“Anatomía de un instante” o cómo sostener el pulso de la democracia

Mi familia se crió en una planta baja de un barrio obrero valenciano. Deslunado mediante y con sillas en la puerta, algunos de los hechos más emocionantes de aquel bloque rosa pálido y tremendamente feo se narraban con fervor entre las vecinas, siempre vigilantes, esperando la noticia.

Pero mi yaya, La Pepita buque insignia de este blog—, que siempre ha sido una mujer prudente y de educación impecable, pasaba bastante de aquellos líos vecinales. Por eso, cuando le pido que me cuente algo de la época, suele salirme con las historietas que ocurrían en casa, de puertas para adentro.

Sin embargo, a lo largo de todos estos años, siempre percibo que tiene grabado a fuego cómo vivió el 23F, y sus recuerdos sobre aquel día salen a la palestra con una intensidad que corta el aliento: las persianas cerradas a cal y canto, la oscuridad de la calle, el silencio roto por los tanques transitando por la avenida… en definitiva, el miedo de volver al miedo, supongo.

Entonces, inevitablemente, cuando me acerco a alguna obra que habla de aquella fecha tan importante para este país, me viene a la mente su relato. Y me permito la licencia de entender todo lo que pudo sentir ella, pero con la suerte de observarlo a través de la ficción.

Eso es justo lo que he tratado de hacer con Anatomía de un instante, la miniserie de cuatro episodios recién llegada a Movistar+, basada en el libro homónimo de Javier Cercas, con la dirección impecable de Alberto Rodríguez, el guion riguroso firmado por el propio Alberto Rodríguez, Rafael Cobos y Fran Araújo, y un elenco que, sin exagerar, podríamos beatificar al completo aquí y ahora.

Anatomía de un instante parte del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, cuando Antonio Tejero, teniente coronel de la Guardia Civil, irrumpió en el Congreso pistola en mano para pronunciar su desgraciada y mítica frase: ¡Quieto todo el mundo!.

Con ello, en plena transición democrática y con los últimos coletazos de la dictadura franquista aún presentes en el ambiente, Adolfo Suárez, Santiago Carrillo y Manuel Gutiérrez Mellado, con sus desavenencias ideológicas evidentes, se convirtieron en los tres hombres clave para sostener el pulso de una democracia recién estrenada, evitando que España cayese de nuevo en las garras del terror.

Así, esta sinopsis de hechos reales y material histórico toma como base la novela de Cercas —estructurada en cinco partes, una más que la serie—, situando al espectador en un escenario muy concreto a través de la mirada de sus protagonistas. Los tres primeros capítulos ponen el foco en las piezas clave de esta historia: Suárez, Carrillo y Gutiérrez Mellado, interpretados por Álvaro Morte, Eduard Fernández y Manolo Solo, respectivamente. No sé si me excedo al decir que estamos ante algunos de sus mejores trabajos, pero desde luego sí ante interpretaciones que destacan incluso dentro de sus amplias trayectorias.

Porque Álvaro Morte se viste de Adolfo Suárez y no solo firma una gran interpretación, sino que consigue lo más difícil: que dejes de pensar en el actor para observar únicamente al personaje.

Es cierto que el trabajo de caracterización, maquillaje y peluquería en todos los personajes de la serie es de lo mejor que he visto últimamente en ficción (todos los premios del mundo para ese equipo, por favor), pero la minuciosidad de Morte se hace visible en su forma de hablar, de gesticular, de sostener el silencio… en definitiva, en la manera en que reconstruye a un Suárez que, para mí, hasta este momento era una figura relativamente desconocida (no sabía más de él que su papel clave durante la Transición). Ahora, en cambio, me ha dejado con ganas de profundizar más: en su ambición y en su entrega; en su ascenso y en su caída. Al final, todo forma parte de la historia.

El segundo capítulo —redondo y fantástico— nos trae a un Eduard Fernández metidísimo en la piel de Santiago Carrillo y se adentra en las entrañas de la vida de un hombre que atravesó etapas vitales muy distintas. Héroe para algunos y traidor para otros —una marca que, por cierto, comparten los tres protagonistas dentro de sus propios bandos y que la serie aborda con gran maestría—, el Carrillo que construye Fernández es quizá el personaje que mejor encaja con la técnica visual de la serie.

