Este es, sin duda, el título más friki que le he puesto a una entrevista hasta el momento.
Lo que he hecho es una pequeña alteración de la canción de Love of Lesbian (poco hablo de ellos para ser mi banda favorita de la historia), que se titula Si tú me dices Ben, yo digo Affleck. La protagonista del videoclip de este tema es la misma que, a continuación, va a copar estas líneas. Es fuerte, si me preguntas.
Durante la conversación no le menciono nada sobre esto —una se guarda sus cartas creativas—, pero adelanto que mi intuición no falla. Tenía muchas ganas (y desde hace tiempo) de compartir este ratito con ella y, de paso, se me ha desbloqueado la necesidad de bailar juntas la canción de los lesbianos o tomarnos un prosecco, un Aperol o un vermut al sol (o un agua, que tampoco quiero yo contribuir a la ingesta de bebidas espirituosas). Quién sabe…
Beatriz Arjona es actriz. Sevillana de nacimiento, podríamos decir madrileña de adopción e italiana de pasión —lo de la pasión lo afirmo yo, porque hablaremos de Italia por razones que en breve comprenderás—, pero me queda claro que le gusta descubrir el mundo, tanto el terrenal como el artístico, desde la curiosidad genuina.
Su vinculación con el arte empieza de niña, a través del flamenco, aunque es su hermano —que hoy es bailarín de danza contemporánea— el primero que cae rendido a los pies del teatro. Lejos de quedarse atrás, ella empieza a macerar un caldo creativo propio que la empuja a explorar las artes escénicas sin abandonar otras inquietudes, como la fotografía. Hace las pruebas para entrar en la ESAD de Sevilla y, tras licenciarse en Arte Dramático, se marcha a Madrid para continuar formándose y probar suerte en la capital.
Allí comienzan sus primeras incursiones en el audiovisual, especialmente en el cortometraje —es de las pocas actrices que conozco que sigue haciéndolos a día de hoy, y esto me encanta—, antes de dar el salto al largometraje sin abandonar nunca las tablas.
En 2013, tras su participación en Casting, de Jorge Naranjo, recibe la Biznaga de Plata a Mejor Actriz de Reparto en el Festival de Málaga. A partir de ahí, su recorrido suma títulos como A quién te llevarías a una isla desierta, de Jota Linares, o trabajos más recientes como Solos en la noche, de Guillermo Rojas, y Fin de fiesta, de Elena Manrique. En televisión, también ha dejado huella en ficciones como Las chicas del cable, El Ministerio del Tiempo, Ana Tramel. El juego o Amar es para siempre, entre otras.
Algo me imaginaba, pero ella me lo confirma: en su carrera, ya consolidada, la entrega sigue intacta. Lo que ella llama el “pico y pala”.
Si como espectadora es complicado identificar la meritocracia en el mundo de la interpretación, hacerlo desde dentro debe de ser incluso delirante; sin embargo, la mirada de Beatriz sobre su trabajo empieza a fascinarme: hay vocación y una forma muy consciente de convertir la pasión en oficio.
En este punto ya tenemos todo lo necesario para construir juntas esta pieza. Ella lo hace súper sencillo y yo ya estoy dentrísimo.
Ahora sí: pasamos a la acción.

Fotografía: Julio Vergne (@ljuliovergne) – Fuente imagen: Kuranda
Empezar a amasar la charla por el presente me parece la mejor opción. Quiero que esta conversación nos quede bien al dente, y Beatriz Arjona nos va a dar todos los ingredientes que necesitamos. Como una buena pasta italiana hecha por una nonna.
No es que me haya dado ahora por abrir un blog de recetas, pero la metáfora viene al pelo para hablar de Buen Camino, la película más taquillera de la historia de Italia. Sí, más que la última de Avatar, más que cualquier movida de Marvel… y con un éxito que ni los grandes blockbusters consiguen: salas llenas desde el mismo día de su estreno —todo un 25 de diciembre—, público repitiendo, y hasta cines pequeños que estaban a punto de cerrar volviendo a latir gracias a ella.
Detrás de este hito hay un equipo completo, pero, por poner algún nombre sobre la mesa, destaca el de Luca Medici: actor, músico y cómico. La mente tras la máscara de Checco Zalone —su nombre artístico— y uno de los rostros más reconocidos de la comedia en Italia.
