Están sonando los primeros acordes de Mañana será otro día —un tema fantástico de la banda que te presento a continuación— y, aunque yo no escribo canciones que pretendan salvar el mundo, pienso en lo valioso que es intentar ponerle palabras a la sensibilidad. Es un privilegio que me concedo —quizá con cierta osadía— y que nace del impulso compartido con quienes, como los protagonistas de esta entrevista, también hacen de la emoción su materia prima.
Flores para Tristia son Diego del Fresno (voz y composición), Cristian Araque (voz y guitarra), Adrián Agudo (bajo) y Daniel Santamaría (batería). O lo que es lo mismo: cuatro colegas que funambulean entre la poesía y la música, con especial atención al sentido. Ellos lo llaman música medicina. Yo, escalofrío del bueno.
Porque hay mucho de piel en cada verso que compone sus canciones. En cada acorde que sostiene sus bases. Y también hay un puñado de adjetivos que se entrelazan para formar el collage de un proyecto que respira en medio de este mundo que se está haciendo pedazos. Honestidad. Conciencia. Memoria. Identificación. Resalto este último porque me siento muy cerca de su forma de narrar. Y eso, simplemente, me hace feliz.
Desde su creación y primer EP, El final de la tristeza (2019), hasta su último lanzamiento, Los niños también lloran (2024), Flores para Tristia ha ido trazando una evolución orgánica que los ha llevado de la canción de autor y la poesía escénica a consolidarse como banda. Una pieza sólida que se descubre como carta de amor al arte que nace en las letras, crece en lo instrumental y vuela —definitivamente— en el directo. Por medio, imágenes que se entienden en silencio. Lorca. Toda la verdad que cabe en un disco que verá la luz en breve y que lleva por título Las pequeñas cosas, como una declaración de intenciones.
En A2VOCES tuvimos la suerte de abrir el envoltorio, pero la charla de hoy me ha permitido paladear mejor los matices de todo lo que tienen para contar. Ojalá endulzarte a ti, que estás leyendo esto, un ratito de la vida con ellos. Porque sí, Flores para Tristia es chocolate para muy chocolateros. Y después de conocerlos, estarás deseando empacharte.
El Zoom está en marcha y al otro lado aparecen Diego, Cristian y Adrián. Falta Daniel, que no ha podido sumarse hoy, pero es como si estuviera. Les pido disculpas por mi resfriado veraniego y se ríen al unísono. Pienso —aunque no lo digo— que ojalá estuviésemos en un garito, con alguna cerveza de por medio, pero sé que esta charla va a fluir sola. Empiezo por el principio: ¿Qué es Flores para Tristia? Habla Diego del Fresno.
Bueno, Flores para Tristia, Yo creo que lo primero que es, es un grupo de amigos. Pero también es un proyecto formado por músicos extraordinarios —que además son mis amigos— y que comparten su talento musical conmigo. El nombre significa “flores para las tristezas” y, como dice nuestro batería, Daniel Santamaría —que hoy no ha podido estar—, es “música medicina”.
A veces me parece un poco exagerado decirlo así, pero como a mí me gusta mucho la poesía, creo que es una buena forma de expresarlo. En la esencia del proyecto, en mi intención al escribir y en la de todos al hacer música, hay algo medicinal, aunque sea solo para nosotros mismos. Aunque solo sea un ratito de verdad, creo que la música puede hacer mucho bien. Eso está dentro de la esencia de Flores para Tristia, y representa ese concepto de “música medicina” que siempre reivindica Dani.
En este mundo que a veces parece muy oscuro, creo que es nuestra forma de reconciliarnos con nosotros mismos. Y de encontrar un poco de esperanza entre todas las cosas bonitas que también tiene la vida.
Todo tiene un inicio, y el de Flores para Tristia no fue una casualidad. Antes de que la banda que vas a descubrir en las próximas líneas tomara forma, existieron dos proyectos predecesores que ya empezaban a esbozar lo que hoy son. Pero nada como escucharlo en palabras de uno de sus fundadores: Cristian Araque.