Las luces en clave baja evocan su época de exilio forzado; las numerosas escenas de lluvia parecen metaforizar su paso por la prisión; y los primeros planos de un rostro cansado —agotado por los vaivenes históricos y por tanto tabaco— funcionan como un retrato perfecto de su lento retiro político. Un contraste directo con el tercer personaje en discordia y protagonista del capítulo 3 de Anatomía de un instante: Manuel Gutiérrez Mellado.

Capitán general del Ejército de Tierra, Gutiérrez Mellado también hizo sus propias concesiones personales para situarse del lado de la democracia. Se convirtió en vicepresidente primero del Gobierno de Suárez y, más tarde, en ministro de Defensa durante la Transición, enfrentándose a un Ejército aún plagado de mandos que seguían comulgando con el franquismo.

El personaje que interpreta Manolo Solo es, quizá, el más complejo de los tres porque es el que más se aleja de lo que —a priori— se esperaba de él. En su retrato podemos ver la contención y la paciencia, la constante dualidad entre dos épocas (la dictadura y la Transición) y, además, la representación más nítida del ámbito familiar. Aquí destaca especialmente Manuela Paso, magnífica en la piel de Carmen Blasco, su mujer.

Llegamos al final de la serie y no podemos olvidar lo que nos ha traído hasta aquí: el golpe de Estado perpetrado por otros tres hombres que también hicieron historia, aunque por motivos muy distintos. Antonio Tejero, Milans del Bosch y Alfonso Armada —estrechamente vinculados al fascismo y considerados los cerebros del 23F— son los antagonistas de esta historia tan bien trasladada a la pantalla.

El histriónico Tejero, interpretado por David Lorente (uno de los mejores actores de este país, y lo mantengo), es la encarnación perfecta del patetismo y la testosterona: una mezcla extrañísima de emociones sostenidas por un odio visceral hacia Carrillo y todo lo que oliera a comunismo. Lorente se lo lleva a su terreno para convertirlo en el personaje ridículo que fue, con una intuición interpretativa brillante. Incluso se permite ciertos tintes de comedia que rebajan la solemnidad del conjunto sin romper su gravedad, porque si algo hay que reconocerle a este señor es que espontáneo era: ¡Se sienten, coño!

En el otro extremo de la baraja, dando vida al temible Milans del Bosch —sí, el mismo que nos plantaba tanques en Valencia día sí y día también— está Óscar de la Fuente (otro que no tiene papel malo). A él le ha tocado encarnar la perspectiva más rancia y bruta del ejército de la época, pero lo hace con un rigor que encaja a la perfección con todo lo que vengo señalando desde el inicio: su tono despótico, una gesticulación férrea y esa presencia incómoda que te recuerda, segundo a segundo, lo peligrosa que era la obediencia ciega a ciertas ideas.

Por último, el tercero en discordia: Alfonso Armada, interpretado por un estupendo Juanma Navas y durante años sombra fiel del Rey Juan Carlos I —a quien, por cierto, da vida un sorprendente Miki Esparbé—. Armada se postula como el personaje más sibilino de todos. La calma tensa por la que transita, la ambición desmedida por convertirse en figura de referencia (cayese quien cayese) y ese modo de deslizarse entre bambalinas lo convierten en un antagonista tan inquietante como sofisticado. Navas firma aquí una interpretación medida y turbia, capaz de poner voz y cuerpo al que probablemente fue el cerebro real de aquel fatídico 23 de febrero de 1981.

Eduard Fernández es Santiago Carrillo en Anatomía de un instante.
Fuente imagen: DLO Producciones.

Analizadas las interpretaciones masculinas y su importancia dentro del relato, toca hablar del elenco femenino, sustentado por cuatro actrices que cumplen —quizá demasiado bien— con su rol de “acompañantes de” o “trabajadoras de”. Eva Rufo, como Amparo Illana, mujer de Adolfo Suárez; la ya mencionada Manuela Paso como Carmen Blasco; Alejandra Onieva en la piel de Carmen Díez de Rivera, jefa de gabinete de Suárez; y María Maroto como la compañera incansable de Santiago Carrillo. Todas ellas sostienen emocionalmente y contextualizan la narrativa de los protagonistas, y esta es, justamente, una de las pocas pegas que le pongo a la serie.