En medio de toda esta locura que parla italiano, Beatriz no solo cumple el sueño de participar en una producción de un país al que ama, sino que le ha dado ese bocado artístico que solo llega tras mucho tiempo proyectando y trabajando.
Antes de entrar a entender las claves del éxito de Buen Camino, quiero saber cómo Bea se convierte en Alma:
El papel me llegó de una manera bastante curiosa. Estaban buscando una actriz española que hablara italiano, y justo coincidió que yo estaba en París, unos días de vacaciones, visitando a una amiga.
La película se desarrolla en el Camino Francés —uno de los itinerarios del Camino de Santiago— y, durante el proceso de elección de mi personaje, me encontré casualmente con peregrinos. También era la primera vez que hacía una prueba en italiano, y pensé: “Por fin ha llegado, después de tanto tiempo proyectándolo, qué bien”. Así que todo parecía conectado, como si la vida dijera: “Esto está para ti”.
¿Y en medio de ese cúmulo de casualidades sentiste que esta vez sí podía pasar?
Para nada pensaba que me lo darían. Empezaron con un primer contacto y, posteriormente, me invitaron a ir a Roma para seguir con el proceso. Justamente coincidió que en medio de todo fue el apagón y no pude volar. Dije: “Bueno, hasta aquí llegó mi aventura italiana”. Pero finalmente estaban interesados: me conocieron, me probaron un poco y, cuando dijeron: “Sí, esto va adelante”, supe que todo se había concretado.
Aunque en un ratito nos adentraremos de lleno en sus procesos creativos y de construcción de personajes, no quiero dejar pasar la oportunidad de preguntarle por las diferencias entre rodar en Italia y en España.
¿Nos unen más cosas de las que nos separan?
Somos muy parecidos. El rodaje fue muy duro, muy crudo, porque era una road movie: todo en la calle, todo muy intenso, y hubo momentos de decir “ay, Dios”. Pero, a la hora de trabajar, de enfrentarnos a los personajes y construirlos, no he visto grandes diferencias.
Luego, en los tonos y las ironías, sí aparecen matices distintos. Mi personaje se pasa la película tomando el pelo a Checco. Ahí buscamos mucho la ironía de Alma. A veces yo tiraba hacia una ironía más española y quizá la italiana se percibía diferente, pero, en esencia, somos bastante similares.
Buen Camino se mueve en ese territorio que parece ligero, pero aprieta donde importa. La comedia, sí, pero también, y como dice Bea, ese pellizquito. Dirigida por Gennaro Nunziante, la historia habla del autodescubrimiento, de la forma en que nos miramos por dentro y de esa relación padre-hija que se reconfigura cuando la vida empieza a ir más rápido de lo previsto, con el Camino de Santiago como telón de fondo.
La curiosidad es que, si bien la película tiene alma italiana, se ha rodado en España. Lo que ella no esperaba, desde luego, era que el fenómeno creciera a este nivel:
Como dicen en italiano, es “pazzesco” —loco, increíble, genial—, algo que no me esperaba. Creo que ha funcionado tanto porque la película conecta a través de la risa: hace una caricatura del italiano medio, mezclando crítica y humor, algo muy de allí en ese sentido. Pero también emociona a través de sentimientos universales como la amistad y lo colectivo. Al final, toca muchos temas que, ahora mismo, creo que como mundo necesitamos.
Después es curioso cómo surge todo: llevo años trabajando en España y, de repente, esto ocurre en Italia, un país que adoro, con la película en italiano pero rodada aquí. No hay fórmulas, simplemente sucede. Pero, de verdad, no era consciente del nivel de éxito que ha tenido.
Una de mis máximas a la hora de plantear entrevistas es que, de base, la persona que está al otro lado me interese de verdad.
No me escondo: llevo años bicheando la carrera de Beatriz y siendo testigo de un éxito que no solo se ha materializado en Italia, sino también en nuestro país, con reconocimientos recientes como el Premio a Mejor Interpretación Femenina Protagonista en los Premios Carmen por Fin de fiesta o el Premio a Mejor Interpretación Femenina en los Premios del Cine Andaluz ASECAN por Solos en la noche.
