Mentiría si dijera que recuerdo el primer libro que leí de pequeña, pero supongo que sería alguno de animales, colores, formas, texturas… esas cosas que, de tan sencillas, despiertan la curiosidad más genuina.
Sí recuerdo, en cambio, el momento en que descubrí la saga de Kika Superbruja con unos ocho años; o cuando mi yaya me compró en el Círculo de Lectores —atención a la referencia noventera— una colección ilustrada de las pelis de Disney, que invitaban a dejar volar la imaginación a través de las palabras y las imágenes.
Qué curioso verme ahora, ya de adulta, utilizando precisamente esas dos cosas como mis herramientas básicas para crear. Y qué bonito comprobar que, de alguna forma, enlazan con la protagonista de la charla que traigo por aquí.
Sofía Costa Gargallo es Licenciada en Administración de Empresas y titulada en coaching y liderazgo. Actualmente trabaja en el sector industrial, pero, como podrás imaginar, lo que nos hizo hacer match creativo es el lanzamiento de su primera novela infantil: Las mates no sirven para nada. Un libro que, a grandes rasgos —y prometo que luego entraremos en detalles— invita a los más pequeños a descubrir las curiosidades de las matemáticas y a entender que, aunque a veces no lo parezca, están por todas partes en nuestro día a día. Y, a su vez, es una declaración de intenciones en favor de los referentes, especialmente de los referentes científicos femeninos, un terreno que, aunque avanza, sigue siendo demasiado escaso.
Además de tener un título que me ha representado toda la vida —las mates y yo nunca nos hemos llevado bien—, lo que hace especial la historia de Sofía no son solo los números, sino su propio recorrido como persona, profesional y ahora escritora, lleno de pequeñas casualidades que se convirtieron en grandes logros gracias a su tesón y, por qué no admitirlo, también a su mucha intuición.
Así que, si te apetece acompañarnos un rato, estás más que invitado/a a sumergirte en esta aventura… pero no te espantes: hoy nos hemos dejado la calculadora en casa.

Fuente imagen: babidibulibros.com
La primera pequeña casualidad de esta charla viene de cómo nos conocimos Sofía y yo. Una tarde de sábado cualquiera, en un centro comercial cualquiera de nuestra ciudad, debatía con un par de amigos y mi chico sobre el regalo perfecto para la primera bebé del grupo. Teníamos claro que queríamos un libro, sí, pero… ¿qué tipo de libro?
Descartados el Pollo Pepe y el Osito Tito, nos sumergimos entre un montón de estanterías de la sección de cultura del centro comercial en cuestión y, en eso, nos encontramos con ella. Nos cuenta que ha escrito un libro infantil y que esa tarde firma ejemplares. Le damos la enhorabuena, nos transmite buenas vibraciones… aunque le decimos que su libro todavía es demasiado para “nuestra” peque. Coincidimos en eso, y uno de mis amigos le comenta que tengo un blog en el que entrevisto a gente.
A partir de este momento, toda esta charla por delante: ¿quién es Sofía Costa?
Pues quién soy… lo primero que me sale es decir que soy madre de tres niños que es un poco por lo que venimos aquí a hablar. Quizá hoy es lo que más me define.
Pero a nivel profesional, te cuento lo que hago: me dedico a la planificación industrial, y es un mundo en el que nunca me habría visto, ni cuando estudiaba ni ya de adulta. Acabé ahí por casualidad. Y me encanta, esa es la verdad.
Si lees de vez en cuando alguna entrevista o reseña, estarás tan sorprendido/a como yo con el perfil profesional de Sofía: ¿qué hace una chica como ella en un sitio como este?
Fácil: lanzarse sin manguitos a la piscina de la escritura. Pero, como aperitivo y para situarla en su propio contexto personal, quiero saber qué es lo que de verdad la impulsa a escribir Las mates no sirven para nada:
El libro surgió por una casualidad y tiene mucho que ver con mi trabajo, con lo que veo en mi entorno y con mi faceta de madre. Es algo que lo pone todo en común.
No conozco ninguna escritora que antes no haya sido lectora. En el caso de Sofía, esa pasión por los libros se la debe a uno de sus seres únicos: su padre.
En mi casa siempre ha estado muy presente la lectura. Yo soy la pequeña de cuatro hermanas, y recuerdo a mi padre —que falleció hace doce años— como una figura ligada a los libros. La imagen que tengo de él es sentado en el balancín de la terraza con un libro en las manos. Siempre me fascinó ver cómo la lectura hacía que él perdiera la noción del tiempo, especialmente cuando ya todos estábamos acostados, y es algo que a mí también me inspira mucho.
