«La Fortaleza», de Lucía Carballal

No sé cuántas veces he borrado esta primera frase para volver a escribirla.

Y en ese gesto torpe he pensado en lo difícil que es construir algo, en cómo pasamos la vida entera haciéndolo. Nos construimos a nosotros mismos, construimos vínculos, construimos momentos…

Y a veces resulta agotador, pero seguimos. Quizá porque, al fin y al cabo, construir también es una forma de resistir.

Total: que para construir esta pieza —llamo piezas a los textos porque suena más poético— primero tengo que reconstruir lo que acaba de pasar.

Vuelvo a la butaca y todo está listo. La megafonía nos suplica que apaguemos los móviles —es ordinario que en un teatro tengan que recordárnoslo—, las luces se apagan y La Fortaleza, la obra más personal, introspectiva y “reconstructora” de Lucía Carballal, pone el primer cimiento: Eva Rufo sale a escena.

Ella pisa fuerte el escenario. En sus pasos, yo le aprieto la mano a Rubén y le susurro bajito un me muero que me sale del alma. Entonces Eva empieza su monólogo, envuelta en la escenografía delicada y minimalista de Pablo Chaves. En medio del escenario, el castillo volador que remite a El castillo de Lindabridis, de Calderón de la Barca, y que Lucía tomó como punto de partida para dialogar y empezar a construir su fortaleza.

Debajo del castillo, los escombros esparcidos ya nos hablan de legado y de herencia, aristas principales de la obra. A un lado, una mesa de trabajo que representa ese espacio donde todo pasa; y al otro, una estructura que hace de pantalla y tres cubos de museo contemporáneo que lo mismo sirven para sentarse como para contemplar. Estos elementos escenográficos nos ayudan a anticipar todo lo que se va a contar después.

Entonces Eva, con una voz firme e irónica —me flipa verla en este registro—, empieza a contarnos de qué va la obra de Calderón para preceder a su historia como actriz de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Discurso ágil: se oyen risas. Movimiento escénico: sigue el baile textual en el que se menciona a una actriz contemporánea y pedante, también a Pikachu —homenaje a este icono millennial—. Es inevitable: se oyen más risas. Y de repente llega la pausa; la conexión con la parte más personal de la autora y con la segunda capa del texto: la figura del padre ausente.

Ella, en medio del escenario, simula una especie de escena de stand-up dramático —luces bajas y pie de micro—, y sucede algo muy bonito y valiente: la voz de Lucía se hace presente a través de Eva, que ha conseguido cambiar el registro en cuestión de segundos sin que apartemos los ojos de ella. Aquí empieza el relato autoficcional —los que denostan la autoficción me parecen igual de ordinarios que los que no apagan el móvil en los teatros— y toda nuestra atención se reduce a ese padre que se convertirá en hilo conductor.

En uno de los momentos álgidos de su monólogo, casi al final de su intervención, Eva dice:

Y a mí, que la ausencia me pega por todas partes, se me instala un nudo en la garganta que, adelanto, no se irá hasta que se enciendan las luces. Pienso en mi madre y en mi padre, que no están, y en este punto es como si Lucía y Eva me agarrasen de la mano y me invitaran a hacer un viaje personal mientras miro al escenario. Pero no sé si reírme por lo bien escrito que está el texto o llorar por cómo me estoy identificando en la tristeza.

¿Sabes cuándo te metes un tortazo contra el suelo y acabas descojonándote de la risa? Pues un poco así me siento.

Eva Rufo durante La Fortaleza. Imagen de Sergio Parra. Fuente: https://teatroclasico.inaem.gob.es

Entonces, identificada y viva, vamos con el segundo cimiento: Mamen Camacho se hace presente.

La silueta de su espalda y el contraste con la luz naranja que emite la pantalla nos regalan una imagen bellísima —otro ejemplo de elemento escénico minimalista y cargado de sentido—. Y cuando empieza a hablar, hay una cercanía en su forma de narrar que te hace querer saber más.

Con mucha audacia, ella relata y nosotros atravesamos un montón de estratos en los que quisieras subir al escenario para darle un abrazo y decirle: tía, te entiendo. Luego querrías sentenciar al padre por ser tan egoísta y abandonar a su suerte a esa familia. En un momento de empatía con este señor, piensas que los ochenta y los noventa —como si fuesen un ente— quizá no fueron una época propicia para practicar la paternidad afectiva (más que nada porque no existía).