Esto empezó hace bastante tiempo. Yo empecé tocando la guitarra y haciendo mis canciones, y Diego y Adri empezaron escribiendo poesía. Un día decidimos juntarnos con un cuarto amigo, Andrés, e hicimos un concierto en Madrid con un grupo que nos llamamos «Los Cuatro Gatos». Mezclamos por primera vez poesía y música de autor en un espectáculo. Fue muy bonito para nosotros, y la gente lo recibió con mucho cariño.
Después de Los Cuatro Gatos, vino Tres Tristes. ¿Voy bien encaminada?
Exacto. A partir de ahí, Andrés siguió su camino, pero nosotros tres —Diego, Adri y yo— formamos «Tres Tristes». Hacíamos algo un poco más teatral, con puesta en escena, bebíamos vino, contábamos muchas historias… Luego Adri decidió dar un paso atrás para centrarse más en la música, y fue entonces cuando empezó «Flores para Tristia», digamos. Al principio éramos sobre todo Diego y yo, y estuvimos mucho tiempo actuando los dos. Con la llegada de la pandemia decidimos hacer un concierto con banda en la sala Moby Dick, junto a muchos amigos. Fue una experiencia inolvidable.
Y de ahí, nace lo nuevo: Flores para Tristia.
Nunca habíamos tocado con batería o bajo, y aquello nos llenó de energía. A partir de ahí tuvimos claro que queríamos montar una banda. Y la suerte fue que pudimos hacerlo con nuestros amigos. Adri decidió coger el bajo, y hace un par de años se unió Dani, que también era amigo nuestro desde antes de saber siquiera que tocaba la batería. Así que todo se dio de forma muy natural, y así hemos llegado hasta aquí.
En cualquier manifestación artística existen procesos. No importa si son más o menos estándares: lo importante es entender qué aportan y cómo se gestionan dentro del propio proyecto. En este caso, hablamos de creatividad, y de si la llegada de Adrián y Daniel a la banda ha cambiado algo en ese proceso de creación. Esto es lo que dice Adrián Agudo al respecto:
Ha cambiado, sí, sobre todo porque ahora hay más personas implicadas, y eso requiere una estructura para que podamos organizarnos y crear. Hoy en día, por ejemplo, Diego escribe las letras y busca alguna idea musical. Cristian, que es como nuestro pilar armónico, suele componer en la guitarra. A partir de ahí, Dani y yo desarrollamos nuestras partes en paralelo: las líneas de bajo, los patrones de batería…
A veces se solapan procesos, pero sí que creo que hemos estructurado una forma de trabajar. También nos estamos haciendo con medios para trabajar desde casa: estos días, por ejemplo, estamos intentando terminar una canción, y nos estamos mandando ideas constantemente para valorar entre todos. Esa forma estructurada de trabajar también hace que el resultado sea mejor para nosotros.
¿Y hasta qué punto os implicáis en la labor de producción?
En cuanto a la producción, ahora estamos trabajando con Gabriel Vidanauta, productor de aquí de Madrid, que también tiene su propio proyecto como artista. Antes trabajábamos con Daniel Guantes, un amigo de Burgos que produjo nuestros primeros trabajos. Nosotros solemos llevar las canciones bastante trabajadas antes de entrar a producir. Y aunque confiamos plenamente en el criterio del productor —por eso lo elegimos—, también participamos mucho en las decisiones. Ponemos las cosas en común y la comunicación es muy directa y constante.
Todas las canciones que estamos produciendo ahora las estamos trabajando juntos desde dentro. Todo está abierto, y eso hace que las canciones sean flexibles hasta que encontramos lo que de verdad nos representa.
Creo que la música puede hacer mucho bien. Eso está dentro de la esencia de Flores para Tristia, y representa ese concepto de “música medicina«

Fuente: Flores para Tristia.
Conforme vas descubriendo a Flores para Tristia a través de sus canciones, te das cuenta de que una de sus señas de identidad es la capacidad de empaparse de otras artes para contar historias. La poesía, en concreto, es uno de los motores creativos que más pulsa la sensibilidad del grupo. Y en especial, la de Diego, que la invoca cada vez que escribe:
A mí siempre me gusta reivindicar la poesía fuera de la poesía. Me gusta, por ejemplo, la del teatro de Lorca incluso más que su propia poesía escrita. Porque yo entiendo la poesía como una forma de ver la belleza en todas las cosas. Como ese rayito de luz, ese trocito de esperanza que nos hace seguir, incluso después de equivocarnos o sufrir.