En tu caso se cumple eso que dicen de que, cuando somos niños, también somos esponjas, ¿no?
Efectivamente, de él me viene el gusto por leer. Todas mis hermanas también disfrutan mucho de la lectura, y aunque mi padre ya no estaba cuando escribí ‘Las mates no sirven para nada’, sé que habría sido algo que le habría hecho muy feliz. Me habría encantado compartir con él este logro.
Con la memoria de su padre balanceándose en nuestra conversación, reflexionamos entonces sobre cómo todo esto puede transmitírselo a sus tres peques, en esta época de pantallas y ritmo frenético. Además, y como veremos, ellos quizá no lo sepan, pero han sido fundamentales en su proceso de escritura:
Los tiempos han cambiado, pero me encantaría que mis hijos vieran ese mismo amor por la lectura en mí. Siento que muchas veces nos ven con un móvil en la mano en lugar de un libro y precisamente por eso me gusta tanto la idea de que nos observen leyendo de verdad.
Ya hemos dado una pequeña pincelada sobre cómo surgió la idea de escribir el libro, pero, como imaginarás, la historia va mucho más allá.
Todo empezó con un concurso literario impulsado por una conocida escuela de empresarios, que invitaba a escribir relatos para fomentar las profesiones STEM —ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas— especialmente entre niñas. Y esto no es casual, como señala Sofía, por experiencia propia, la presencia femenina en estos ámbitos científico-prácticos sigue siendo muy minoritaria.
Cuando nos enfrentamos a materias como matemáticas o ciencias y no las dominamos bien, muchas veces sentimos rechazo. A mí me pasó de niña, y creo que también tiene que ver con un rasgo nuestro como mujeres, porque creo que tenemos un sentido de la responsabilidad muy particular.
Siempre digo que hombres y mujeres somos diferentes —ni mejores ni peores, pero distintos— y nuestro cerebro funciona de forma distinta. Siento que cuando algo no lo dominamos, tendemos a escondernos en el ‘arbusto’—como la escena mítica de Homer Simpson— en lugar de lanzarnos a hacerlo. Nos falta esa valentía inmediata.
Esta vez la valentía se hizo presente y, de algún modo, Sofía se sentó a charlar con su niña interior. Fue un abrazo a sí misma, una vocecita interna que, por primera vez, no dudó:
Me emocionó muchísimo el propósito del concurso y me motivó hasta un punto que no había sentido antes. Nunca hubiera imaginado que escribiría una novela para presentarla a un concurso literario, que es justo la antítesis de lo que hago cada día.
También me tocó de lleno, no tanto por la idea de “crear” vocaciones —porque creo que la vocación que tiene uno es la que es, no se puede forzar— sino porque estoy convencida de que muchas niñas habrían querido ser algo y no se atrevieron.
Claro el propósito y superado el miedo, toca descubrir si, además de escribirla, también sintió desde el primer momento que esta historia merecía ser compartida con el mundo:
Decidí que mi primer objetivo era simplemente escribirla, terminarla y presentarla. Solo eso ya me parecía enorme.
Finalmente el concurso quedó en una participación, pero unos meses después empecé también —por inquietud personal— un máster de coaching. Pasé un año aprendiendo a acompañar a otros en sus objetivos y, mientras le daba vueltas a la novela, pensé: “¿Por qué no intento publicarla?”. La envié a varias editoriales y finalmente BABIDI-BÚ, con su modelo híbrido, la publicó. Esa es la historia de cómo nace la novela.
El libro surgió por una casualidad y tiene mucho que ver con mi trabajo, con lo que veo en mi entorno y con mi faceta de madre. Es algo que lo pone todo en común.

Fuente imagen: Sofía Costa Gargallo.

Fuente imagen: Sofía Costa Gargallo.
Adentrándonos de lleno en Las mates no sirven para nada, es inevitable detenerse en el proceso creativo que acompañó su escritura que, por no andarnos con rodeos, no fue fácil.
Ya hemos contado que actualmente Sofía es mamá de tres niños, pero cuando escribió la novela eran dos: una niña de cuatro años y un niño de dos. A eso hay que sumarle, pues, lo que viene siendo la vida: trabajo, casa, otros planes… Por eso me interesa especialmente saber cómo se organizaba:
Me puse dos condiciones internas: iba a ir con todo, pero sin restarle tiempo ni a mi trabajo ni a mi familia, por lo que la única franja posible eran los fines de semana a primera hora. Me levantaba a las seis de la mañana y escribía hasta que se despertaban los demás. Ese era mi momento creativo.
