Me peleo todos los días con la inmediatez. Y me pregunto si, una semana después, tiene sentido escribir una crónica de un concierto que ya fue. Cuando todo el mundo ha subido sus historias, sus vídeos, sus sensaciones… cuando todo el mundo parece ya estar en otra cosa, entonces llego yo y escribo.
Porque creo que el eco de la música no tiene fecha de caducidad. Y que si algo te eriza la piel, merece quedarse con las herramientas que una tiene a mano. Las mías: las palabras. Este espacio.
Es sábado, 26 de julio. València en verano es calurosa. Pero de ese calor molesto y pegajoso al que no terminas de acostumbrarte aunque hayas nacido aquí. Sin embargo, esta noche es plácida. Corre una ligera brisa —ventajas de vivir en una ciudad con mar— y aunque el estadio ya está lleno, sigue entrando gente. Gente deseosa de arder.
Yo estoy en la grada —¿me estoy haciendo mayor?— y tengo al mejor compañero de vida a mi lado. También tengo mucha sed de directo —literal—, porque nunca bebo en los conciertos. Me parece inoportuno escaparme al baño a mitad de espectáculo. Un sacrilegio, casi.
La hora se acerca y me gusta ese momento en el que se apagan las luces y empieza el siempre misterioso instrumental que abre todo concierto que se precie. Suele ir acompañado de imágenes, pistas visuales que nos anticipan lo que está a punto de suceder.
Siempre me he preguntado qué se sentirá al saber que vas a tocar ante 25.000 almas —dato confirmado por el propio Antonio García, vocalista de Arde Bogotá— dispuestas a entregarse como si no hubiera mañana.
Primero aparece Jota Mercader y se sitúa frente a su batería. Le siguen Dani Sánchez —a un extremo del escenario, guitarra en mano—, Pepe Esteban —con el bajo— y Pedro Quesada —un guitarrista fantástico que se suma a este periplo de gira—. El último en salir es Antonio, con una energía que amenaza con desbordarnos durante las próximas dos horas.
Veneno abre la noche y Antonio empieza a hacer alarde de esa voz tan suya, tan reconocible. Es evidente que es una de las señas de identidad de los de Cartagena, la guinda de un pastel que ha estado el tiempo justo en el horno para deshacerse en la boca.
Porque el ascenso de Arde Bogotá en los últimos años ha sido meteórico, sí, pero aquí no hay lugar para la casualidad.
Desde su primer EP, El tiempo y la actitud (2020), la banda ha ido construyendo una identidad sonora que continuó con La Noche (2021) y terminó de asentarse con Cowboys de la A3 (2023), explorando diferentes estados de ánimo a través de la música: desde lo más oscuro de un golpe seco de batería hasta una guitarra acústica rasgada con mimo. Sus letras, intensas, cuentan historias que identifican a una generación desamparada que busca consuelo en los destellos de un road-trip.Así, Arde Bogotá nace de una escena candente, con un imaginario musical variopinto. No sustituyen a nadie. No se parecen a nadie. Son ellos.
Y toda esa vorágine de sensaciones se traslada a un directo en el que no falta detalle. Hubo tiempo para la nostalgia con temas como Quiero casarme contigo, presente en su primer EP, e himnos que ya hemos hecho nuestros como Qué vida tan dura, con toda la pista saltando a la vez.
La luna roja y el centauro capitanean el poderoso escenario que tienen a sus espaldas. El derroche escenográfico se convierte en un elemento más para hacer florecer el nervio vivo de la música. Y una realización casi cinematográfica para el deleite visual de los miopes como yo: seguimientos de cámara, primeros planos del público entregado, detalles de la guitarras, contraluces imposibles…cine, si me preguntan.
La melancolía y el recuerdo a las víctimas de la DANA —narrado por Antonio y ejemplificado en la historia particular de Félix, que tuvo el aplomo de recuperar la casa de sus padres, anegada por el agua— se apoderan de todos nosotros con Exoplaneta, una de las canciones más bellas que tienen. Volamos directos a “571-/9A”, seguidos por las linternas de los móviles y el susurro bajito de las voces entrecortadas.
Porque el ascenso de Arde Bogotá en los últimos años ha sido meteórico, sí, pero aquí no hay lugar para la casualidad.
Pero no hay tiempo para el respiro: los chicos siguen con lo suyo y rompen el suelo con Torre Picasso y su vaivén de ritmos, de la balada tradicional a la amalgama de riffs que desemboca en el rock clásico y en la sentencia verbal: tengo el alma reventada y arena en el corazón.
Después suena Flores de Venganza, la misma que un rato antes del concierto me atreví a criticar —“no me gusta mucho”—, pero que me cierra la boca en el primer acorde.
Y entonces sucede algo que rompe los esquemas de lo esperado: un octeto de cuerda —violines, violas, violonchelos (supongo, porque a veces me cuesta distinguirlos)— que termina por confirmarnos que estamos ante un espectáculo total. Música en estado puro.
Una canción detrás de otra nos envuelve en una atmósfera perfecta con el vocalista en lo alto, literalmente tocando la luna y a contraluz, una imagen bellísima con banda sonora: Flor de la Mancha con introducción poética incluida, Copilotos y, por supuesto, La Salvación, que estaba dentro de un beso… Dios, que esto no se acabe nunca. Pero se acabará y lo recordaremos.
El caos visual inunda las pantallas situadas en los extremos del escenario. El movimiento se apodera de la imagen, casi como una metáfora de la energía que profesan. Porque —no sé si lo he dicho— Antonio no ha dejado de saltar, a pesar de estar sufriendo en primera persona las garras de la humedad valenciana en su pelo rizado.
¡¡SOLTAD A LOS PERROS PORQUE ME HE ESCAPADO!! Todo es rojo.
Pum-pum-pum. Hola, ¿qué tal, cómo estás? de Antiaéreo. Y entonces, el éxtasis.
Ven a bailar, cariño. Nuestra canción de mierda.
De repente: “Fin”. Y Let’s Get Loud, de Jennifer López, sonando a todo trapo por los altavoces. La típica foto con todo el público de fondo como si se nos viera. El lanzamiento de púas. El cierre que no queremos aceptar.
Siento que hay una parte de mí que se queda en este concierto. Que vibra aún en las gradas, entre los focos, en el eco del escenario. Quiero repetir. Que vuelvan a empezar.
Confirmado: las «putas estrellas» son los Arde Bogotá.



