«El nudo gordiano», de Johnna Adams

Yo siempre he sido una niña muy fácil de llevar. 100% unproblematic y, en general, bastante comprometida con las injusticias escolares. Con todo lo que importa cuando tienes doce o trece años.

¿Qué nos obligaban a ponernos el chándal del cole para ir de excursión? Queja.
¿Qué cambiaban las 214 libretas grandes y pesadas de cada asignatura por un cómodo carpesano fácil de transportar? Manifestación.
¿Qué castigaban al malote de la clase por hacer bullying a un chaval inocente con brackets? Yo: huelga de hambre por el bully de familia desestructurada y por el chaval de los brackets, que bastante tenía ya con llevar esos hierros en los dientes.

El problema era que, como estaba un poco en medio del rebaño y me llevaba bien con todo el mundo, no era capaz de armar un juicio lógico sobre lo que era justo y lo que no.

Quizá me exigía demasiado para tener trece años, pero el caso es que me pasé toda la adolescencia intentando entender por qué el sistema (educativo, social, estructural) era tan duro con los malos y con los buenos, y por qué nadie hacía nada ni por el chaval de los brackets ni por el acosador, que claramente estaba pidiendo ayuda a través de sus actos despiadados.

Ahora, que escribo esto y tengo muy reciente la experiencia —dramática y catártica— de ver El nudo gordiano en el Teatro Español, me replanteo si el sistema es el culpable, o si la culpa es de quien ha creado el sistema o de quienes formamos el sistema y nos mantenemos callados y cómodos ante él.

La realidad es que no tengo ni idea de cómo lo voy a hacer, pero allá voy.

Antes de empezar, contexto.

El nudo gordiano, texto de Johnna Adams, lo adapta Paula Paz y lo dirige Israel Elejalde, en una producción de Teatro Kamikaze y Teatro Español. Detrás hay un equipo de ayudantía de dirección con Rocío Peláez; escenografía de Mónica Borromello; iluminación de Paloma Parra; vestuario de Sandra Espinosa y sonido de Sandra Vicente.

En escena, Eva Rufo en el papel de Heather y María Morales en el de Corryn. Profesora y madre plantean un conflicto en el aula que nos mantiene durante ochenta minutos sin respiración. Por buscar un símil actual —y si se me permiten las distancias, que una tiene que llegar a todos los públicos—: Bad Bunny en la final de la Super Bowl. Resistencia y personalidad sobre el escenario.

Ya se sabe que yo con Eva soy cero objetiva, porque a mí me gusta todo lo que hace. De hecho, este blog no se llama puntoDrufo porque puntoDgiro me parecía un poco más literario, pero podría llamarse así perfectamente.

A María es la primera vez que la veo en escena, y espero que no sea la última. Tremendo viaje.

puntoDrufomorales suena bastante bien, la verdad.

Si tecleas en Google El nudo gordiano, lo primero que aparece es un resultado generado por IA explicando la leyenda que da nombre a la obra y su posterior conversión en metáfora. Estará presente en algún momento del montaje en la voz de Corryn: ¿cortar o deshacer el nudo?

Sin embargo, si afinas la búsqueda y añades El nudo gordiano de Johnna Adams, empiezan a aparecer críticas, una detrás de otra, porque cuando algo es tan bueno, dan ganas de hablar de ello.

Es inevitable entonces leer unas cuantas reseñas y preguntarte qué puedes aportar tú de distinto y que, además, tenga cierto valor. Un ejercicio que cuesta mogollón, por cierto.

Pero como el texto tiene tantos vértices desde los que construir un relato propio (el educativo, el sociológico, el histórico, el mitológico, el simbólico…), me parece interesante abordarlo desde una perspectiva que no sé si es original, pero sí es la que a mí me ha removido de inicio a fin: el oficio de hacer teatro.

Casi como si estuviésemos a punto de ver un capítulo de nuestra serie favorita, Heather entra en escena y se sienta en su mesa, al frente del aula. Un decorado cálido que no llega a ser infantil, pero que reúne todos los elementos propios de una mañana cualquiera en el colegio.

El uso de los tonos madera y azul —que contrastan con los colores vivos de algunos dibujos repartidos por la escenografía y con la frialdad de la pizarra, sobre la que descansan rótulos con nombres de dioses y fechas— es clave para que, durante la obra —sobre todo en los silencios, perfectamente colocados—, destenses un poco los músculos y no te olvides de que sigues estando en lo que, en teoría, es un espacio seguro y no en un tribunal penal intentando encontrar al culpable.

Pura inmersión escenográfica.
Primera manifestación del oficio teatral: el espacio que envuelve.

Luces bajas, música y nuestros ojos se van directos al rótulo iluminado en rojo: El nudo gordiano.

Adiós, inocencia infantil.

Hola, revés dramático en la cara. Esto empieza.

Eva Rufo es Heather en El nudo gordiano. Imagen de Javier Naval.
Fuente imagen: https://www.teatroespanol.es/el-nudo-gordiano

El hecho sucede en Estados Unidos, y es importante decirlo porque, si el texto estuviese contextualizado en otro país, en otro ambiente, creo que sería muy distinto en forma y tono. De ahí que el trabajo de adaptación de Paula Paz se eleve.

La carga dialéctica entre Heather y Corryn durante toda la función es tan alta que, si no pones todos los sentidos al límite, resulta muy difícil sumergirte en el conflicto. Es más, te pasarías todo el “metraje” opinando mentalmente sobre lo que sucede, en lugar de entrar en la acción.

