Eduardo Mayo, dualidad extraordinaria

Con doce años yo quería hablar de teatro.

Todo empezó cuando mi yaya, La Pepita, me llevó al Teatro Olympia a ver el musical Fama. Salí de allí temblando de la emoción. Aquello me pareció tan único y especial que se convirtió en mi tema de conversación durante meses. Me daba igual que casi nadie me entendiera; yo ya había descubierto el poder de la persuasión: finde sí, finde también, convencía a La Pepita para volver a ese templo que transformé en refugio.

Creo que en toda esa agitación descubrí que me interesa la curiosidad en sí misma y cómo, a través de las palabras —la herramienta más viva del teatro, junto con el cuerpo— podemos intentar definir a las personas. Y con el protagonista de esta charla, que encarna a la perfección a ese humano único capaz de entregarse al sentir de sus personajes, lo que me viene a la cabeza es la idea de dualidad. Una cosa que quizá no sea extraordinaria para un actor, pero que a mí, sin embargo, me parece un acto extraordinario.

Eduardo Mayo es actor y director. Desde que terminó sus estudios en interpretación ha transitado entre el audiovisual y las tablas, con presencia en series como Los Hombres de Paco, Águila Roja, Punta Escarlata o Cardo. En cine, lo hemos visto en Sordo y Una bala para el rey. Sobre los escenarios ha habitado los clásicos desde distintas perspectivas —Hamlet, Antígona, El Eunuco, Edipo…— y también el transatlántico de los musicales: El Rey León. Todo ello, siempre compaginado con la docencia y la constante formación.

En medio de todo, conviven la versatilidad y el deseo de dejar huella, tanto a través del trabajo colectivo como del propio. Flores, Melvin, Zazú, Arrieta, Cilindro… es una suerte poder contar historias con una trayectoria que sigue nutriéndose de esa dualidad extraordinaria, en la que también hay espacio para la intimidad y la exploración de otros lenguajes como la poesía experimental. Mucho teatro físico. Verso. Diálogo constante. El salto a la dirección. Aprendizaje. Movimiento, en definitiva.

Hablo con él y lo imagino como el buen compañero, ese ser generoso que hace súper fácil la conversación. Nos confesamos futboleros. También le pido permiso para llamarle Edu porque me resulta más cercano y, de alguna forma, siento que nos encontramos en la palabra.

Es aquí donde empieza todo.

Eduardo Mayo en Retablillo de Don Cristóbal de Federico García Lorca. Dirigido por Ana Zamora y producido por Nao d’amores. Fuente imagen: teatroabadia.com

Todavía no he encontrado la fórmula mágica para empezar una entrevista sin pedirle a la otra persona que se presente o se defina. Sé que es complicado, pero creo que ahí está parte de la diversión: es como lanzar un frisbee y esperar a ver cómo vuelve, para empezar a jugar.

Así que, veamos: ¿quién es Eduardo Mayo según Eduardo Mayo?

Casi por inercia, el concepto de búsqueda protagoniza parte de la conversación, y no es casualidad. Los inicios de Edu en el escenario fueron tempranos: apenas con diez años, se metió en la piel de un trovador de la Edad Media gracias a una función del colegio. Al recitar El Romance del Prisionero —“Que por mayo era por mayo cuando hace la calor”— hubo algo que lo atrapó para siempre.

A pesar de empezar a entender que el teatro había despertado en él un interés especial, siguió el camino típico del estudiante que va cumpliendo etapas en el tiempo que toca. De COU a la selectividad y, de ahí, el vértigo de escoger entre una carrera “segura” o el salto al Arte Dramático.

Eligió presentarse a la RESAD y no entró. Ni a la primera, ni a la segunda. Fue a la tercera cuando consiguió la plaza, tras un empeño a prueba de dudas. Mientras tanto, se había matriculado en Comunicación Audiovisual. Y aquí la anécdota bonita: fueron sus padres quienes lo animaron a no perder más tiempo y lanzarse a lo que realmente quería: “En cuanto te cojan en la RESAD lo vas a dejar. Para invertir un año en algo que no te gusta, mejor lánzate ya a lo que quieres”.

Y así apareció en su camino la escuela de Ángel Gutiérrez, uno de sus primeros grandes maestros. Fue allí donde arrancó, ahora sí, definitivamente, su historia como actor.

En este presente que nos trae aquí, percibo en Edu la misma agitación que tenía aquel niño de diez años, solo que ahora está poblada de personajes que ha ido haciendo suyos. Como si guardara en un pequeño baúl un montón de vidas que un día pidieron paso y hoy conviven en su propio imaginario.

Le pregunto entonces por su proceso creativo: ¿es algo dinámico o más bien estático?

Esa flexibilidad se sostiene en un gesto constante: observar, escuchar, sentir.

Lo esencial, dice, es que todo ese trabajo previo quede disponible cuando llegue el momento: ensayo, función o set.

