“El hijo de la cómica”: la memoria de Fernán Gómez en la voz de José Sacristán

Cuando empiezo a escribir una reseña de teatro, siempre tengo la sensación de que voy a repetirme al decir que no hay arte que me tambalee más los sentidos que este. Pero ¿cómo no mencionarlo cada vez? Sería imposible no hablar de la emoción mayúscula que me produce sentarme en la butaca, dejarme ir en los detalles de la función y después intentar darle voz a todas esas sensaciones.

También me pregunto a menudo quién soy yo para analizar nada. Qué potestad tengo para hablar del trabajo de otros, cuando ellos ni siquiera imaginan la intensidad con la que los observas, primero por disfrute, claro está, y segundo por esa necesidad de contar a quien quiera leerlo no solo lo que ha supuesto para ti el rato que dura el espectáculo, sino hacerlo desde un punto de vista supuestamente técnico y profesional. En mi caso, la técnica siempre se me desvanece ante los temblores buenos que me causa el teatro.

Así que sí, esta reseña —que ojalá te quedes a leer— tiene de todo menos técnica. Tiene piel, voz y una necesidad honesta de contar. Porque, ¿quién soy yo para escribir sobre José Sacristán y el universo de Fernando Fernán Gómez? Nadie, supongo. Pero me muero de ganas de hacerlo.

José Sacristán en El hijo de la cómica. Imagen de Diego Miranda Campo.
Fuente imagen: https://madridesteatro.com

Fernando Fernán Gómez fue —y será siempre— una de las figuras más destacadas de la cultura en España. Y digo cultura porque fue tan polifacético que sería injusto hablar solo de cine. Actor, sí; director, también; dramaturgo, por supuesto; novelista, cómo no. Pero si algo hay que destacar de Fernán Gómez, es que fue hijo de la cómica Carola Fernán Gómez y nieto de la Liberala, una mujer entrañable que paseaba Madrid de punta a punta, de la mano de su nieto con tez y pelo rojo, desgarbado y demasiado alto, hasta el fin de sus días, en un contexto de monarquía y república con su posterior guerra, posguerra y dictadura. La España vaciada de tolerancia: la de las bombas y la censura. La de los teatros cerrados y las diez pesetas por actuar.

La historia dice que nació en Perú —aunque su partida de nacimiento sitúa la efeméride en Buenos Aires—, pero Fernán Gómez se crió en Madrid. Lo hizo, como decía, con un padre inexistente, una madre que trabajaba en gira permanente por las Américas y una abuela republicana que zurcía con aguja y dedal.

En su deseo de convertirse en alguien de provecho, el pequeño Fernando, curioso y soñador, creció y consiguió ser todo lo que quiso. A grandes rasgos, este paseo por su infancia, adolescencia y primeros años de adultez marca el argumento de El hijo de la cómica, la adaptación —en forma de homenaje a su amigo— que José Sacristán ha hecho a partir de El tiempo amarillo, las memorias de Fernán Gómez.

No exagero si digo que estoy atónita por ver por primera vez a Sacristán sobre un escenario. Me lamento un poco, antes de que empiece a hablar, de no haber podido disfrutar de Señora de rojo sobre fondo gris, la obra que trasladó a tantos espectadores al imaginario de Miguel Delibes. Pero tantas veces he soñado con escuchar su voz —tan característica, tan particular— que me resulta muy sencillo concentrarme en su discurso.

El relato comienza con el punto de partida: 1921, año de nacimiento de Fernando Fernández Gómez —así, con sus apellidos reales—. A partir de ahí, un recorrido más por la vida que por la obra del artista. Un texto en el que Sacristán deshace pronto su primera capa: la de rendir homenaje a su amigo, como si el narrador fuese él mismo. En primera persona, José habla por Fernando, y la atmósfera se vuelve tan íntima que consigues adentrarte en las escenas cotidianas de su infancia, marcadas por una abuela fantástica a la que también da vida el propio Sacristán. Porque sí, ahí está la segunda arista: él mismo encarna a todos los personajes que, de una u otra forma, formaron parte del elenco vital de Fernán Gómez.