Galardones que empujan, claro, pero que en su caso no parecen capaces de despistar a la hormiguita hecha actriz. Porque si algo me intriga de verdad, más allá de la foto del premio y del titular fácil, es cómo se convive con todo esto cuando llevas años sosteniendo la carrera desde el compás del pico y pala.
Lo normalizo y naturalizo porque estoy acostumbrada a terminar un trabajo sin saber cuál será el siguiente. En nuestra profesión, todo es inmediato: un boom hoy y, al día siguiente, ya se ha olvidado. A mí, incluso con proyectos más pequeños, siempre me ha salido natural mantener los pies en la tierra y no quedarme colgada. El fenómeno de ‘Buen Camino‘, aunque pueda abrir nuevas puertas, no cambia mi día a día.
Siempre defiendes que tu cuna ha sido el teatro, pero también el cine independiente:
Sí, y creo que por eso sigo siendo la hormiguita del “pico y pala”, que es lo que me representa desde el principio. No hay varita mágica que te lance al séptimo cielo; todo es trabajo constante. Estoy conectada con la tierra y disfruto de estos momentos, porque creo que hay que saborearlos cuando llegan, como regalos de la profesión. Sobre todo, porque he cumplido un sueño: trabajar en un país del que estoy enamorada. Eso sí me provoca un “guau”, pero luego vuelvo a lo mío y sigo con el día a día.
Sigo siendo la hormiguita del “pico y pala”, que es lo que me representa desde el principio. No hay varita mágica que te lance al séptimo cielo; todo es trabajo constante.
Si no estás muy familiarizado con el universo actoral, es fácil caer en la tentación de pensar que una actriz se consagra por ciencia infusa, como si la interpretación fuese un ente al que aferrarse cuando otras carreras o labores no te llenan. La realidad, sin embargo, es muy distinta.
En su caso, varios caminos se fueron cruzando hasta convertirla en lo que es hoy.
Por un lado, unos padres que, aunque no estaban vinculados al mundo artístico, siempre animaron a sus hijos a canalizar sus energías a través de él. Por otro, su tío José, que eligió la filología y la docencia como carrera estable, pero que sembró en ella la pasión por el arte a través de la música y el teatro.
Y, como suele ocurrir, también estuvo la amiga (y si no, la amiga seguro que hubiese sido ella) que te convence de dar el primer paso: en su caso, presentarse a las pruebas de Arte Dramático y lanzarse a probar suerte.
Yo empecé con flamenco y mi hermano con teatro, pero el teatro siempre estuvo presente en mi vida. Observaba sus clases y pensaba: “Yo quiero estar ahí”. Me encantaba bailar, pero el teatro me picaba la curiosidad. Montaba coreografías para cumpleaños y organizaba pequeñas funciones; más tarde, me metí en la compañía del instituto y, poco a poco, el teatro se convirtió en parte de mí.
Al terminar el bachillerato dudé: me apasionaba la Historia del Arte —algo que todavía me gustaría estudiar— y la fotografía artística, que luego retomé. Pensaba en venirme a Madrid, pero no lo tenía claro. Fue una amiga la que me dijo: “¿Y si nos presentamos a las pruebas de Arte Dramático?”. Lo vivimos casi como algo natural: nos preparamos durante un año, y más que una decisión racional, yo ya lo llevaba dentro. No era “quiero intentar esto”, era “quiero ser esto”.
De Sevilla al mundo, Beatriz lleva siempre su raíz andaluza por bandera. Tiene esas vibras que la acompañan y le permiten mantenerse conectada a su tierra, incluso cuando interpreta historias que se desarrollan lejos de ella. Su decisión de continuar sus estudios en la capital respondió a la necesidad de seguir formándose y forjar su propia trayectoria, en un camino que nunca ha dejado de estar vinculado al audiovisual y a la escena andaluces.