Eduardo Mayo es actor y director. Fotografía de Jaime Menéndez.
Fuente imagen: elviraherra.com

Como espectadores, solemos imaginar la interpretación como un camino de alfombras rojas, flashes y afters infinitos de galas de premios, pero la realidad es muy distinta: subirse al escenario, defender un proyecto o escuchar eso de “toma buena” una y otra vez a medio-largo plazo, no es nada fácil.

No siempre se puede elegir lo que uno quiere, pero como esto de la creatividad nos permite mirar un poco más allá… ¿qué hace que Edu Mayo diga sí a un proyecto?

Una de las cosas que más me fascina de charlar con actores y actrices es su capacidad de convivir con la despedida. Cada proyecto terminado es un logro que sumar al currículum, sí, pero también una manera constante de decir adiós a aquello que te ha acompañado durante un tiempo.

Yo confieso que eso me generaría una ansiedad terrible. Pero a Edu le encanta cómo funciona, y de esa percepción surge un segundo concepto que atraviesa nuestra conversación: la revolución.

Revolución es, seguramente, una de las palabras más potentes del español, y también la que mejor describe lo que Fuenteovejuna está suponiendo para él a través de Flores, su personaje.

Antes de entrar a desgranar su paso por el sendero del «todos a una», la obra de Lope de Vega abre una arista interesante en la charla: los clásicos y la manera en que nos relacionamos con ellos. Dependiendo de a quién preguntes, esas grandes piezas de la literatura —y en este caso, del teatro— pueden parecer rígidas o distantes para el público. Sin embargo, Edu insiste en que la libertad creativa a la hora de trabajar un texto así es total: desde la forma de actuar hasta todos los elementos que nutren el espectáculo.

Eduardo Mayo y Chani Martín en Fuenteovejuna. Fotografía de Pablo Lorente. Fuente imagen: @edmayo

Su Fuenteovejuna es una prueba de ello. Tras estrenarse en la 48.ª edición del Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro, el clásico de Lope llega bajo la minuciosa visión de Rakel Camacho como directora, viajando hasta nuestro presente. Sus temas, tan humanos y desgraciadamente tan actuales —la violencia en todas sus formas— resuenan hoy con la misma fuerza que hace siglos.

El talento de un elenco amplio completa la propuesta. Edu habla de sus compañeros con la admiración de quien aprende cada día de quienes le rodean. Juro que el brillo en sus ojos cuando habla de ellos, al otro lado de la pantalla, eriza la piel.

Así, formar parte de este Fuenteovejuna tan ambicioso es, para cualquier actor, un reto y un regalo. Pero para Edu es, sobre todo, la oportunidad de vivir la revolución desde dentro.

Música en directo, lucha escénica, danza… un teatro que se hace físico. Esa relación con el cuerpo viene de lejos: primero con el deporte, luego explorando circo y acrobacia en sus primeros pasos como actor. En él, la palabra y el movimiento se encuentran, y de repente todo funciona: cuerpo y voz, acción y expresión, una muestra más de su dualidad:

Si hasta ahora hemos hablado de texto y movimiento, toca poner el foco en otra de las disciplinas por las que Edu transita en el escenario: los musicales. ¿Cómo es de fuerte estar delante de quien dio vida durante casi tres años a Zazú, Timón y Banzai en el coloso de los musicales? Pues un sueño, si me preguntas.

La sabana se convirtió en su lugar de paso, y trabajar en El Rey León fue un sueño cumplido que empezó a gestarse en 1997. Durante un viaje a Londres con su grupo de teatro escolar, vio la función y volvió con la determinación de convertirse en actor de musicales. Aquella experiencia fue tan catártica que se hizo una promesa: “Algún día haré El Rey León”. Desde entonces, no dudó en volcarse en la formación en danza y canto, mientras la escena española comenzaba a abrirse cada vez más al universo del teatro musical.

Sus casi tres años de periplo a ritmo de Hakuna Matata convirtieron la disciplina y la responsabilidad en compañeras inseparables. Además, su papel de walking cover —cubriendo varios personajes— le permitió transformarse cada función en una aventura distinta:

No nos bajamos todavía del escenario, pero regresamos al presente. Buscando a Audrey, el musical que rescata la figura de Audrey Hepburn, será uno de los títulos que se sumen a la extensa cartelera madrileña esta temporada. En él, Edu Mayo da vida a Melvin, un director de musicales con una pizca de histeria pero una mente genial.

En la primera toma de contacto con el proyecto, quiero saber qué sensaciones le deja este inicio de viaje.

En sus años de trayectoria también ha habido espacio para la pequeña pantalla. Series tan míticas como Los Hombres de Paco, Punta Escarlata o El Internado, por mencionar solo algunas, forman parte de esa cajita de vivencias que esta vez emergen a través del objetivo.

En muchas de ellas le ha tocado encarnar personajes muy ligados a la acción, con la adrenalina que supone explorar herramientas y objetos —como las armas— que de repente la ficción pone en tus manos.

Plantamos el trípode, luces, cámara… ¡acción!