La poesía, tal y como yo la entiendo, es esa belleza que acaba dándole sentido a todo. Y me sirvo de ella en cualquier forma que la encuentre: en otras artes, en el cine, en la música de otros proyectos. Leer es algo que hago menos de lo que me gustaría, pero que necesito. Me calma y me ayuda. Y, de alguna forma, me sostiene.
Estoy segura que poesía serán Las pequeñas cosas, que dan título al nuevo disco de la banda, y aunque todavía no hay una fecha de lanzamiento confirmada, me interesaba indagar en cómo se ha gestado y, sobre todo, qué creen ellos que aporta dentro de su propia discografía. Ya me parece un hito que un grupo se atreva a lanzar un disco completo con todo lo que eso implica; pero aún más si la propuesta es tan íntima, tan emocionalmente desnuda, como la de Flores para Tristia. Continúa Diego:
Este es un disco muy diferente a todo lo que hemos hecho hasta ahora. Lo primero, porque lo estamos haciendo como una banda. El proceso empieza conmigo escribiendo una canción, pero luego esa canción pasa por todos nosotros, nos atraviesa. Cuando nos juntamos y cada uno empieza a contar esa historia con su instrumento y con su corazón, es cuando las canciones realmente evolucionan.
Hasta ahora, como decía Cristian, todo nacía de los dos: componíamos juntos y producíamos con ayuda de amigos. Pero ahora es otra cosa. Nace en mí, sí, pero se extiende a través de los cuatro —o de los cinco, si contamos a Gabriel como productor—. Y eso se nota. Creo que este disco habla de aceptar quiénes somos, con nuestras luces y nuestras sombras. Si algo hacemos bien es equivocarnos, y este disco también reivindica eso. Reivindica lo cotidiano, la imperfección. Todas esas pequeñas cosas que, en el fondo, son las que de verdad iluminan el día a día.
Cristian me contaba al inicio que, en sus comienzos, subirse al escenario era casi una pequeña representación en la que se mezclaban teatro, música, poesía… y hasta vino. La vida entera, al fin y al cabo. Ahora, con el paso del tiempo y la consolidación de Flores para Tristia como banda, tenía clara la pregunta: ¿Cómo son vuestros conciertos hoy? Me lo responde el propio Cristian:
Yo creo que lo que siempre intentamos es transmitir lo que sentimos. Por un lado, la alegría inmensa de poder actuar con tus amigos y vivir todo lo que conlleva salir de Madrid, viajar juntos… Como decía antes Adri, a veces es la excusa perfecta para seguir compartiendo momentos.
Pero, sobre todo, intentamos transmitir emoción. Sentir. Cuando notamos que estamos conectando con el público, es cuando más disfrutamos del concierto. También somos muy conscientes del tipo de artistas que somos. Nuestra propuesta requiere atención y sensibilidad. Y aunque iremos donde haga falta, no somos tanto una banda de festivales. Necesitamos ese espacio donde se pueda escuchar de verdad. Y cuando eso sucede, cuando sentimos que el público se entrega, es algo muy especial.
Si has leído anteriores entrevistas o alguna reseña reciente sobre discos que me inspiran, sabrás que siempre hay una pregunta —o incluso un apartado entero— dedicado a lo visual. Porque en casa del herrero, cuchillo de palo, supongo. Pero en el caso de Flores para Tristia, esta parte va mucho más allá de lo decorativo. Desde mi punto de vista, se convierte en otra de las aristas fundamentales del proyecto. Diego me explica por qué:
Yo creo que es un proceso que ha ido evolucionando con nosotros. Al principio, cuando empezamos a hacer canciones, también hacíamos vídeos como un experimento más, igual que la propia música. Pero con el tiempo hemos aprendido a contar lo que siente una canción más allá de la propia canción.
Todo lo que la rodea —el videoclip, un reel, la promo— también forma parte del mensaje. A veces surge a la vez que la canción; otras, una vez que la tenemos terminada. Pero cada vez es más fácil desarrollarlo, porque ya hemos creado un universo audiovisual: hay personajes, hay espacios, hay símbolos. Y eso hace que sea como una continuación natural.