No porque ellas no estén a la altura —todo lo contrario—, sino porque hubiese sido interesantísimo asomarnos a esa perspectiva femenina desde dentro: escuchar sus silencios, sus contradicciones, sus intuiciones, su forma de vivir un momento histórico que también las atravesó. Hubiese contribuido, además, a humanizar todavía más a estos hombres que tan importantes fueron y cuyas figuras, a veces, pueden resultar demasiado institucionales.

Entiendo las limitaciones de metraje y la voluntad de narrar con rigor los hechos, pero creo que el rol de estas mujeres podría haberse estirado más —y mejor—, porque al fin y al cabo también fueron víctimas y testigos de las ausencias, los temores y la incertidumbre.

De hecho, una de las secuencias más luminosas de toda la serie (y no hay tantas) tiene que ver con ellas: un baile improvisado entre Suárez e Illana y Gutiérrez Mellado y Blasco al ritmo de un vinilo de Julio Iglesias. Un pequeño respiro, casi doméstico, entre tanta conspiración. Una ventana que demuestra lo que podría haber sido si la serie se hubiese permitido mirar un poco más hacia ese interior femenino.

Otro de los grandes aciertos de la serie de Movistar+ es el uso del narrador omnisciente y la transmedialidad del contenido. La voz de Raúl Arévalo funciona como un auténtico cordón umbilical con la novela de Cercas, recordándonos de dónde viene este relato y situándonos, en todo momento, dentro del engranaje histórico que lo sostiene. Su narración es un recurso extremadamente útil para ordenar los hechos, dosificar la información y conducir la mirada del espectador sin que la serie pierda ritmo.

Con un equilibrio muy medido entre datos, contexto y cierta ironía sutil, Arévalo se transforma en un joven Javier Cercas y le presta a la serie un aire de docuficción premium que evita que todo esto derive en un biopic convencional o en una recreación solemne sin matices. Es una presencia constante pero nunca intrusiva, lo justo para entender y respirar. A mí personalmente me ha sido especialmente útil.

Álvaro Morte es Adolfo Suárez en Anatomía de un instante. Fuente imagen: IMBD.

Entrando ya en materia técnica (una friki del audiovisual, sí soy), toca poner en valor el diseño de producción y todo lo que implica construir lo que vemos. Ya mencionaba al hablar del elenco la importancia de la caracterización en Anatomía de un instante, pero ese nivel de rigor se extiende también a la dirección de arte, la fotografía, el sonido y el montaje. Arte y foto beben de una estética de época que nunca cae en lo rancio: la transición visual —de la España en blanco y negro a los primeros tintes de color— se resuelve con una paleta que evita, con muy buen criterio, el sepia nostálgico, que habría sido el recurso fácil.

Hay además un acierto notable en la composición de los planos: los generales del Congreso, que aportan solemnidad sin artificio; los cenitales que ubican al espectador en el tablero del poder; o los primeros planos que humanizan a unos personajes a menudo petrificados por la Historia. Todo ello se combina con un montaje limpio y sostenido, que rehuye la tentación del efectismo y, sobre todo, el abuso de imágenes de archivo. No hay extractos reales del 23F: todo está recreado desde la ficción y desde su propio lenguaje, con una exactitud admirable.

La serie se permite, incluso, recursos como la cámara lenta para funcionar como cliffhanger sin desentonar y construye un ritmo casi de thriller político en el que Alberto Rodríguez, una vez más, se mueve como pez en el agua.

Manolo Solo es Gutiérrez Mellado en Anatomía de un instante.
Fuente imagen: Camera & Light Magazine.

Estoy segura de que Anatomía de un instante copará las listas de mejores series de 2025, y con toda justicia. Este ejercicio de memoria realizado a través de la ficción no solo sirve para recordar un hecho histórico de tal calibre, sino también para aprender y comprender la importancia de la Transición en nuestro desarrollo posterior como país.

Además, es un recordatorio de que la Historia no está hecha solo de hombres, aunque ellos ocupen el centro de este relato; de que la técnica, la interpretación y la narrativa, cuando se combinan con maestría, pueden generar emoción, reflexión y memoria a partes iguales.

Anatomía de un instante está disponible en Movistar+.


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