De hecho, como anécdota: a veces encendía el ordenador y el sonido de inicio de Windows despertaba a mi hijo pequeño. Y adiós creatividad. Había días que a las seis y media de la mañana estaba jugando en el suelo y no había escrito ni una línea. Ahora lo pienso y digo: «¿Cómo podía?»
Ahora quiero que me cuente cómo fueron apareciendo las ideas, cómo se fue llenando de vida su primera novela y de qué manera fue encontrando la energía para darle forma.
En cuanto al proceso en sí, no usé un método rígido. No sé si fue suerte o inconsciencia, pero me sentaba y escribía. Sí que tenía mis apuntes con los personajes y un esquema inicial, pero la trama fue surgiendo.
Tenía previsto estructurarla como en varios retos, pero sobre la marcha fui desarrollando más la relación entre las dos protagonistas, lo que me permitía meterme mucho en la historia. Tiene paralelismos con mi vida, y supongo que por eso me salía tan natural.
Decía al inicio que Las mates no sirven para nada trata de acercar a los niños y niñas la importancia de esta disciplina en los momentos más cotidianos; sin embargo, el relato va mucho más allá.
Olivia, su protagonista, tiene nueve años y vive con sus padres, su hermanita pequeña Vega y su hermano Nico, apenas unos años mayor. A Oli se le resisten las mates, pero ama el baloncesto, que además de ser un hábito sano, funciona como su vía de escape y su mayor motivación. Una mañana, al salir de casa para ir al cole, se cruza con Alicia, una vecina nueva y un tanto misteriosa que coge el mismo autobús que ellos y que, sin saberlo, les cambiará no solo la percepción de las matemáticas, sino también la forma de mirar lo que les rodea:
Quería que Olivia viviera en un entorno familiar sano y muy comunicativo porque, para mí, la comunicación es clave y cada vez la tenemos menos. Hay pantallas, prisas, llamadas, estímulos… y se pierde ese momento de sentarse a cenar y hablar sin nada más. El primer capítulo incluye un juego para fomentar la conversación; en mi casa por ejemplo tratamos de hacer muchos. Cuando los niños son pequeños es más fácil, pero cuando llegan a la adolescencia cuesta muchísimo que hablen y que puedas ver cómo se sienten.
También en el libro se da una situación muy concreta de salud con la figura del padre, y quería incluir esto desde un lugar natural y sano que contribuyera a la normalización sin carga negativa, sin vergüenza y sin frustración.
Identificada Olivia, toca hablar de la misteriosa e inspiradora Alicia:
Alicia es el referente externo. Para mí era imprescindible que fuera una mujer. Estamos acostumbrados a ver perfiles profesionales admirados en hombres; casi nunca en mujeres. Y quería romper eso. Además, a mí me pasa —y a mucha gente— que voy por la calle y me pregunto cuál será la historia de cada persona. Me parecía precioso trasladarlo a la mirada de Olivia hacia Alicia. Los niños necesitan ver perfiles femeninos que despierten admiración profesional.
Con unos personajes muy bien construidos y una historia lineal, entretenida y coherente, la primera novela infantil de Sofía Costa Gargallo habla, sobre todo, de valores.
El esfuerzo, la constancia, la superación y, muy especialmente, la curiosidad, unido al aprendizaje, son algunos de los que más destacan a lo largo del relato:
La curiosidad atraviesa todo el libro. En la presentación se lo decía a los niños y niñas que vinieron: aprender siempre nos hace mejores. Da igual si es guitarra, idiomas, cerámica… el cerebro es como un músculo que crece cuando lo usas. Pero muchos niños rechazan aprender porque lo asocian al colegio y al aburrimiento. Y quería desmontar esa idea.
También insisto mucho en la práctica. Nada se domina sin practicar, y eso va con la idea que comentábamos antes de que a veces a las mujeres nos pesa más porque si no hacemos algo perfecto a la primera tiramos la toalla. Pero practicar es clave para cualquier cosa: desde las mates hasta hablar en público, como le pasa al hermano de Olivia.
Eso sí, Sofía pone el acento en algo que a menudo olvidamos: la necesidad de reivindicar el disfrute del camino, más allá de la meta final.
Siento que, con el progreso y el avance de la sociedad y la tecnología, somos una especie de robots con una lista de tareas que tachar: “tengo que hacer este curso”, “tengo que aprobar este examen”… Ese “tengo que” nos hace olvidar disfrutar de los procesos y del durante.
