Cuando escribes sobre alguien a quien admiras mucho, es fácil caer en la tentación de perder la objetividad. Pero si, además, esa admiración viene acompañada de amistad, lo de la objetividad se rompe en pedacitos. Irremediablemente.
Carmen Bosch Medina es escritora, periodista y una de las personas más importantes de mi vida. Porque sí, lo habrás adivinado: es mi amiga.
Nos conocimos en primero de carrera, en una universidad tan pijísima en la que, a priori, ninguna de las dos parecía encajar. Demasiado taconazo imposible y «polito» de marca. Ella estudiaba Periodismo; yo, Comunicación Audiovisual. Y entre nosotras, un horrible turno de tarde, que terminó por darnos la vida.
Siempre la recuerdo en aquellos primeros días con sus gafas de pasta, el pelo suelto y unas ganas locas de convertirse en una periodista de sucesos. De esas que disfrutan hablando de crímenes y psicópatas, sin perder el rigor que —en teoría— deberían enseñarte en las aulas. Ahora, catorce años después (creo que son catorce), en nuestras vidas ha cambiado casi todo. Tenemos un curro digno, hemos creado —y dicho adiós— a un proyecto común, nos hemos cabreado como monas porque el Valencia últimamente pierde más partidos de los que gana —miramos a Europa, amiga—, se nos han ido algunas personas, han llegado otras… En fin, nos hemos hecho mayores.
Pero creo que lo más importante de todo esto es que nuestra amistad sigue intacta. Y en el camino, ella ha “parido” dos novelas y yo he creado este espacio, que se ha convertido en mi lugar seguro.
Mientras escribo pienso que no sé muy bien cómo voy a encauzar las próximas líneas. Creo que es la primera vez que hago una especie de híbrido entre entrevista, reseña y carta de amor. Pero es que mi amiga, la del true crime, se lo merece todo y yo espero estar a la altura.

Como decía, Carmen y yo tenemos nuestro pasado común, pero ahora quiero empezar hablando del presente. Y este presente tiene título: El señor dijo a Moisés. Su segunda novela, editada y publicada por Editorial Cuadranta.
La niña que leía una y otra vez Las Brujas de Dahl, se convirtió en la adolescente que cada noche, antes de dormir, se sumergía en el universo de Ruíz Zafón, para coger de la mano a la ya mujer adulta que alucina con Javier Sierra, por mencionar algunos de sus referentes.
Con ello, de su estrecha relación con la lectura y después de la publicación de su primer libro, A Medida, Carmen se consolida en la novela negra con una historia que tiene como fondo un pueblo tranquilo, en el que comienzan a suceder una serie de crímenes que deben ser investigados. Para ello, el inspector Sánchez y el Padre Navarro —con sus dos mundos completamente opuestos— se unen en una investigación que aborda temas tan universales como la religión y la justicia.
A simple vista, El señor dijo a Moisés cumple con los estándares de la novela policíaco-criminal, pero entre sus líneas hay todo un trabajo de documentación e investigación que parte de la curiosidad de su autora por aunar esos dos universos que tan bien encarnan sus protagonistas.
Sin intención de adoctrinar, el libro tiene una carga religiosa importante, sobre todo si entendemos esa dimensión como una herramienta para la búsqueda de la verdad del eje narrativo. Dentro de lo macabro que pueda parecer —a simple vista— la combinación de Dios y el crimen, esta es precisamente una de las mejores armas de la novela para enganchar: incomodarnos, sacarnos de lo que “debería ser”.
En ese juego de tensiones, el Padre Navarro se presenta como un personaje enigmático y la mar de curioso. Un personaje, que por cierto, tiene inspiración real: su amigo —y también sacerdote— el Padre Javier Navarro.
En una de las presentaciones de El señor dijo a Moisés, era Javier, precisamente quien moderaba el debate, y yo aproveché para disfrutar de la charla desde la butaca y de paso, grabar todo lo que pudiera para después nutrir este artículo con la voz más importante: la de Carmen.
Así, entre intros e intimidad, surgió una pregunta obligatoria para romper el hielo: hasta qué punto le ha influido su amistad con Javier en la creación del personaje, y qué le viene a la cabeza cuando piensa en un sacerdote.
Así lo explica ella:
Pues mira, me viene a la cabeza la firma de un sacerdote al que todos podemos conocer, pero en realidad siempre que pienso en esa figura, me viene la voz de Javier. Él y yo somos amigos, y en ese proceso de conocernos, nunca convirtió el sacerdocio en una barrera, lo que me parece muy generoso por su parte.