Hasta hace poco, esta industria no era muy amiga de la diversidad de acentos e idiomas; hoy, sin embargo, la autenticidad y la riqueza de matices son cada vez más valoradas, y Bea lo ha sabido integrar a la perfección en su camino profesional, sin renunciar a su identidad:
Al principio noté un cambio cuando me vine a Madrid; tuve que trabajar y neutralizar mi acento para poder optar a más personajes. Nunca lo vi como algo negativo, sino como una oportunidad. Ahora me alegra mucho que se escuchen acentos andaluces, gallegos, canarios… aporta verdad y musicalidad a los personajes.
He tenido la suerte de poder seguir trabajando en Andalucía con mi acento, y también me gusta adaptarme cuando hace falta. Creo que el cine y la televisión han ganado muchísimo con esta diversidad lingüística, y para mí es una decisión personal: mi acento es andaluz, vivo en Madrid, y puedo moverme entre ambos sin problema.

Fotografía de Curro Medina (@curro.medina) – Fuente imagen Kuranda
Con esa convicción y en este punto de la conversación llega el momento de hablar de teatro.
Le confieso una de mis espinitas: no haber visto Otra vida, la obra escrita y dirigida por Oriol Tarrasón (en esta casa se le venera), que se estrenó en 2022 y giró por buena parte de la España postpandemia. Nunca llegó a València ciudad y yo me quedé con todas las ganas de adentrarme en esa historia que se preguntaba cómo se mira la vida desde la perspectiva de quien, supuestamente, ya lo ha vivido casi todo.
En ese proyecto, Beatriz compartía tablas con intérpretes de la talla de Beatriz Carvajal, Juan Gea, Jesús Castejón o, posteriormente, Juan Fernández.
Pedirle que escoja entre el teatro y el audiovisual sería forzar una frontera que quizá no existe; pero si el teatro le recorrió las venas casi desde el principio, me intriga saber qué espacio habita ahora en ella.
El teatro ha sido siempre un refugio y un motor: un lugar donde desahogarme, canalizar frustraciones y, al mismo tiempo, aprender y crecer como actriz. Cuando estoy triste, me transforma, me mueve por dentro; siento una conexión brutal. Y cuando paso mucho tiempo sin hacerlo —que a veces ocurre—, noto que me falta algo, como una especie de vacío.
Si tuviéramos que trazar el mapa artístico de Beatriz sobre las tablas, aparecería un recorrido especialmente amplio: desde textos clásicos como El avaro, de Molière, hasta propuestas contemporáneas como Ejercicios de violencia para abejas, de Abel Zamora; o piezas convertidas en auténticos artefactos de alto voltaje escénico, como Las dependientas, con dramaturgia de Julio León Rocha y dirección de Fran Pérez Román.
Una cartelera personal nutrida que, además de permitirle cambios de registro y explorar mundos muy distintos entre sí, comparte un mismo denominador común: la fugacidad.
Porque si el teatro es mágico, también tiene ese punto efímero que lo hace tan especial:
Es una mezcla muy potente, una sensación que engancha muchísimo. Hay algo del vivo, del directo, de escuchar la reacción del público, de sentir a tu compañero ahí, respirando contigo, que te activa de una manera absoluta. El día que estás más dormida o más baja de energía, el teatro te espabila. Porque puede pasar cualquier cosa, para bien o para mal. Y eso te coloca en un estado de alerta maravilloso.
Has participado tanto en montajes íntimos como en propuestas marcadamente corales. ¿Cómo condiciona tu trabajo la relación con el resto del elenco?
A mí lo que me ha enseñado el teatro, es precisamente eso: trabajar en equipo. Con el escenógrafo, con el director, con el técnico de luces, con los compañeros y compañeras, con el atrezzo… Hay algo en lo que todo tiene que encajar; no funciona una cosa sin la otra. Siento que en el teatro hay algo más artesanal que eleva lo colectivo.
Lo comentaba en la charla fantástica que me regaló Mamen Camacho y ahora lo comparto con Beatriz: creo que, si yo tuviese que enfrentarme a tantas despedidas a la vez —las que llegan cuando los proyectos concluyen—, no sé cómo encajarían en mi forma de ser.
Aunque para ella al principio era algo doloroso, con los años ha aprendido a convivir con ello y a percibirlo también como la puerta a nuevos comienzos:
Al principio lo pasaba mal, porque se quedaban en el camino muchos recuerdos y sensaciones. Pero aprendes a aceptar que esto es así y a aprovechar el momento sin protegerte por miedo a la despedida.
