En mis años de carrera llegué a ser muy esnob. Pero esnob de verdad.
Me obligaba a ver cine en V.O.S.E —que, por otro lado, me sigue pareciendo una práctica fantástica para aprender idiomas—, empecé a coquetear con el indie anglosajón, dejé de leer lo que los eruditos calificaban como literatura de best seller y renegaba profundamente de haber crecido pegada a la televisión de los 2000.
Conclusión: era gilipollas.
Ahora, con algo más de perspectiva, pienso en cómo la cultura que consumimos —aunque me siga costando asociar el verbo “consumir” a la palabra cultura— nos marca para siempre. Y yo, por lo que sea, me empapé de muchísima televisión. De todo tipo. Incluido Salsa Rosa, sí. Y la novela de las 16:00 h, por supuesto. Y también el Grand Prix. Algo de Gran Hermano. Incluso alguna noche tonta de Crónicas Marcianas, peluche en mano y pijama con borrita, pidiéndole atención a una madre con insomnio.
Así que, con este bagaje, puede que la Aixa universitaria no se hubiera acercado a Superestar por puro prejuicio, pero la de ahora, la adulta, intuía que esta serie creada por Nacho Vigalondo iba a ser una joya para la posteridad pop.
Y no se equivocaba.
Superestar narra los inicios del Tamarismo, una corriente surgida de la figura de Tamara (hoy conocida como Yurena), una chica corriente que se embarca en la aventura de abandonar su pueblo natal, Santurtzi, y aterrizar en Madrid con el sueño de convertirse en cantante. En su camino, conoce a varios personajes que, junto a ella, se convertirán en los grandes protagonistas de la televisión-trituradora de principios de los 2000. Y esto no lo dice la sinopsis, lo digo yo.
Antes de empezar el análisis, creo que vale la pena señalar que la serie de Nacho Vigalondo, producida por Suma Content (Javier Ambrossi y Javier Calvo) y con guiones de Claudia Costafreda (también en la dirección), Paco Bezerra, María Bastarós, Natalia Boadas y la propia Yurena, no es para todo el mundo. No porque sea concienzuda o rebuscada, sino porque cumple un propósito que, a mi parecer, es claro: homenajear a sus protagonistas y colocarles en el lugar que merecen, tantos años después.
En ocho capítulos con nombre propio —el de cada uno de los protagonistas— descubrimos cómo se ve la vida desde el absoluto delirio y el surrealismo feroz. Una colosal Ingrid García-Jonsson se pone en la piel de Tamara —la ves en cada plano a través de su voz y sus gestos— y nos regala un punto de vista hasta ahora desconocido (al menos para mí) de aquellos rostros que copaban platós y temas de conversación, más desde la parodia que desde la ética. La acompañan Secun de la Rosa, Pepón Nieto, Julián Villagrán, Natalia de Molina, Carlos Areces y Rocío Ibáñez, encarnando, por este orden, a Leonardo Dantés, Tony Genil, Arlekín, Loly Álvarez, Paco Porras y Margarita Seisdedos, difunta madre de Yurena.
A través de ellos nos adentramos en el universo que Vigalondo ha creado para ensalzar sus figuras desde la locura, pero sobre todo desde el respeto: el primer elemento que debemos tener claro desde el inicio de la serie. Hay sátira y momentos en los que la ironía alcanza niveles de acidez muy bestias, pero su creador nunca le pierde el respeto a sus personajes, y eso es pura poesía narrativa.
De múltiples formas, pero sobre todo gracias al valor de las interpretaciones, nos sumergimos en las vivencias de los personajes y, al mismo tiempo, nos colocamos en la posición de espectadores privilegiados que vivieron aquella época —con más o menos ímpetu—, marcada por una televisión tosca en la que todo valía para entretener. Esta dinámica llevó al límite a personas que deseaban ser visibles: ya fuera por destacar como artistas, por ganarse el pan o simplemente por formar parte del circo, al que nuestra complicidad con el sistema mediático de entonces convirtió, durante años, en bufones.
Es ahora, veintipico años después, y a través de una serie creada por “la nueva tele” (plataformas, streaming, etc.), cuando parece que por fin hemos descubierto que aquellos sujetos que se dejaban avasallar —algunos felices, otros menos— en el plató de Crónicas Marcianas también eran personas. Es un trabajo fantástico de dirección de actores y de interpretación llevada al extremo del rigor. Se podrían haber caído en imitaciones vacuas o en la guasa —incluso personajes tan patéticos como el de Arlekín (Julián Villagrán lo borda) encuentran su forma de brillar—, pero lo que tenemos delante son actores comprometidos con una historia tan bizarra como real.
Si bien el elenco en general está de diez, quisiera hacer una mención especial a Secun de la Rosa, Rocío Ibáñez y Natalia de Molina, quienes consiguen hacernos empatizar a mil por hora con sus personajes, cada uno desde su arco y su por qué.
Vigalondo ha creado «Superestar» para ensalzar a los personajes desde la locura, pero sobre todo desde el respeto.


Si has leído otras reseñas, sabrás que me gusta observar las series también desde una perspectiva técnica, yendo un poco más allá del guion. En el caso de Superestar, sería casi un delito no detenerse en dos apartados que, además, definen su identidad: el arte y la fotografía.
Cada espacio habitado por los personajes es, en sí mismo, un signo narrativo. La noche, los platós, las discotecas, la pensión… todos los escenarios cumplen una función precisa: situarnos en el contexto de la historia y, al mismo tiempo, convertirse en leitmotiv emocional. La serie funciona como una cápsula del tiempo que recrea el mundo desde el estado anímico de sus protagonistas. También hay meta-televisión e incluso un delicioso punto teatral, con secuencias que bien podrían representarse sobre unas tablas, sin cámaras ni cortes. Todo ello sostenido por un trabajo gigantesco de escenografía, atrezzo, vestuario, peluquería, maquillaje y todos los etcéteras que entran en la lista.
A esto se suma la dirección de fotografía, que dialoga con el artificio en lugar de esconderlo. La luz y la realización no buscan impresionar desde lo naturalista, sino desde una atmósfera casi onírica que, por momentos, nos hace dudar de si estamos viendo una ficción, un sueño febril o un videoclip al borde de la bizarrería. Superestar es puro fuego artificial visual con alma cañí: excesivo, irrisorio a veces, pero precisamente por eso funciona, porque convierte lo grotesco en una poética propia.
Y retomando esa palabra tan preciosa que es oniria, creo que con Superestar Vigalondo ha logrado exactamente lo que buscaba: trasladar su particular visión como creador a una época muy concreta, apoyándose en la ciencia ficción castiza y en lo onírico como recursos para representar los años mozos de unos personajes que forman parte de nuestra memoria colectiva.
Así, la miniserie de Netflix no pretende dar respuestas ni ajustar cuentas, sino situar a estos personajes en un territorio revuelto del que consiguieron, cada uno con su suerte, salir ilesos.
¿Siguen siendo los mismos? Quién sabe. Mi recomendación es que te acerques a Superestar con la mente abierta y sin prejuicios: al final, lo que encontrarás es un retrato tan extraño como humano de esa España que parecía un delirio televisivo… y claramente lo era.