En cuanto a la relación con el libro, yo primero conocí a Javi, que con los años se convirtió en el Padre Navarro, pero para mí sigue siendo mi amigo Javi.
Además de inspiración, el Padre Javier Navarro también ha formado parte activa del proceso creativo de la novela. La documentación es una pieza imprescindible en esta historia, que se sostiene gracias al conocimiento de Carmen en campos como la teología, el código penal, la psicología y, por supuesto, la narrativa.
En el ámbito teológico, Javier ha sido clave. De hecho, los mandamientos —y su sentido más profundo— resultan esenciales en el desarrollo de una novela que entrelaza misterio, cultura y ética. La tensión entre el bien y el mal. La vida y la muerte.
Pero, ¿cómo ve la propia Carmen su historia?
Creo que «El señor dijo a Moisés» es un libro duro de leer, porque uno se mete de lleno. En algunos comentarios, frases o situaciones, te ves reflejado y te preguntas: ¿Hasta qué punto actuaría yo así?
Es como esas películas de ladrones en las que no sabes si vas con el bueno o con el malo. Aquí, no terminas de tener claro si estás con la víctima o con el victimario. Bueno… está claro, ¿no? Pero la novela abre la puerta a una situación moral incómoda. Y a mí, eso, me gusta. Me estimula. Como escritora y como lectora.
Como decía al inicio, una de las bazas de la novela son sus personajes. Si ya tenemos una radiografía aproximada del primero, hay que recalcar que en El señor dijo a Moisés no hay Padre Navarro sin inspector Sánchez. Este personaje encarna la justicia y, desde el inicio, se erige en el escepticismo. Es pragmático y directo, pero también el contrapunto perfecto del sacerdote. Y, según mi lectura, es el que más —y mejor— evoluciona a lo largo de la novela.
Todo esto lo puedes descubrir si te animas a leer el libro, pero lo que no todo el mundo sabe es que Sánchez también tiene inspiración real. Bien de cultura pop, bien de nostalgia millenial. De esos actores que te marcan para siempre.
En todas las presentaciones cuando llegamos a este punto, se escuchan risas de las tiernas: ¿alguien ha dicho Hugo Silva?
Claramente Sánchez está inspirado en Lucas, el personaje de Hugo Silva en en «Los Hombres de Paco». Aquí es donde viene el punto friki de mi adolescencia. Además de admirarlo mucho como actor, siento que tiene una evolución muy grande en la serie; y en la novela, Sánchez es un personaje muy creído, muy chulo… un poco cretino incluso. Él cree que nada está mal hecho y que es el mejor resolviendo casos. Pero cuando se enfrenta a una situación tan grande —una que, en principio, le queda enorme— y se encuentra al lado de alguien que solo le aporta ayuda y paz, alguien que es todo lo contrario a su forma de vivir… entonces el choque es brutal. Chocan muchísimo, pero también se complementan muy bien.
¿Y como «madre» de este personaje piensas que es un ejemplo claro de evolución?
Sí, él evoluciona a medida que avanza la historia: con su vida, con una relación personal que desarrolla en el libro, e incluso con el Padre Navarro. Va ruteando, como digo yo, con el padre Navarro al lado. Porque Navarro se mantiene siempre igual: emocionalmente centrado, firme. Es Sánchez el que está en constante tensión
Creo que «El señor dijo a Moisés» es un libro duro de leer, porque uno se mete de lleno. En algunos comentarios, frases o situaciones, te ves reflejado y te preguntas: ¿Hasta qué punto actuaría yo así?

Adentrarse en el proceso creativo de un autor siempre es un camino complejo. Más aún cuando se trata de una historia con tantas aristas como esta. Para escribir El señor dijo a Moisés, Carmen ha pasado horas leyendo bibliografía, viendo cine, sumergiéndose en movimientos artísticos y culturales relacionados con el mensaje que quiere transmitir. Ha escuchado música, ha visitado lugares, e incluso se ha trasladado de ciudad. Todo con un único fin: redondear su novela más exigente hasta la fecha.
Así narra ella su proceso de documentación:
Me documenté muchísimo. No solo a nivel teórico, sino también emocional. Leí libros de teología, de derecho penal, de psicología… pero también busqué inspiración en el cine, en la música, en exposiciones, en lugares concretos. Necesitaba conectar con lo que estaba contando desde distintos ángulos.