Creo que también es bonito seguir avanzando. Lo que llega es nuevo —y a mí la novedad me encanta—: trabajar con nuevos compañeros, reencontrarte con antiguos… Es difícil acostumbrarse al adiós continuo, pero forma parte de la profesión y lo bonito es que de repente es como si tuvieras muchas familias repartidas por el mundo.
El teatro ha sido siempre un refugio y un motor: un lugar donde desahogarme, canalizar frustraciones y, al mismo tiempo, aprender y crecer como actriz.

Fotografía de Muri Buhugas, Miguel Jiménez, Florentino Yamuza. Fuente imagen: Kuranda
Mientras seguimos hablando, percibo que hay algo que acompaña tanto a la Beatriz actriz como a la Beatriz persona: la curiosidad. Honestamente, no siento que estén tan separadas la una de la otra, pero me permito la licencia literaria. Y también la adrenalina. Todo a la vez.
Una especie de buscavidas emocional y artística, que mantiene vivas sus pulsiones creativas y le permite adentrarse en lo que ya son sus aliadas para siempre: todas y cada una de las personajes a las que ha dado su sello.
Y ahí es donde quiero detenerme, en ese primer acercamiento, en cómo empieza a construirse una vida que todavía no existe:
Lo primero que hago siempre es una primera lectura totalmente limpia, sin nada previo. Voy apuntando incluso intuiciones, porque la intuición, aunque se trabaja y se forma, necesita espacio. Y muchas veces lo que aparece de primeras suele ser bastante acertado.
Después hago una segunda lectura y me planteo qué tan cerca o qué tan lejos está el personaje de mí. Ahí empieza el momento de documentación, que me encanta: el trabajo de mesa, tanto con la directora o el director como contigo misma y con los compañeros. Documentarme me flipa, porque a mí lo que siempre me ha movido es la curiosidad. Creo que es lo que ha hecho que esté aquí y que me mantenga.
Un proceso creativo vivo del que nace lo que ella llama su propia biblioteca emocional y sensorial:
Intento enriquecerme y complementar desde lo que yo llamo mi biblioteca emocional y sensorial: canciones, pintura, una exposición, una obra de teatro, una película, un libro, un poema…Todo eso me ayuda mucho a conectar.
Tengo infinitas carpetas, guardo referencias, me doy ese espacio y me pregunto qué podría tener yo en mi vida que me acerque a ella, y después qué puedo tomar del exterior. Siempre pregunto a los directores y directoras: qué ven, qué me recomiendan, por dónde empezar. A partir de ahí yo les hago propuestas. Es mi parte favorita.
Al principio de la conversación hablábamos de su Alma en Buen camino, ese tipo de personaje calentito de ironía y corazón; pero en el arcón de mujeres a las que Bea ha entregado el suyo conviven épocas, contextos y personalidades muy distintas.
Me interesa detenerme en lo que ocurre por dentro cuando toca ponerse en la piel de alguien completamente alejado de una misma: ¿caes en la tentación de juzgarlas o, precisamente por eso, las abrazas todavía más fuerte?
Intento no juzgarlas. Desde mi punto de vista, ahí está la clave: no juzgar al personaje, vivirlo, y que lo juzgue el público si quiere. Yo intento no salvarla, sino entender por qué hace lo que hace, de dónde viene eso.
Son personajes muy alejados de mí y me permiten hacer cosas que yo no hago en la vida real. Siempre lo digo con esos personajes que tienen una oscuridad potente —porque oscuridad tenemos todos—: ¿qué cosas no me permito yo en la vida que sí puedo hacer a través de un personaje? Uso esa parte sensitiva o emocional que tengo guardada para explorar mi propia oscuridad. Me parece súper divertido.
Ya sea en teatro o en audiovisual, ella insiste en la importancia de equilibrar la fisicidad del personaje con su mundo interno. Y eso me lleva inevitablemente a pensar en cómo cambia —o no— el desarrollo de un arco según el medio.
Si nos centramos en la televisión, Bea ha formado parte de seriones fantásticos como Los años nuevos, Operación Barrio Inglés o Libertad; y de nuevo, la versatilidad por bandera.
