«ä – El sonido de una Tierra Escondida», de MäBU

La última vez que escribí sobre MäBU hablé de la primavera.

No fue casualidad: en su disco Un año después (2021) hay una canción que se titula Primavera, y entonces me pareció un buen lugar desde el que narrar sensaciones. Eran tiempos raros, supongo.

Han pasado cuatro años y, ahora, la banda fundada por María Blanco y Txarlie Solano regresa con un nuevo disco de título misterioso y diez canciones que vuelven a ponerme frente al teclado. Lo hacen incluso cuando se me revuelven los complejos por no ser demasiado técnica o no aportar demasiada información útil. Mira que llevo escritas unas cuantas reseñas y sigo sin ser capaz de responder a la pregunta de cómo se analiza un disco, o quién soy yo para hacerlo.

Pero quizá por eso sigo escribiendo desde aquí. Desde que escuché ä – El sonido de una tierra escondida sentí la necesidad de volver a experimentar esa sensación de movimiento, de vértigo sereno. Y, una vez más, la certeza de que escuchar a MäBU es sinónimo de supervivencia dentro de esta espiral frenética a la que llamamos música.

Para empezar, ä – El sonido de una Tierra Escondida no es solo un disco. Es un territorio listo para ser habitado desde la escucha. No hay canciones pensadas para el algoritmo ni un afán continuista respecto a su trabajo anterior. Hay nuevas historias y un universo sonoro lleno de identidad, sin caer en la repetición.

De hecho, con MäBU me ocurre que, a medida que recorro su discografía, siempre consiguen sorprenderme y —lo mejor de todo— hacerme volver una y otra vez. Buenaventura (2016), por ejemplo, es un lugar seguro. Y dieciocho años después —los que cumplirán en el recién estrenado 2026 como banda— confirman que se puede mantener el pulso sin perder el norte.

Cabeza de Ratón es el tema que abre el disco y funciona como una radiografía bastante fiel de lo que nos vamos a encontrar durante los próximos minutos. Es la primera incursión en este paisaje de sonidos, sostenido por la voz personal de María y el acompañamiento instrumental que arranca con el punteo de Txarlie, guiando toda la estrofa inicial.

A partir de ahí, la canción baja revoluciones en un preestribillo que anticipa un estribillo preparado —como dice su propia letra— para alzar un vuelo libre. El resto, un patrón perfecto que modula a los demás temas que habitan esta tierra escondida.

Por cierto, mención especial a Txarlie, uno de los músicos que acompañan a mi querido Alberttinny en su gira y proyecto. Y qué decir: tremenda dupla.

Con Guerra y Paz regresamos a la versión más acústica de su propuesta, a través de versos que miran de frente a los demonios y se dejan sostener por el hilo narrativo. Es uno de esos temas que crecen desde la contención, apoyados en un marco sonoro que, sin dejar de ser MäBU, me remite por momentos a la atmósfera de Rave Tapes (2014) de Mogwai.

Otros cortes como Groenlandia o Carta Astral se mueven en ese mismo tempo lento y sostenido, una cadencia que forma parte de su ADN y que aquí vuelve a encontrar sentido. Siempre hay como dos o tres canciones que descansan en los brazos de un carácter melódico muy marcado. Un respiro que se asienta en la idiosincrasia de la canción de autor pero con tanta luz que ciega.

Con Cumpleaños Feliz y El Dragón aparece, para mi gusto, el binomio ganador del disco. La primera se erige como el himno que marcará el año de la mayoría de edad de MäBU; mientras que El Dragón es un temarraquen, con tintes de pop-rock y una base rítmica que deseas que no se acabe: el sonido más eléctrico y ecléctico del álbum.

La batería aparece al fondo sosteniendo el pulso, mientras la amalgama instrumental deja espacio para los rasgueos y desemboca en un estribillo cargado de armonías y coros. Mi favorita.

En este punto, mientras suena 12:21 y escribo este párrafo, me parece inevitable detenerme en la voz de María. He mencionado al inicio algo sobre su personalidad, pero es de justicia decir que no se entendería la filosofía de MäBU sin ella.

En estos años en los que gran parte de la música bebe del autotune, resulta casi un refugio poder escuchar un disco completo que rezuma personalidad vocal. María la tiene entera: cuando la escuchas, sabes quién es. La reconoces. La entiendes. La disfrutas.

El Ruido y Septiembre agotan el metraje del álbum, pero no la energía. La primera abre con una intro ligera que me recuerda, durante sus primeros segundos, a destellos de Phoenix, jugando con la voz y los instrumentos en una sucesión casi enumerada de versos y deseo: ¿qué hago con las ganas de besarte?

Septiembre, por su parte, es un tema bellísimo y un paseo emocional hacia dentro, que retrotrae a ritmos presentes en álbumes anteriores, quizá ya insinuados en Buenos Días (2011). Juntas cierran el disco con coherencia y personalidad, no sin antes hacer una última parada en una cover preciosa de Quiero tener tu presencia, uno de los temas más míticos de Seguridad Social, sin más afán que terminar por lo alto este recorrido por los senderos mäbuenses.

En su apartado visual, ä – El sonido de una Tierra escondida se confirma como el disco terrenal que es.

Portada y videoclips se alinean con mimo, proponiendo una ruptura clara con Un año después y alejándose de los contrastes y los colores cálidos de aquella etapa. Esta vez, MäBU nos propone una estética naturalista y descriptiva —las alusiones a las canciones en la portada del álbum son de sobresaliente—, sin renunciar a elementos como el movimiento o los primeros planos, siempre protagonistas de una música que también se mira.

Analizado el disco, ahora toca llevarlo al directo y llenar las salas. Salamanca será la primera parada de un tour que pasará por A Coruña, Bilbao, Madrid o Sevilla; todas las fechas están disponibles aquí. Yo, mientras tanto, cruzo los dedos para que se dejen caer por València.

La fiesta se va apagando. En un contexto donde todo sucede demasiado rápido y engullimos música sin saber muy bien qué hacer con ella después, se agradece seguir encontrando refugios que sanen y reparen.


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