Estamos, entonces, ante una de las formas más puras de hacer teatro —la de un único actor sobre el escenario— también de las más sencillas y, a la vez, más complejas; antónimos que conviven y que solo los intérpretes de raza son capaces de sostener. El cambio de registro según el momento del texto, la proyección de la voz o la interacción con los elementos escénicos son prueba de cómo una interpretación puede trasladarnos a un puñado de lugares distintos sin necesidad de artificios. Y, en este caso, Sacristán no solo cumple las expectativas: las arrebata.

José Sacristán en El hijo de la cómica. Imagen de Diego Miranda Campo.
Fuente imagen: https://madridesteatro.com

La narración avanza y sigue dibujando nuevos vértices en esta cuadratura que es El hijo de la cómica. Es inevitable detenerse en lo que supusieron las figuras femeninas para Fernán Gómez, tanto en su desarrollo como artista como en su crecimiento personal. El cariño y la dulzura ácida de su abuela —con la que compartió tantas charlas— contrarrestan la ausencia de su madre durante los primeros años, entregada al servicio de su profesión, aunque más tarde quiso redimirse acompañándole en sus primeras experiencias como cómico y actor. Aquí se ensalza la importancia de la crianza afectiva en una época en la que ese término ni siquiera se vislumbraba. Desde el cariño y la melancolía, resulta fascinante ver y escuchar cómo Sacristán atraviesa todas las emociones que conlleva el vaivén de vivir así, en una tournée constante.

Otra de las claves de la función es entender el contexto histórico en el que se enmarca. Decía que Fernán Gómez nació a comienzos de los años veinte y fue testigo de todas las formas posibles de ejercer el poder: de la monarquía a la república, y de ahí a la posterior dictadura de Franco. Antes, un escenario de guerra y posguerra que mermó las posibilidades laborales —y de supervivencia— de quienes se ganaban la vida poniéndose en la piel de otros.

Hay una parte que me llamó especialmente la atención durante la obra: esa en la que Sacristán relata cómo, una noche después de una función, Fernando volvía a casa sin cruzarse con nadie, con el alumbrado público apagado y las persianas de las casas echadas para que no se filtrara ni una rendija de luz. Una metáfora perfecta de lo que supuso trabajar en aquel contexto oscuro del que, aun así, Fernán Gómez consiguió salir airoso. No solo para continuar su carrera como actor, sino también para explorar otras disciplinas como la dramaturgia o la escritura.

Pero si la columna vertebral del teatro —que para mí es el texto— está cargada de intenciones en El hijo de la cómica, hay que destacar también el trabajo impecable de la parte técnica. El atrezzo, sencillo pero perfectamente dispuesto sobre el escenario, cumple un papel esencial a la hora de narrar las distintas etapas por las que transita Fernán Gómez. Por ejemplo, cuando conversa con su abuela, lo sabemos porque su cajita de coser y su silla reposan a un lado del escenario; y cuando lo hace con su madre, se sienta al fondo, sobre una especie de baúl que podría ser la metáfora de sus recuerdos.

Las luces, cálidas durante casi toda la función e intensas en los momentos clave, acompañan un discurso que se apoya en imágenes proyectadas: carteles de sus obras, fragmentos de su filmografía y una fotografía final que pasa del blanco y negro al color de manera gradual. En esa imagen, el polifacético personaje se hace completamente presente, logrando lo que —deduzco— fue el deseo de Sacristán al concebir esta adaptación: traerlo de nuevo al ahora.

Fernando Fernán Gómez y Carola Fernán Gómez.
Fuente imagen: https://www.inoutviajes.com

Es jueves por la noche y, aunque ha chispeado un poco, no hace frío. Salgo de la mano de Rubén, que, como siempre, ha sido el artífice de que yo siga saciando mi sed de observar. Es el comienzo del último fin de semana de Sacristán en este escenario que tantas veces ha pisado, y salgo con la certeza de haber cumplido un deseo genuino: el de disfrutar por fin de su maestría, esa que atrapa desde el instante en que su silueta emerge entre las luces.

Me siento muy afortunada de haber formado parte de ese aplauso largo a uno de los mejores actores que tenemos, con los ecos de otro que nos dejó un legado cultural impecable.

El hijo de la cómica sigue girando por los teatros de España. Si pasa cerca de ti, regálate el privilegio de verla: es una lección de arte, memoria y vida.


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