Lo que es evidente es que hay proyectos en los que la imagen acompaña, y otros en los que la imagen forma parte del alma…
Siento que nuestras canciones están atravesadas por una especie de hilo rojo, una narrativa común en la que se repiten símbolos, metáforas, ideas. Y en la que, de alguna forma, nosotros también nos convertimos en personajes de esa historia. A veces incluso nos colocamos como protagonistas, como héroes, pero siempre desde lo simbólico. No como una forma de ensalzarnos, sino como una metáfora para representar lo que sentimos.
Somos muy conscientes del tipo de artistas que somos. Nuestra propuesta requiere atención y sensibilidad.
La Abuela —no te pierdas el vídeo que te enlazo justo arriba— es, sin duda, uno de los temas más conmovedores de Flores para Tristia. Es un reto no emocionarse al escucharlo o al ver el videoclip, por todo lo que representa. Escuchar a Diego hablar de su abuela —que bien podría ser la nuestra— conmueve doblemente. Porque en ella habitan también todas esas mujeres que nos han sostenido con sus costumbres, su ternura y ese amor callado, pero inmenso.
Para mí es una canción muy especial. Creo que para todos lo es, pero en mi caso tiene un peso muy personal, porque mi abuela fue, en muchos momentos, también mi madre. Crecí con ella, con mis abuelos, en su casa. Mis padres trabajaban mucho, así que era ella quien me venía a buscar al colegio, con quien pasaba las tardes, quien me acompañaba en el brasero hasta que mi madre salía del trabajo.
La canción surgió de forma natural, como un gesto de amor hacia quien cuida, hacia quien está. Pero también funciona como reflejo generacional. Porque —como dice Diego— somos una generación nacida en la grieta: entre el mundo orgánico de nuestros abuelos y este otro, digital, artificial, que a veces nos hace olvidar que ese otro mundo existió.
Escribí esta canción para decirle que la quiero, que la echo de menos. Pero también como homenaje a toda esa generación. Para recordarnos de dónde venimos, para no perder nuestras raíces. Porque si olvidamos eso… quizás también perdamos parte de lo que somos. Y quién sabe, quizás hasta seamos peores personas.
En la introducción te hablaba de identificación, y creo que es porque los chicos activan en mí una conexión que va más allá de la admiración musical. En tiempos donde el arte parece medirse en métricas —likes, escuchas, seguidores— y donde los algoritmos deciden qué merece ser visto, confieso que me dan ganas de rebelarme. De reivindicar lo que se hace desde el corazón. Por suerte, no soy la única.
La pregunta es directa: ¿Os rayan mucho los números? Cristian lo tiene claro:
A día de hoy creo que soy el único que tiene acceso a esos datos. Y no los miro nunca. Antes, sí es verdad que lo hacía más, sobre todo cuando invertías muchas horas, mucha ilusión, y no veías la recompensa que esperabas. Siempre quieres un poco más, y esa sensación probablemente no se vaya nunca. Pero con el tiempo hemos aprendido que no hacemos esto para llegar a más gente, sino para llegar más profundamente a quien esté dispuesto a escucharnos. Si conseguimos llegarle a una sola persona de forma profunda, ya vale la pena. ¿Nos gustaría que nos escuchara más gente? Claro. Pero ya no nos obsesiona.
Adrián añade:
Yo creo que sería mentirnos si dijéramos que no queremos llegar a nadie. Por supuesto que sí. Pero más allá del número, lo importante es que quien escuche, se quede. Que conecte. Las canciones nuevas, aunque siguen siendo conceptuales, tienen una madurez musical que las hace más accesibles. Hay fragmentos que te mueven el cuerpo, no como para volverse loco, pero sí que te dan ese impulso. En directo se nota mucho: hay ritmo, hay energía. Y eso también es parte de querer llegar a más gente, sin traicionar lo que somos.
Y Diego, como siempre, lo pone en clave poética:
Los números —aunque muchas veces sean una ilusión— parecen representar el valor de lo que haces. Y eso no solo nos condiciona a nosotros como artistas, sino también al propio público. A veces, el hecho de que una canción tenga menos escuchas hace que alguien la perciba como menos valiosa. Y eso es injusto, porque nos podemos estar perdiendo muchas cosas hermosas solo por ese sesgo.