Entre risas, comentamos también la saturación de las plataformas y esa proliferación de ficciones “de consumo rápido” que parecen cortadas por el mismo patrón. Pero, más allá de la industria y sus dinámicas, mi curiosidad va por dentro: ¿es muy distinta la relación con un personaje cuando se desarrolla a lo largo de una serie?
Cuando trabajas durante más tiempo, como es en el caso de una diaria como ‘Amar es para siempre‘, puedes adentrarte mucho más y el personaje acaba siendo casi como una amiga, alguien que tienes al lado y con quien entras y sales con naturalidad.
En ‘Operación Barrio inglés, por ejemplo, coincidí con el rodaje de ‘Fin de fiesta‘, así que era saltar de un universo a otro constantemente a través de los años. Pero, más allá de eso, el apego y el trabajo son los mismos. Cuando un personaje tiene desarrollo y arco narrativo a lo largo de toda la historia, la implicación es igual de profunda.


Para ella, por las dinámicas actuales de producción, apenas hay diferencia entre rodar una película y una serie, aunque sigue defendiendo ese valor artesanal que solo tiene el teatro. Pero aquí me interesa hacer un pequeño alto en el camino y detenerme en un territorio que no siempre aparece en las conversaciones con intérpretes: el cortometraje.
Desde que terminó sus estudios y se instaló en Madrid, ha mantenido un vínculo constante con el corto, primero desde lo amateur y después desde lo profesional. Lejos de verlo como el hermano pequeño del cine, enfrentarse a este formato es algo que tiene claro que no quiere soltar.
Yo no puedo decir que no a un cortometraje, principalmente porque ha sido mi escuela. Al venir a Madrid, como no tenía red de contactos, empecé a ir a festivales, a moverme con gente de la ECAM, y así fui creando vínculos y poniendo en práctica lo que estaba aprendiendo en el campo audiovisual. De hecho, al venir del teatro era muy expresiva, gesticulaba mucho y en mi primer corto me tuvieron que decir: «Bea, relájate». Lo recuerdo con mucho cariño.
Es curioso que, con una carrera tan visceral, Bea siga sintiendo ganas de entregarse a esas historias breves que condensan tanto en tan poco tiempo:
En el mundo del corto a veces te proponen cosas muy chulas y muy diferentes, que no suelen ofrecerte en televisión o en cine. En mi caso, lo que más valoro es la implicación del creador o la creadora. En un corto casi nunca hay dinero, así que necesito ver compromiso con la historia, con lo que se quiere contar. Si hay implicación, para mí es suficiente. Puede ser algo profundo o puede ser un chiste; lo importante es la verdad y las ganas. Y eso es algo que quiero seguir haciendo.
Otro punto súper bonito al respecto de esta reflexión sobre los cortometrajes, es precisamente, poner en valor la existencia de nuevas voces y talentos que empiezan. La realidad de acercarse a realidades actuales que se canalizan a través del cine:
He sido jurado en festivales de cortometrajes y también con la Academia de Cine Andaluz y la de Madrid, y veo todo lo que puedo, porque el contacto con los creadores y creadoras es súper rico. A mí me interesa muchísimo. Quiero saber cuáles son las nuevas historias, cuál es el lenguaje en el que se mueven y qué quieren contar.
Y aunque como actriz es totalmente lícito —y ojalá suceda— pensar “yo solo quiero trabajar con Sorogoyen o con Coixet”, también creo que puede ser un error cerrarse ahí. Porque no sabes si el Sorogoyen o la Coixet con la que vas a trabajar mañana está ahora mismo rodando un corto.
Uno de los primeros largometrajes en los que participó Beatriz Arjona fue Casting, de Jorge Naranjo, un proyecto muy meta-cine que exploraba cómo los actores se buscan la vida para trabajar. La película, aunque compartía filosofía de trabajo con los cortos por su enfoque comunitario y lenguaje audiovisual, se estrenó en 2013 con gran acogida crítica, especialmente gracias a su paso por el Festival de Málaga.
Una historia pequeña que se fue haciendo grande y que supuso un punto de partida clave para ella, permitiéndole construir una filmografía sólida y trabajar con directores como Jota Linares, Enrique Urbizu o la ya mencionada Elena Manrique, entre muchos otros.