Pero claro: cuando tienes a dos actrices al frente como Eva Rufo y María Morales, tu opinión deja de importar, porque todo ocurre sobre el escenario. Lo que ellas hacen es un auténtico tour de force —término que me enseñó Eduardo Mayo cuando charlé con él y que yo he incorporado a mi vocabulario con bastante alegría.

Tiene mucho que ver con cómo están dirigidas —claro está; después entraré en eso—. Pero me parece tan complicado mantener la intensidad de un texto absolutamente dramático de principio a fin que es justo, necesario y casi vital reivindicar cómo la interpretación, cuando está perfectamente integrada en el ser de la propia actriz, trasciende.

Lo que ellas plantean a través de sus personajes son dos posturas más cercanas de lo que parecen al principio: una batalla por la responsabilidad en la muerte de Gideon, el hijo de Corryn y alumno de Heather, que ha decidido quitarse la vida con once años.

A mí, personalmente, me da igual. No me planteo si Heather pudo evitarlo o si Corryn no fue capaz de ver lo que su hijo pretendía hacer, porque ellas están en el escenario dando una lección sobre educación, vocación, maternidad, contexto social e infancia —entre muchas otras aristas— en la que importa bien poco la responsabilidad.

Solo quiero seguir viéndolas en su batalla conjunta, en su lucha personal por entender qué ocurrió sin caer en la moralina: la infancia es la pérdida de la inocencia, creo que dice Corryn en un momento. Directo al pecho.

Así, la propuesta interpretativa de ambas intuyo que nace del cuidado y el respeto que se tienen la una a la otra; también de la experiencia en las tablas y de la minuciosidad con la que enarbolan un discurso muy afilado —a ratos incluso gore: el relato que escribe Gideon, arma arrojadiza del conflicto, te revuelve en la butaca—, irónico y hasta cómico en algunas ocasiones (yo, de hecho, me reí varias veces, disociada viva).

En los silencios.
En las miradas.
En las pausas.

Dejas de ver a Eva y a María para ver a Heather y Corryn.
Pero, al mismo tiempo, todo el rato ves a Eva y a María porque se funden en sus propuestas.

María Morales es Corryn en El nudo gordiano. Imagen de Javier Naval.
Fuente imagen: https://www.teatroespanol.es/el-nudo-gordiano

Preparándome mental y creativamente para ver la obra, me crucé con un pequeño corte de una entrevista a Israel Elejalde sobre su manera de dirigir. Decía que, ante todo, él es actor, pero que cuando le toca ponerse al frente de la dirección se permite disfrutar del proceso, incluso más que cuando actúa.

Ese es, precisamente, otro de los ejes que se perciben desde el primer segundo.

Lo más interesante de la propuesta de Elejalde en El nudo gordiano es lo que no se verbaliza. Hay momentos de la función en los que la dirección escénica se hace visible sin subrayarse. Por mencionar algunos: pasajes en los que el diseño de iluminación abandona el neón reconocible del aula para tensar el clima dramático; transiciones en las que la salida de una actriz no vacía la escena porque la otra sostiene la pulsión del conflicto desde la quietud.

Ahí aparece el verdadero pulso de la dirección: en la gestión del ritmo, en la escucha entre intérpretes, en la confianza para no explicar de más lo que el texto ya contiene. Una dirección de trazo fino que entiende que, en teatro, muchas veces lo más contundente es precisamente lo que se decide no enfatizar.

Oficio, también, en la mirada que ordena todo lo demás. Y, de paso, en algo que a menudo pasa desapercibido: la importancia de contar con una buena partner in crime —ayudantía de dirección para los amigos— que aterrice el vértigo creativo cuando hace falta.

El nudo gordiano es un texto de Johnna Adams, dirigido por Israel Elejalde.
Imagen de Javier Naval. Fuente imagen: https://www.teatroespanol.es/el-nudo-gordiano

Antes de cerrar, dos apuntes que completan el engranaje escénico.

El vestuario apuesta por la sencillez funcional sin renunciar a la caracterización: Heather, sobria y contenida en la gama de azules —en sintonía con el aula—; Corryn, más cercana en lo cromático y en la textura a los tonos tierra, sosteniendo la compostura pese al duelo que la atraviesa. Hubiese sido fácil vestirla de negro riguroso, pero Gideon era su pequeño poeta (particular, pero poeta al fin y al cabo). Decisiones aparentemente discretas que, sin embargo, afinan la lectura de los personajes.

Y el diseño sonoro —especialmente en el tramo final— termina de romper el dique emocional: el estallido de golpes, objetos que se precipitan y la irrupción musical a toda potencia acompañan el pequeño cisma escenográfico que precede al rótulo de cierre. No es solo un golpe de efecto; es la materialización física de una tensión que llevaba ochenta minutos acumulándose.

Y, muy especialmente, de sentir unas ganas irrefrenables de invitar a un viaje a Eva Rufo y a María Morales (si se suma el resto del equipo, lo dejamos en cerveza o refrigerio, que el presupuesto tampoco da para más) a parar un momento cuando bajen el telón definitivamente y, ya con distancia, poder digerir la barbaridad escénica que sostienen función tras función.

El nudo gordiano permanece en el Teatro Español de Madrid hasta el 22 de marzo.


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