevo. Su complicada relación con él y la disociación que experimenta constantemente son el eje de la novela, no solo físicamente, sino también en la forma en que somatiza las emociones.
Aquí es donde tocamos hueso con otro de los leitmotivs del libro: las malditas emociones y sus consecuencias.
Lo bueno de la narración autobiográfica y en primera persona es que, como lectora, te permite adentrarte hasta el fondo del universo de la autora y, de repente, empiezan a saltar pasajes con los que inevitablemente te identificas. Hay imágenes que literalmente se las puedes robar —bueno, va, pedir prestadas— a Bàrbara, porque en un momento dado pueden formar parte de tu imaginario vital: el amor infinito a y de una madre. La abuela valiente. El padre ausente. Aquel novio gilipollas. El capullo de después. La toxicidad romantizada. Los traumas. El sentirte minúscula. El hacerte grande. El arte que nos revienta la cabeza. Cómo ser una buena feminista. El colocón nocturno. La imaginación. El piso vacío. Los amigos que cuestionan. Las amigas que sostienen.
Podría seguir y llenaría este post con un montón de conceptos que ella expone perfectamente en su sentir y que te lanza como jarros de agua: algunos más fríos, otros más tibios, otros que arden. Hay momentos en que el relato se vuelve súper incómodo. A mí, especialmente, los del consumo ingente de drogas me ponen en alerta. Pero lo bueno es que ella te invita a asumirlo tal y como sucede. No hay filtros. Y eso, cuando te enfrentas a una lectura de estas características, es vitamina para el alma. Desafío cardiaco.
Jódete, happy place.
Lo bueno de la narración autobiográfica y en primera persona es que, como lectora, te permite adentrarte hasta el fondo del universo de la autora y, de repente, empiezan a saltar pasajes con los que inevitablemente te identificas.
Pero esto sigue. Se expande.
Nada ha acabado todavía —¿cómo se acaba algo así?, me pregunto—. Y continúo la lectura.
Hay pasajes muy oscuros en los que se narran las cenizas de una relación que cumple todos los estándares del horror —sí, la manipulación sostenida en el tiempo también es una forma de violencia machista—. Pequeños rayitos de luz disfrazados de ficción dentro de una verdad que duele —qué delicia algunas partes de Tailandia y el tailandés—. También hay momentos en los que te ríes por la manera en la que se cuentan algunas cosas que no son divertidas, y a la vez sientes mini escalofríos de frivolidad que te recorren. ¿Por qué me estoy descojonando de esta desgracia? Pues porque ya lo siento un poco mío.
Pero también está el testimonio de cómo se ve la vida desde una depresión profunda. De verbalizar el no querer seguir adelante sin ofender. De dejar de hacer ruido para dejar de cuestionarse a una misma. De cómo todo se destruye a su paso. De descarrilar sin que nadie te empuje a la zona segura. Juro que hay partes que me dejan un nudo heavy en la garganta. De parar a respirar. Y lo peor —que realmente es lo mejor—: pensar que tú también eres alguna de las cosas que otra cuenta y que, en este hilo literario que Bàrbara traza con toda su generosidad para todas nosotras sin conocernos de nada, nos une para siempre.
Hay mucho y muy duro en Sucia. Pero de repente se hace la luz. Se encuentra la perla. Siento que mientras yo leo, hay un montón de mujeres increíbles leyendo el libro a la vez, y que todas nos unimos en un abrazo largo. De repente, alguna de nosotras, empujada por sus traumas, dice basta y todas gritamos, en plan Braveheart:
—¿Por qué no hiciste nada?
—¿Y tú? ¿Por qué no te callas la boca?
Entre capítulo y capítulo —también en algunos pasajes del texto— hay un detalle que no quiero dejar pasar: cada uno comienza con una canción. De géneros variados, de mil estilos distintos. Como si la música —esa manifestación sensorial que dice lo que no sabemos expresar— fuera también parte del relato. Como si cada título, cada banda, cada solista con su obra dijera: esto también lo bailaste, esto también lo lloraste, esto también lo vomitaste, esto también fue tuyo. Y lo es. Sucia tiene una banda sonora nutridísima que se puede escuchar mientras te adentras en sus páginas.
Luego está la forma en que se cuenta lo que se cuenta. Bàrbara podría haber elegido un relato más convencional, pero aquí la rabia se mezcla con ternura, con gritos, con el uso contundente de las mayúsculas y la negrita como recurso que enfatiza la necesidad urgente de CONTAR.
En Sucia todo el poder de la palabra está presente.
Un profesor de lengua castellana muere.

En uno de los últimos días de emisión de La Moderna, coincidían en plano Bàrbara y mi adorada Sara Rivero —aquí, en este artículo, las razones por las que esta mujer mola tanto—. Recuerdo señalar la pantalla y decirle a mi yaya —más conocida como La Pepita, a punto de cumplir 79 años—:
—¿Sabes que me estoy leyendo un libro suyo?
—¿Y de qué va?
—De abuso sexual. Bueno, de más cosas, pero de abuso sexual.
La Pepita pone cara de circunstancia y suelta:
—Con lo dulce que es…
Frunzo el ceño:
—Yaya, los cabrones no entienden de dulzura.
Ella me mira desafiante y me pega una coz:
—Aixa, te he dicho que no me gusta que digas tacos. Eso yo no te lo he enseñado.
Me río, porque me hace mucha gracia que me eche la bronca. Y acto seguido, prosigue, solemne y decidida, sin perder esa prudencia que le caracteriza:
—Antes de esas cosas no se hablaba.
Hace una pausa, como la mujer sabia que es.
-Y también pasaban.
Trini y Teresa siguen en pantalla, con sus cosas de Moderners. Y a mí me da por pensar en el antes. Y en la suerte que tengo de poder enseñarle a La Pepita una minúscula parte de cómo es el ahora, desde mis ojos.
En el bien que me ha hecho encontrarme con Sucia en este justo momento en el que me quiero deshacer escribiendo porque es la vía más segura de escape que tengo. Pero, sobre todo, en atreverme a decirle a Bàrbara —desde las teclas que ahora estoy pulsando—:
Tía, no estás sola.
Ojalá todo te huela al café de los domingos por la mañana.
Y que arda el puto mundo.