Podríamos decir que esta es la documentación física, pero en el proceso de escritura, también hay momentos muy complicados, que en el caso de Carmen se sintieron así:
Hubo momentos en los que me sentí muy sola escribiéndolo, porque era una historia que me exigía mucho. No solo por el tema en sí, sino por cómo quería contarlo. Me trasladé de ciudad, cambié de rutina, me alejé de muchas cosas para poder concentrarme en la escritura. Para mí, escribir esta novela ha sido casi como un proceso vital.
Como ella misma dice, esta novela le ha exigido rigor y concentración, pero también un importante desgaste emocional. Por eso, quise preguntarle a quién cree que va dirigido su libro. ¿A mentes morbosas interesadas en el universo criminal? ¿O quizá a personas atraídas por el ámbito religioso?
A mí me interesan los dos públicos. ¿Y por qué? Porque yo también soy muy morbosa. Estudié periodismo queriendo enfocarme en el periodismo de sucesos, porque siempre me ha llamado muchísimo la atención la mente del criminal. ¿Por qué un criminal actúa así? ¿Nace o se hace? Me interesan ambas cosas.
Soy muy consumidora de true crime, de novela negra, de series, de pinturas sobre crímenes… pero también quiero que se lea mi libro por la forma en que escribo. Creo que tengo dos tipos de público. Puede haber gente que lea la novela porque le interesa lo morboso, los asesinatos, ese tipo de género. Pero también quiero que haya público que diga: ‘Me gusta cómo escribe Carmen, cómo describe, los diálogos, el carácter que le da a los personajes’.
Así que sí, quiero el público de las dos vertientes y en general, todo aquel que se quiera acercar.
Hablamos de dos tipos de lector muy concreto, pero cuéntame cómo has percibido la recepción general de la novela en ese tipo de lectores que quizás no entramos en ninguno de esos grupos:
Desde que se publicó he recibido muchos comentarios. Mucha gente me escribe para decirme cuánto les ha gustado. Me dicen que no es un libro de catequesis, pero que, si eres creyente, te ves reflejado en muchas cosas. Y si no lo eres, te hace preguntas que quizás nunca te habías planteado.
También me han dicho que han aprendido muchísimo: de historia, de religión, de moral, de ética, de valores. Que se han emocionado, que han sentido muchísima tensión…es un regalo para mí.
El talento emergente tiene la magia de mantenernos en alerta. De estar en constante movimiento, tal y como le ha sucedido a Carmen no solo en su manera de escribir, sino en su forma de trabajar. La escritura de su primera novela ha sido muy diferente a la de El señor dijo a Moisés por la sencilla razón de que a veces las historias necesitan un marco, un contexto, un latido.
En esa reflexión, Javier Navarro lanzó una pregunta entre divertida y curiosa que me permito traer aquí para que sirva como semi-cierre de esta pieza que escribo con todo el amor que me cabe en el pecho.
¿Es posible dormir bien cuándo se tienen tantas ideas en la cabeza?
Yo duermo relativamente bien, porque creo que estoy tranquila con el trabajo que hago. Pero sí, hay noches en las que le doy muchas vueltas a la cabeza con ideas que se me ocurren y necesito plasmar en algún sitio. Me levanto, cojo una libreta y empiezo a apuntar porque se me ha ocurrido un personaje nuevo, un paisaje…
También me pasa que estoy en mi trabajo y entra alguien, lo veo y pienso que esa ropa igual me sirve para describir algo. O estoy con mis compañeras, mis amigos y alguna frase me llama la atención. También puede pasar que voy por la calle, veo algo que me gusta y lo anoto. Estoy todo el rato pensando en las cosas que me pueden aportar algo.


Hubo momentos en los que me sentí muy sola escribiéndolo, porque era una historia que me exigía mucho. No solo por el tema en sí, sino por cómo quería contarlo.
La exigencia y la soledad quizá ya sean historia en el día a día de la Carmen escritora. O, quién sabe, tal vez sean justo el impulso necesario para emprender un nuevo viaje que termine convirtiéndose en otro libro. Hay algo por ahí que, sospecho, tiene todas las papeletas para ser algo grande. Aviso a navegantes: no será una novela de amor, ella nunca lo haría.
Sé de buena tinta que El señor dijo a Moisés marca un antes y un después en su vida… y, seguramente, en la de quienes tenemos la suerte de crecer a su lado. Y si algo tengo claro, es que mi amiga, la del true crime, ha venido para quedarse.
Qué fortuna tenerte a mi lado, Carmen.
Y qué ganas de seguir siendo testigo de todo lo que está por venir.