Géneros y texturas diferentes que la mantienen con los pies en la tierra y alimentan ese vértigo que recorre el cuerpo cuando se enciende el piloto y el silencio del rodaje lo llena todo.
Cuando te enfrentas a ese silencio dudas de todo. Pero tienes que aceptar que son las reglas del juego. Con los años voy ganando seguridad y trabajando la confianza en mí, intentando no depositarla toda en el exterior.
Cuando dicen ‘acción’ o das el paso adelante en el escenario, sabes que al final estás haciendo un trabajo para el espectador y en el fondo te pasan las mismas cosas que cuando tenías 18 años y hacías un ejercicio en la escuela de arte dramático: no trabarme, saberme el texto, pensar si te quedarás en blanco… Y luego ese ‘podría haberlo hecho mejor’. Es un dudar constante y brutal de ti y de tu trabajo.
Intento no juzgar a los personajes. Desde mi punto de vista, ahí está la clave: no juzgar al personaje, vivirlo, y que lo juzgue el público si quiere.

Me llama la atención que, pese a todo lo que ya hemos comentado sobre su experiencia en la profesión, siga mostrando esas pequeñas dosis de vulnerabilidad cuando se enfrenta a un nuevo proyecto.
Adivino, entonces, que en esta industria que antes bebía los vientos por la linealidad de la televisión y las salas de cine, y que ahora se ha convertido en una pócima donde conviven algoritmos y espectadores sedientos de relatos rápidos, Bea experimenta una mezcla de emociones encontradas.
Mi visión de la industria es que, evidentemente, todo suma. Ha habido muchísimo trabajo, aunque también con sus rachas y burbujas: momentos muy buenos y otros en los que cuesta más. El hecho de que tantas plataformas tengan sedes aquí ha generado muchísimo trabajo, no solo para actores y actrices, sino para guionistas, directoras y técnicos, y eso me alegra mucho por los compañeros.
Creo que ahora hay más oportunidades, pero también hay que aceptar que no todo depende de ti. Hay muchos factores detrás: decisiones de directores, productores, equipos… Tú das lo máximo, pero no siempre puedes controlarlo. Es un aprendizaje que ayuda a relajarse y valorar cada oportunidad que llega, y aplaudo a quienes apuestan por talento por encima de la popularidad o la notoriedad mediática.
¿Y en ese no todo depende ti estarían las redes sociales?
Sí, hay temas como las redes sociales y los seguidores que están influyendo mucho en los procesos. Yo siempre me he considerado una actriz elegida por el trabajo, no por cuántos followers tenga. Es cierto que en algún momento te preguntas si influye, pero se ha visto que no funciona así: un actor mediático no garantiza que la gente vaya al cine, y apostar por artistas que llevan toda la vida currando también da resultados. Por eso me alegra cuando se apuesta por talento que quizá no es mediático, sino por su capacidad y trayectoria.
Este es un comentario un poco de cuñado y una opinión personal, pero comparto con ella que como espectadora que intenta afinar la mirada y la observación, creo que se nota mucho al actor o la actriz que viene de teatro y al que se ha lanzado directamente al audiovisual, no digo que sea mejor ni peor, pero sí creo que abre la conciencia de forma diferente.
Para ella, que también da clases a nuevas generaciones de actrices y actores, el cambio de su generación a esta y la forma de percibir la profesión, es abismal:
Nosotros veníamos con una conciencia más teatral y luego llegaba lo audiovisual. Ahora, desde pequeños, como tienen móvil, ya vienen con conciencia frente a la cámara, lo que es una pasada. Pero también quieren todo ya: inmediatez absoluta y fracaso inmediato. Muchos se sienten fracasados con apenas 13 o 14 años, al empezar.
Por eso les insisto en que esto es una carrera de fondo: primero aprendes, luego vas avanzando; tenemos toda la vida para construir personajes. En clase intento acompañarles y ser guía cuando se pierden. Cada camino es diferente; algunos han vivido un ‘punch’ temprano y luego nada, y eso también es complejo, pero forma parte del aprendizaje.