Por eso, creo que lo realmente valioso es cuando conseguimos mirar más allá de los números. Cuando reconocemos el valor de algo por lo que es, no por cuánta gente lo consume. Porque lo masivo no es necesariamente mejor… ni peor. La esencia de las cosas es otra.
Con el tiempo hemos aprendido que no hacemos esto para llegar a más gente, sino para llegar más profundamente a quien esté dispuesto a escucharnos.

Con cada respuesta que me dan estamos construyendo una especie de tracklist emocional que habla de muchas cosas más allá de la música: habla de vínculos, de raíces, de memoria, de esa honestidad que es capaz de colarse entre el ruido. Sin embargo, creo que también es necesario entender —desde su perspectiva— cómo viven el laberinto en el que se ha convertido la industria musical.
Adrián, quizás sin saberlo —y no pienso quitar ni un párrafo de todo lo que dice—, está a punto de redondear una de las entrevistas más bonitas que han habitado este espacio:
Qué difícil. Sí, es muy difícil, porque yo, personalmente, no lo sé. Creo que aportamos algo, quizás algo necesario, pero no sabría decir el qué. Como tú decías, vivimos en un mundo tan loco, sobre todo en lo musical, que a veces no sabes muy bien qué está aportando lo que haces. Pero también creo que muchas de las personas que están haciendo música hoy en día tampoco lo saben del todo.
Lo que sí sentimos es que lo que intentamos aportar son pequeños ratitos de verdad. Para lo bueno y para lo malo. Porque la verdad también tiene cosas dolorosas, pero al final es honesta. Y es justo desde ahí desde donde queremos construir. Es la línea del disco nuevo, «Las pequeñas cosas«. No tiene más pretensión que mostrar lo que hacemos, tal cual es. Quien conecte con eso, genial. Y quien no, pues hay millones de propuestas interesantísimas ahí fuera para descubrir.
No hacemos música hipermaquetada, ni hipermaquillada. Somos cuatro personas haciendo canciones con nuestras letras, nuestras ideas, nuestros errores. Y ojalá esas canciones puedan aportar algo en medio de este mundo tan desordenado. Porque quien escuche con atención las letras que hace Diego, sabrá que no pueden ser de otra manera. Nacen desde lo natural, desde el instinto humano más básico, desde el deseo de conectar, de comprendernos, de volver a mirar cómo nos relacionamos.
Así que, aunque nos cuesta definirlo, creemos que si aportamos algo, es eso: un ratito de verdad. Para quien quiera acercarse, tanto en digital como en directo.
Ahora está sonando El Chocolate —que tan contentos nos pone a todos— mientras veo el videoclip que acompaña al tema y me parece el ejemplo perfecto para resumir todo lo que Flores para Tristia han tratado de transmitir durante esta charla. Dejando claro que aunque estemos en este universo sobreproducido, el 4:3 todavía puede acoger las cosas más importantes, o mejor: Las pequeñas cosas. El mar. La naturaleza. Los besos. Los perretes. La cebolla pochada. La amistad. El amor, en definitiva.
Esto se acaba. Pregunto, en plan bonus track: ¿A quién le regalaríais flores?
Qué pregunta más difícil… Yo a mis padres, sin duda.
Dice Diego.
Yo también a mis padres y a mi hermano, seguro. Y también a mis suegros.
Apostilla Cristian.
Un poco a todas esas personas que te rodean día a día y que hacen que la vida sea un poco más sencilla y que merezca la pena. A nuestras parejas, padres, hermanos, sobrinos… y a toda esa gente con la que no tienes relación familiar, pero que te alegran el día. Son quienes hacen que la vida no esté tan mal.
Remata Adri.
No hacemos música hipermaquetada, ni hipermaquillada. Somos cuatro personas haciendo canciones con nuestras letras, nuestras ideas, nuestros errores. Y ojalá esas canciones puedan aportar algo en medio de este mundo tan desordenado.
Yo les mando a ellos (y a Estefanía, su jefa de comunicación, porque sin su trabajo sería imposible acceder a descubrimientos como este) toneladas de tulipanes —mi flor favorita— y una piscina entera llena de chocolate.
Esto, creo, es Flores para Tristia.