En definitiva, la pantalla exige otra forma de entrega, otra manera de observar y sentir, y Edu parece navegarla con la misma curiosidad y disciplina que le caracteriza sobre el escenario.

Desde el principio, la conversación con Edu fluye con tal naturalidad que no concibo otra opción que seguir tirando del hilo de su generosidad y de mis ganas de saciar la curiosidad. Así, una vez recorridos los inicios, los procesos creativos, la trayectoria entre el teatro y el audiovisual y los proyectos presentes, ponemos sobre la mesa otra palabra que creo que lo define: facetas. En este caso, las de director y docente.

Como director, Eduardo Mayo suma títulos ligados a la creación escénica contemporánea, partiendo de obras artísticas o de procesos de creación sobre conceptos vitales. También amplía su mirada hacia otras disciplinas, como la poesía experimental. Prueba de ello es Yo, Deseo, uno de sus últimos proyectos, en el que, a través de la fusión entre Eva Rufo y Enrico Bárbaro, surge un recital lírico-musical sobre el deseo femenino.

Le pregunto entonces cómo es su relación con la dirección y de qué manera el hecho de ser actor influye en su manera de dirigir.

Antes de convertirse en todo lo que es, la formación ha sido parte imprescindible de su ruta profesional. Y, en todos los detalles que me da de su historia, la docencia juega un papel fundamental. No es un complemento ni una anécdota: es uno de sus pilares. Algo que le apasiona y ejerce siempre que puede.

Me rescata unas declaraciones de Rossy de Palma que le removieron: «Los artistas somos canales de algo, pero no somos ese algo. Nosotros no somos el arte; somos un canal a través del cual el arte se manifiesta».

Así que no puedo evitar lanzarle la pregunta cortita, rasita y al pie: ¿Cómo se enseña a ser actor?

III edición de La Casa del Verso. Impartido por Eva Rufo y Eduardo Mayo.
Fuente imagen: @festivalalmagro

Ahora encaramos la recta final de la conversación y quiero dar paso a su reflexión sobre la profesión. Le cuento a Edu que hace poco charlé con Carmen Puras, actriz emergente y en formación, y que hablábamos sobre cómo la accesibilidad de perfiles no relacionados con la interpretación influye en los actores de su generación, una realidad que, inevitablemente, les preocupa.

No podía dejar pasar la oportunidad de abrir este melón con él, que se entrega con tanta pasión al acto de enseñar:

Miro de reojo el reloj y me doy cuenta de que llevamos más de una hora sin parar de hablar. También pienso que podría quedarme mil horas más indagando y aprendiendo —porque si algo he hecho en este rato ha sido aprender—, pero de alguna forma hay que cerrar. Me voy feliz, con la sensación de que esto solo ha sido el aperitivo de lo que imagino que vendrá después: la forma que está tomando esta pieza mientras la escribo, la promesa de ver Fuenteovejuna y la certeza de que la creatividad puede transformar lo que sería una entrevista sencilla en un verdadero trabajo en equipo.

Le lanzo la pregunta juguetona sobre el futuro y, entre risas, me dice que, sin tenerlo del todo claro, le gustaría hacer un tour de force entre la obra y el musical. Pero que, tras tomarse un descanso de la docencia, también tiene intención de volver a volcarse en ella.

Entonces dejo aquí la última reflexión de Edu, hilando la magia de enseñar con un cierre redondo para este pequeño viaje que él ha transformado en palabras:

Eduardo Mayo, dualidad extraordinaria. Fotografía de Jaime Menéndez.
Fuente imagen: elviraherrera.com

Cuando escribí a Elvira Herrera y a su equipo para coordinar la entrevista —gracias por la confianza que no es fácil de conseguir— tenía la intuición de que esta charla se daría. Y se daría así de bonita.

Recordatorio: a partir del 25 de septiembreFuenteovejuna de Lope de Vega bajo la dirección de Rakel Camacho, la versión de María Folguera y producida por la Compañía Nacional de Teatro Clásico, abre el telón en el Teatro de la Comedia de Madrid, para recordarnos el valor de lo colectivo y acercarnos al pasado para reflexionar sobre nuestro presente. Promete ser apoteósico. Harán parada, por cierto, en el Teatro Principal de València del 27 al 29 de marzo de 2026.

El 23 de noviembre, Melvin, su personaje en Buscando a Audrey, también echa a volar quién sabe hacia dónde. Ojalá esta conversación sirva para dejar constancia de estos meses intensos, atravesados por su dualidad: la vida del actor.

Me despido de Edu. Y, al cerrar la pantalla, me llega el mismo subidón que sentí cuando fui por primera vez al teatro con doce años, con la diferencia de que hoy sí he podido hablar de ello con alguien. Las mismas ganas de contar al mundo el descubrimiento, no solo de cómo un actor se hace a sí mismo, sino de la persona —lo realmente importante— que está detrás de ese fin.

Gracias infinitas por tu sí, Edu, y por querer formar parte de mi propia revolución creativa.

*La imagen principal es una fotografía de Jaime Menéndez


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