En la recta final de esta charla —un flipe absoluto— quiero detenerme en dos territorios que siento suyos: su diálogo con otras artes y ese impulso, cada vez más nítido, de convertirse en narradora de sus propias historias, ya sea desde la escritura, la dirección o en ese cruce preciso entre ambas.
Y aquí asoma también otra cuestión: cómo se convive con la ansiedad creativa. Esa chispa que se enciende al entregarse por completo a la interpretación, pero que no se conforma y reclama otros lenguajes artísticos:
Mi ansiedad creativa, que la tengo, es absolutamente artística. Estudié Bachillerato Artístico y Humanístico, y necesito esa parte: disfruto de una clase de cerámica, de hacer fotografía, de ir a bailar… cosas que me nutren y que no siempre puedo hacer mientras trabajo, pero que me mantienen con ganas de seguir.
La fotografía, por ejemplo, que estudié en analógico y retomé digitalmente, me salvó postpandemia, cuando casi no había trabajo. Cada persona encuentra su manera de estar en el mundo y para mí, la cultura salva.
Todo apunta a que pronto la veremos dar un paso hacia un proyecto más personal, uno que vaya más allá de actuar y le permita expresarse desde su propia mirada.
Me encantaría, pero todavía me tengo que sentar a construirlo. A veces notas dentro de ti ese impulso de crear, de contar algo, y también te das cuenta de que alguien en otro lugar puede estar pensando lo mismo y hacerlo antes. Esto puede hacer que te sabotees, pero también aprendes a aceptarlo, a calmarte y a seguir. Ojalá pronto pueda decir: ‘Aquí estamos con la historia que quiero contar’.
Y ahora sí, para ponerle un broche a este baile vital que nos hemos marcado juntas, llega esa pregunta que siempre me gusta reservar para el final: la que invita a mirarse hacia dentro y, de paso, le da sentido a todo lo compartido. Porque lo que hemos recorrido aquí ha sido un viaje honesto y luminoso, de principio a fin.
Le aseguro que no busco que se defina. Pero no es del todo cierto: en el fondo sí quiero saber cómo se nombra a sí misma. No le doy demasiado margen para pensarlo; me interesa esa respuesta que aparece primero, la que surge sin tiempo de ensayo.
Si tuviera que definirme, diría que Beatriz Arjona es, ante todo, una tía muy curiosa y la curiosidad me ha llevado a muchísimos sitios. Me ha hecho enamorarme del teatro, del cine, de la fotografía, de la pintura… Es mi motor.
Incluso en los momentos más bajos, un libro o un poema me despierta, me hace hacer preguntas, y eso me impulsa a seguir creando y explorando. Creo que es algo que mantengo desde pequeña: esa necesidad de aprender por mí misma, de descubrirlo todo.
Cada persona encuentra su manera de estar en el mundo y para mí, la cultura salva.

Fotografia de Lázaro Cabrera (@_lazaro_cabrera) – Fuente imagen: Kuranda
Del futuro no me cuenta mucho, porque no puede, pero hay una película en ciernes que tendrá como escenario Andalucía. Quizá más pronto que tarde llegue esa historia propia y, ojalá, también el teatro vuelva a llamarla para seguir creando en todos los lenguajes que la habitan.
En los primeros minutos de nuestra conversación le confieso a Bea que justo había visto una entrevista suya reciente en El País y me dio un poco de vértigo. Ella, que ya lleva unas cuantas charlas con periodistas a sus espaldas, me decía con una naturalidad abrumadora que todo tiene cabida. Agradecí mucho ese abrazo virtual.
Mientras le doy forma a este cierre, escucho otra conversación que tuvo hace apenas unos días con Àngels Barceló en Hoy por Hoy, de la SER. Otra gigante.
Y entonces me entra la risa, pero enseguida reacciono: quizá esta pieza podría ser un corto protagonizado por la actriz en movimiento. La que no se conforma. La que abraza las historias que le conmueven de verdad. La que no quiere dejar de bailar.
Voy a subir la música, terminar de remover el Aperol imaginario y ponerle el punto final al relato de Beatriz Arjona, pero con todo el feeling que ella se merece:
Nuestras poses de Bowie solo podrán triunfar.
*La imagen principal es una fotografía de Alejandra Amere.