Me parece importante tener esa consciencia de que, sea cual sea el resultado, si yo he puesto toda la energía y estoy orgullosa de mi esfuerzo, el resultado no importa tanto. Es más importante estar satisfecho con mi trabajo. Es algo que practico con mis hijos e intento inculcarles: que disfruten, porque puede que ese partido o ese momento concreto no se repita nunca más.
En el libro Olivia brilla en su equipo de baloncesto porque realmente es feliz practicándolo y cumple con eso de que si hay algo que realmente te gusta, debes ir a por ello. No te pongas tú las trabas del “es que no voy a poder” o “me va a salir mal”. Ve, lúcete y sobre todo sé feliz.
En cuanto al proceso en sí de escritura, no usé un método rígido. No sé si fue suerte o inconsciencia, pero me sentaba y escribía. Tiene paralelismos con mi vida, y supongo que por eso me salía tan natural.

Lo decía en la introducción casi como un chascarrillo, pero la realidad es que, si tengo que señalar una materia que nunca he soportado, son las mates —y eso que tuve buenos profesores—. ¿Hasta qué punto son útiles esos problemas clásicos de trenes que se cruzan? Sinceramente, no lo sé. Pero, según me cuenta Sofía, la enseñanza de las matemáticas está ahora en un punto mucho más útil e incluso divertido:
Cuando yo era pequeña, las mates y las ciencias se enseñaban de forma muy abstracta, con problemas sin ninguna aplicabilidad. Hoy se enseñan de forma mucho más práctica y cercana, casi como juegos. Y es cierto: el profesor es clave. Muchos padres me dicen en las presentaciones: “A mí me tocó un profesor que me hizo amar/odiar las mates”. Los profesores nos marcan de por vida.
Padres, profes, el resto del entorno familiar… todos son piezas clave en nuestro desarrollo como “personitas”, no solo en la infancia, también en la adolescencia y en la vida adulta. Al final, lo que observamos y lo que nos acompaña marca muchísimo nuestro camino. Así que le pregunto por el objetivo de la novela dentro de ese entorno adulto:
Yo te diría que, principalmente, transmitir los valores que lleva dentro el libro. No es clave para mí que haya, de repente, un boom de niñas que se enamoren de la ciencia, no. Pero sí ese “oye, ya está, soy libre de elegir cualquier cosa y sé que, dedicándole tiempo, no hay nada que yo no pueda hacer”. Eso es lo que me gustaría que los niños y su entorno tuvieran tan claro: que dedicándole tiempo a cualquier cosa, soy capaz de aprenderla.
Nos va quedando claro que Las mates no sirven para nada es una pequeña joya que esconde propósitos en forma de palabras, acompañadas por las ilustraciones de Juan Antonio Celada —o mejor dicho, Jack, “el ilustrador”—.
Este artista madrileño aporta color, identidad y una sensibilidad muy particular a los personajes que Sofía ha construido, a través de dibujos que funcionan como pequeñas brújulas dentro de la historia. Para su autora, poder contar con él ha sido, directamente, un regalo.
Cuando ya tenemos decidido que el libro se va a publicar, la editorial te asigna colección, formato y una galería enorme de ilustradores. Yo no tenía a nadie en mente, vi muchísimos perfiles y encontré a Juan Antonio. Él tiene un estilo de dibujo que me recuerda muchísimo a las fallas, y me enamoró enseguida. De hecho, además de indagar un poco en su web, me compré un libro suyo para conocerlo más a fondo y al final contacté con él.
Empezamos a trabajar desgranando los momentos de la historia donde yo pensaba que debía haber ilustración. Él leyó el manuscrito y dibujó desde su visión. En algunas ilustraciones le dije lo que imaginaba; en otras, tuvo libertad total. Lo único que corregí fue la primera versión de Alicia, que parecía un poco Señora Rottermeyer con unas formas muy rectas y estiradas, entonces decidimos hacerla con un estilo más cálido y más inspirador, para que realmente despertase ese propósito de ser una referente en los pequeños lectores.
¿Hubo algún momento del proceso en el que algo te hiciera clic, como si de pronto todo cobrara sentido?
Sí, de hecho la idea más especial vino de él: dejar a los personajes sin colorear. Solo el entorno está coloreado. Me pareció precioso porque deja espacio a la imaginación del niño. Nadie sabe de qué color tiene el pelo Olivia o qué ropa lleva. Aporta algo muy propio del mundo lector. Cada ilustración que enviaba era una maravilla. No podría elegir una favorita.
Escribir un libro ya es un desafío; hacerlo pensando en niños y niñas lo multiplica. En la actualidad, las sagas literarias infantiles y juveniles de moda, dominan las estanterías y las pantallas reclaman toda su atención, lo que podría haber sido un obstáculo para la novela emergente de Sofía. Pero, sin embargo, la respuesta ha sido distinta: los pequeños se sorprenden, se ríen, se enganchan… y los mayores también encuentran algo que los conecta.
