«Los Tortuga», de Belén Funes

Nunca escribo sobre lo que no me gusta.

Por eso jamás podría ser una crítica de cine reconocida y laureada: a la mayoría de críticos de cine no suele gustarles nada de aquello sobre lo que escriben.

Yo no siempre escribo sobre lo que me gusta, pero sí escribo siempre sobre lo que me conmueve.

Antes de llegar a esa conmoción, sin embargo, hay tres razones principales —en realidad, más— por las que me acerco a ella.

La primera, porque La hija de un ladrón (2019), ópera prima de Belén, me pareció extraordinaria. Ella, por cierto, se alzó entonces con el Goya a la Mejor Dirección Novel.

La segunda, porque para aquella conversación preciosa con Mamen Camacho necesitaba ir bien documentada, y sabía que este era uno de los proyectos más importantes de su vida.

Y la tercera, porque estoy saturada de psicópatas con traumas, asesinos en serie y de la exaltación constante de la violencia en el audiovisual. Puro cansancio.

Así que, con todo esto y el plan infalible que siempre es sofá y mantita, me adentré en una historia que podría etiquetarse como cine social, pero que, honestamente, no necesita definiciones académicas para estrujarte el corazoncito.

Yo también fui Anabel e hice todo lo posible por estudiar Comunicación Audiovisual. Por eso empezaré esta reseña como empiezan los guiones que sigo guardando en el cajón.

Los Tortuga se adentra en la historia íntima de Anabel —un descubrimiento precioso el de Elvira Lara— y Delia —interpretada por una excelente Antonia Zegers—, madre e hija atravesadas por el duelo tras la pérdida de Julián, padre y pareja. A su alrededor, la precariedad laboral y la especulación inmobiliaria —de rigurosa actualidad— acechan un momento vital ya de por sí frágil.

De fondo, la raíz y la familia. La vida continúa en un pueblecito de Jaén, donde el duelo se filtra de forma especialmente nítida a través de Inés, el personaje de Mamen Camacho: hermana de Julián, tía de Anabel y cuñada de Delia. Sostén emocional.

A partir de ahí, la película despliega una amalgama de sensaciones construida sobre una estructura narrativa dividida en diferentes partes, capaz de situarte en el centro de la historia desde el primer frame.

Uno de los grandes aciertos es, precisamente, la decisión de articular el relato a partir del contraste. Toda la primera parte de Los Tortuga transcurre en el campo de olivos de la familia, en pleno momento de recogida de la aceituna, una práctica que para cualquier jiennense es casi un ritual.

La tradición y el arraigo, tan presentes en el desarrollo de la película, se construyen a través de planos cortos apenas interrumpidos por el sonido directo del campo y del esfuerzo físico, diálogos escasos y contraluces que van presentando a los personajes. No hace falta mucho más: ya sabemos que lo importante estará en lo que no se dice.

Anabel, cerca de la familia y lejos de la Barcelona voraz, empieza a revelar lo pedazo de actriz que es Elvira Lara —cruzo los dedos para que se lleve el Goya a Mejor Actriz Revelación— y lo fácil que resulta identificarse con ella. También aparece desde el inicio la mirada íntima de Belén Funes a la hora de filmar, una marca de la casa que confirma por qué es hoy una de las directoras más interesantes del país.

Situada en el contexto de un verano que termina, Delia, en constante huida hacia adelante, recoge a Anabel del pueblo y ambas regresan a la vida en Barcelona. Es aquí donde el contraste se hace evidente: interiores cotidianos, exteriores nocturnos y planos más abiertos conviven sin perder ni una pizca de la cercanía emocional que la cámara persigue durante todo el metraje.

Anabel se estrena en una adultez marcada por las primeras experiencias universitarias —tan reales esos rodajes de guerrilla—, las fiestas interminables y la supervivencia dentro de su nueva familia monoparental. Delia, por su parte, subsiste al volante de su taxi entre turnos de noche, cenas a deshoras y áreas de servicio: la madre coraje.

Juntas, se aferran y se separan a partes iguales a través del dolor. Una calma tensa que ambas actrices, en convivencia absoluta con sus personajes, transmiten casi sin palabras, solo con la mirada. Una radiografía precisa de cómo una magnífica dirección de actores y el compromiso con el texto atraviesan la pantalla y llegan a quien mira.

El duelo, por tanto, es físico: se percibe en la forma de moverse, de hablar o, simplemente, de estar. Pero también funciona como leitmotiv y como metáfora. Madre e hija se enzarzan desde el principio en una batalla silenciosa y minuciosa por sobrevivir. El guion podría haberse escrito desde el enfrentamiento explícito o el reproche verbal; sin embargo, Belén Funes elige la ausencia y el silencio para convertirlos en motor de la evolución de sus personajes, siempre desde el gesto mínimo.

Eso sí, hay una secuencia de ambas en el coche que es pura dinamita: ahí, los dos tipos de duelo chocan de frente y ponen sobre la mesa las consecuencias de un relato social que ha estado latiendo durante todo el film.

Aquí, la especulación inmobiliaria, la gentrificación y un sistema irreparable, se erigen como los antagonistas perfectos del relato, en un contexto cada vez más hostil: toda la rabia que ambas arrastran se va desintegrando en partículas a medida que el contador avanza. Una violencia silenciosa que se narra desde la resignación, pero también desde la lucha por no renunciar a algo tan básico y justo como tener un techo bajo el que vivir.

Los Tortuga es una película de Belén Funes.
Fuente imagen: www.rtve.es

No quiero cerrar esta reseña sin detenerme en un par de momentos imprescindibles.

El primero es, quizá, la secuencia más bella de toda la película: un plano fijo que reúne a Inés y Delia en una habitación de la casa del pueblo. Aquí el cine se vuelve teatro y todo se sostiene en el diálogo y en los silencios. La cámara observa, se convierte en espectadora de la vida y, en particular, del duelo.

Podría haberse optado por un montaje más vertiginoso —plano/contraplano, escorzos, movimiento—, pero no hace falta. Basta con tener a dos pedazo de actrices —ojalá también el Goya a Mejor Actriz Protagonista para Antonia Zegers— sosteniendo la escena con una verdad desarmante.

Y no quiero dejar de mencionar a Mamen Camacho que, además de ser una de las personas más bonitas que me he cruzado en el camino, en Los Tortuga se reencuentra con una raíz tan suya como su forma de mirar. Y esto es algo que, honestamente, me pone muy feliz.

Tomando esta secuencia como referencia, me voy prácticamente al final de la película y, sin intención de desgranar nada, me tomo la libertad de sentarme a brindar con ellas. Es casi simbólico que las diferentes generaciones de esa familia —todas mujeres— se reúnan alrededor de la mesa sin más pretensiones que la de seguir: juntas y valientes. A todas se les fue El Julián, pero el mundo sigue girando en su recuerdo.

Les llamaban “tortuga” a los inmigrantes que salían del pueblo con la maleta a cuestas, como metáfora del caparazón, rumbo a la ciudad en busca de una vida mejor. Una última capa para un relato candente y profundamente actual, contado desde la intimidad y la mirada de una directora y un elenco que han sabido construir una historia que pide al espectador poner todos los sentidos a su servicio.

Los Tortuga, de Belén Funes, está disponible en Movistar+.


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