Involuntariamente (o quizás no tanto), este espacio se está convirtiendo en una especie de lugar de encuentro para mujeres increíbles que me inspiran a escribir(les).
De hecho, llevo ya varios artículos en los que el cuerpo —nuestro cuerpo de mujer, con todo lo que implica—, como concepto artístico, lo atraviesa todo. Y en el post de hoy, esa afirmación cobra más sentido que nunca.
Valeria Castro es una de las artistas más particulares y conmovedoras del panorama musical en España. De origen canario (La Palma) y con un arraigo profundo a su tierra, comenzó su camino en la música versionando canciones de otros artistas. Pero lo hacía con una mirada distinta, una voz dulce y unos arreglos sin florituras que brillaban precisamente por su delicadeza.
Su sensibilidad está al servicio de la música. En 2021 lanza chiquita, un primer EP con temas propios que nos anticipa lo que vendrá: una voz que ha venido para quedarse.
En 2023 se confirma lo que ya intuíamos en con cariño y con cuidado, un álbum que acaricia. Y en marzo de 2025 llega el cuerpo después de todo, la confirmación —si es que todavía hacía falta— de que estamos ante una de las mejores cantautoras que tenemos en el mundo. Sí, en el mundo entero.
Tiendo a rechazar como oyente esas afirmaciones con las que a veces se presentan los discos: «su álbum más maduro» o «un trabajo introspectivo». Porque el mero hecho de componer canciones ya me parece síntoma suficiente de autoconocimiento y de valentía. En este caso, la de Valeria. Y así, de entrada, es como definiría esta pequeña joya sencilla, íntima y, lo más importante: suya.
devota abre el disco como una declaración de intenciones. Una especie de prólogo temático que se despliega a lo largo de todo el álbum. Quizás es Castro cantándole a Valeria: «lo cuento todo, por si se vuelve lodo, lo que yo pensé que era oro».
La canción entra a capela, con esa voz viva, dulce y presente. Un ligero rasgado, casi incómodo, como un tenedor arañando un cristal, y después la percusión: golpes secos, directos, como la historia que se cuenta.
Esa evolución instrumental nos conduce a la soledad, que deja otro de esos versos que piden piel: «cuanto me va a querer la soledad pa’ no soltarme». Aquí el sonido ya empieza a abrirse: entran los vientos con su belleza mientras las cuerdas sostienen. Y a partir de esta apertura, se revela un disco que en mi escucha se divide en dos partes: la oscura y la luminosa. Aunque se alternan.
el cuerpo después de todo versa sobre lo humano: el daño que le hacemos a nuestro propio cuerpo, esa costumbre de hablarnos mal, la ruptura y el abandono. La sensación de no saber estar. Todo ello con un telón de fondo que devuelve a la música a su forma más pura: la acústica, la que no necesita artificios tecnológicos para impresionar.
Hay una belleza indescriptible en debe ser, el dúo junto a Silvia Pérez Cruz, otra de las grandes cantautoras de nuestro país. Maestra y aprendiz, juntas, en una suerte de himno que recuerda por momentos a un fado en castellano —con permiso de la tradición portuguesa— o a una poesía hecha canción.
Sigue el vacío existencial con el tema que da nombre al álbum, en una producción tosca, con la percusión como protagonista —un recurso que atraviesa todo el disco—. Es un golpe rítmico que parece marcar el pulso de lo que duele. Este corte podría dialogar con distinto, que aparece con tintes más rítmicos, como si en medio de la crudeza se abriera una grieta hacia otra forma de respirar. Juntas, ambas canciones construyen un contraste interesante: la dureza y la necesidad de manifestar la rabia desde la elegancia.
Pero también hay espacio para el atrevimiento en sentimentalmente, un tema pegadizo escrito para un ser cobarde, con un ritmo que invita a bailarnos la ausencia. Hay en él mucho de folclore latino y de alma canaria, como si Valeria se moviese entre dos orillas sin perder nunca su raíz.
Después llega un respiro con parecido a quererte y el auto-perdón de su letra. Y entonces, de golpe, se encienden todas las luces con sobra decirte: la canción perfecta. La sutura de la herida y uno de los temas más hermosos no solo del álbum, sino de los que yo he escuchado en mi vida.
De nuevo: el placer de lo esencial.
Creo que el cuerpo después de todo —junto a Bogotá de Andrés Cepeda, cuya reseña también tienes por aquí— es el disco que más presente he tenido este año en mis oídos, pero sobre todo en mi cabeza. En algún momento lo habré llorado, seguro. En todos lo he disfrutado de principio a fin.
Sí, puede sonar a exceso de intensidad.
Pero a Valeria Castro hay que latirla; no basta con escucharla, porque su música es cuerpo, y su cuerpo somos todas.