Ese feedback, lleno de entusiasmo y cariño, es el mejor reconocimiento para su historia:
El feedback que me llega del público infantil es muy bueno. Mis hijos son todavía muy pequeños y no lo han leído, pero en la primera franja de edad —niños de 8 a 12 años— está funcionando muy bien. Me han llegado comentarios muy positivos y sobre todo me hace mucha ilusión que escojan el libro entre tantas posibilidades y además lo disfruten tanto.
Y aunque sea una novela infantil, los adultos también conectan, y tengo mensajes de padres y profesores que también me hacen sentir genial. No son mares de correos, pero cada uno tiene un valor enorme. Cuando alguien me dice que lo ha leído y le ha gustado, es como si me tocara la lotería. Porque al final, esto se hace por amor al arte, literalmente. Es algo increíble.
Estoy segura de que, aunque la novela ya haya visto la luz y Sofía haya afrontado todo lo que implica su difusión, ese temido síndrome del impostor —tan habitual en las mentes creativas— no ha tardado en hacerse notar.
En mi caso es un poco desbordante. No me gusta hablar demasiado de ello, porque decir “he escrito un libro” me resulta presuntuoso. Y al final la editorial te dice que eres tú quien debe empujar el libro, darlo a conocer, presentarlo en librerías… y a mí me cuesta barbaridades. Pienso: “¿Quién soy yo para decir que he escrito un libro?”.
Es cierto que me motiva muchísimo, y cada venta de un ejemplar me da una alegría espectacular, pero siempre aparece un momento de duda de si no será lo suficientemente bueno para esa persona que ha decidido comprarlo. Es una autocrítica que a veces choca con disfrutar el momento.
¿Crees, entonces, que has logrado que el disfrute —ese que reivindicas a través de Olivia, Alicia y compañía— supere a la impostora que a veces habita en tu interior?
Creo que sí. La experiencia es híper-positiva, aunque siempre con cierto pudor. Recuerdo en la Feria del Libro, un par de niños que ya habían leído la novela vinieron a que se lo firmara, y yo pensaba: “Esto no puede estar pasándome a mí”.
Descubrir a Sofía está siendo un viaje precioso, pero es momento de acercarnos al cierre de la charla. Y, como colofón inevitable, surge la pregunta: ¿habrá vida literaria más allá de Las mates no sirven para nada?
‘Las mates no sirven para nada‘ salió a principios de diciembre de 2024, y ahora está cumpliendo casi un año, así que quiero cuidar este momento porque también es clave para seguir viendo la reacción del público.
No me planteo escribir más por el momento; he visto lo que conlleva cada venta y lo difícil que es. Sí he pensado que podría seguir con Olivia y otras materias, podría contar otra historia completamente diferente a través de ella: lengua, inglés, física… Cada niño tiene sus asignaturas pendientes, y creo que habría público seguro. Pero ahora mismo no está entre mis objetivos a corto plazo, aunque, como decía antes, la experiencia es impagable.
El feedback que me llega del público infantil es muy bueno. Me han llegado comentarios muy positivos y sobre todo me hace mucha ilusión que escojan el libro entre tantas posibilidades y además lo disfruten tanto.

Fuente imagen: Juan Antonio Celada y Sofía Costa Gargallo.

Fuente imagen: Juan Antonio Celada y Sofía Costa Gargallo.
Le pongo el punto final a las últimas palabras de Sofía, ajustando la bocina a mi propio timing, y me viene a la mente la idea que tenía cuando empecé puntoDgiro: crear un espacio virtual seguro y cálido para gente con cosas increíbles que contar. Creo que ese objetivo está cumplido, pero lo que nunca imaginé es lo enriquecedor que resulta aprender de tantas voces distintas.
La de Sofía es cercana, valiente e inspiradora. También generosa: por lograr que, a través de su novela, me retrotrajera a mi niña lectora, aquella que tantas veces se imaginó escribiendo y descubriendo cómo era el mundo de los libros.
Las mates no sirven para nada supongo que es un regalo para sus peques, pero, sobre todo, un homenaje a las Olivias que creían que no podían y a las Alicias que las impulsaban a hacerlo.
A las niñas que tienen el futuro por delante. Al padre de Sofía, que se lo leyó todo para que sus hijas aprendieran a imaginar.
De las pequeñas casualidades; nacen las mejores historias. Gracias Sofía, por hacerme parte de la tuya.



