Con No todo el mundo (2023, Sexto Piso), Marta Jiménez Serrano ha escrito el libro de relatos perfecto.
Perfecto para mí, quiero decir.
Para mi necesidad de saciar, a través de la literatura, una sed muy concreta: leer sobre dos de las cosas que más me gustan en esta vida: el amor y la ciudad.
Sí, ya lo he dicho varias veces en otros artículos de este pequeño fortín mío: soy una orgullosa hija de la urbe. Respiro feliz la polución. Y también soy una romántica confesa, que diría Valeria Castro.
A mí se me critica mucho —mi amiga Carmen, sobre todo— porque me gusta leer sobre amor. Pero a ella le gusta leer sobre asesinos en serie y yo no digo ni mu. Respect.
Aunque, a decir verdad, tampoco sé muy bien de dónde viene mi fascinación por el amor si solo he tenido un novio en mi vida —y con mucho orgullo lo digo, porque después de doce años aquí seguimos, impertérritos ante el caos—, y vengo, además, de una familia desestructurada. Maravillosa a mi parecer, sí, pero desestructurada al fin y al cabo.
El caso es que reflexionando sobre cómo contar lo que me ha producido la lectura de este libro, pienso que quizá mi tendencia a leer sobre el amor viene de otro sitio: lo que me alucina es el poder que tienen las relaciones humanas como motor narrativo. Lo cotidiano y real, cuando está escrito desde la mirada de alguien que ve a los personajes de sus historias como personas de verdad.
Y creo que ahí es donde yace la belleza de No todo el mundo: en esa forma de posar la mirada sobre la realidad humana y contemporánea.
Querida Marta, si algún día lees esto: lo has clavado.
Lo que me alucina es el poder que tienen las relaciones humanas como motor narrativo.
Partimos de una estructura clara: catorce relatos con el Madrid actual de fondo. Catorce historias que narran historias de pareja más allá del chico-conoce-a-chica.
Tenemos mujeres y hombres conociéndose a deshoras. Personas mayores descubriéndose a través de una plataforma de streaming. Chavalas con ganas de arder al lado de señores que prefieren esperar. Adolescentes enamorándose de su compañera de clase mientras se hace el guay con sus amigos, también adolescentes y cafres. Gatos que, al principio, no caen bien, pero luego sí. Mujeres recién paridas, desbordadas por la vida, con un marido disociado. Hijastras. Rupturas. Reencuentros. Dolor. Canis. Vírgenes. Mucha luz.
Pues eso: la vida.
Es difícil reseñar un libro de relatos sin caer en la tentación de centrarse en los que más te han gustado —La ciudad moderna, Filmín, Hallelujah y Un novio que tuve, mis favoritos—, pero sí se puede poner en valor la dificultad de encontrar las palabras justas para un tema tan universal como el amor, en un escenario tan desconcertante como la ciudad, y hacerlo mediante la fórmula del cuento. Tenemos presentación, nudo y desenlace en pocas páginas, y eso es precisamente lo que permite que la lectura sea ágil. Que se disfrute y se devore.
La forma en que Marta aborda la narración en cada relato combina muchas cosas bien hechas: la ironía, el equilibrio emocional, el ritmo, incluso diferentes formas de plantear la narración en cuanto al estilo… pero, sobre todo, el respeto por cada uno de los personajes que conforman estas historias, que, a pesar de su corta duración, consiguen encontrar su propia voz. Y todo esto, como lectora, te hace querer más.
En este momento daría dinero por saber cómo sigue la historia de Alejandra y Lucas, los protagonistas del último relato porque me he enamorado un poquito de ellos. Pero esa es la magia del género: que saques tus propias conclusiones y, si acaso, pongas a trabajar la imaginación para vislumbrar el después.
No todo el mundo me ha alegrado la primera parte del verano, y descubrir a Marta Jiménez Serrano ha sido muy enriquecedor.
Ya tengo planificadas algunas de mis próximas paradas literarias, y Los nombres propios —su última novela— es una de ellas.
Seguro que también hay mucho amor que rascar ahí.