Y en toda esta montaña rusa te descubres ahí, interesada por la arquitectura. Creo que esta parte de Mamen, más didáctica, tal y como ella me decía en la entrevista preciosa que me regaló junto a Lucía, tiene mucho poder dentro del discurso. Sobre todo porque es capaz de hilar con su parte más íntima y su relato sobre su relación con el clásico, resignificando la forma frente al formalismo; el acento y el origen contra el encorsetamiento. Y eso es muy guay, porque te hace respirar a la par que reflexionar, para después volver a llevarte al universo familiar de Lucía.

Se dignifica, por cierto, la figura de la madre a través de Eva, que vuelve a aparecer con su traje de época —de alguna de esas obras que tanto la acompañaron en su etapa como actriz del CNTC—. Y entonces, en un diálogo audaz entre las dos, piensas: ¿por qué nos hemos pasado la vida entera hablando de señores?

Es aquí donde, para mí, se abre otra pequeña capa del texto: el grito simbólico de la voz femenina.

Mamen Camacho durante La Fortaleza. Imagen de Sergio Parra. Fuente: https://teatroclasico.inaem.gob.es

Con el final de la parte de Mamen, miro a Rubén, que está ensimismado y también muy identificado —Dios los cría y ellos se juntan—. Y llega, para mí, el mejor momento de la obra: la simbología hecha realidad.

Para lograrlo, se pone en pie el tercer cimiento: Natalia Huarte. Es el único momento en que las tres coinciden en el escenario y comprenderás que aquí los feelings van a mil por hora.

Miran el castillo, que sigue suspendido; lo observan, asienten y me parece que sonríen. Ladrillo a ladrillo construyen una escalera, el espíritu de Lindabridis vuelve —ojalá robar el castillo y largarse a ver mundo ella sola—, y ahí nos regalan el frame más chulo de La Fortaleza: cada una en una parte del escenario, formando un triángulo perfecto.

El relevo que Lucía planteó cuando les escribió la obra a ellas está aquí, entre sus vestidos de época y su forma de mirarse. Es increíble ver a alguien mirarse así.
La estructura en tres actos del Siglo de Oro también se hace visible, y entonces Natalia toma el testigo de sus predecesoras: hay que concluir.

Empieza a recitarnos el primer verso de El castillo de Lindabridis y nos explica cómo funciona esto de representar teatro clásico, hasta qué punto adentrarte en este mundo implica unos esfuerzos que no están hechos para todo el mundo. Vamos, que esta moda de ensalzar la cultura del esfuerzo la llevan practicando estas actrices toda su puñetera vida, pero como no se llaman Lamine Yamal… pues yo qué sé.

El caso es que Natalia es capaz de estar totalmente estática en el escenario y, aun así, narrar con una frescura absoluta. Parece una antítesis, pero funciona increíble. El uso del cuerpo —que no discierne entre lo clásico y lo contemporáneo— se convierte en una herramienta más para comunicarse. Y entre todo su tono arrebatador, se hace presente la nostalgia y la última capa del texto: el perdón.

Natalia Huarte durante La Fortaleza. Imagen de Sergio Parra. Fuente: https://teatroclasico.inaem.gob.es

Natalia acaba: es brillante. La música suena; vaya viaje nos han regalado las cuatro. Las risas que se oían se transforman en aplausos que ahora se escuchan. Esto se acabó.

Pasan cosas increíbles después de la obra y, cuando nos vamos caminando a casa, Rubén y yo hablamos sobre cómo, de vez en cuando, el rencor nos toca a la puerta; sobre lo ambiguo que es eso del perdón, y cuántas interpretaciones pueden tener las historias de cada uno según se vivan. Qué buenos hijos hemos sido, a pesar de todo. Cómo estas cuatro mujeres valientes nos han llevado a estar hora y media pisoteando nuestras ruinas. Estamos catárticos.

Ya es por la mañana y quiero rematar esto. Tengo el texto abierto exactamente por la página 34 y me llama la atención que subrayé lo siguiente:

Hasta aquí el mío, que no sé si aporta una visión periférica de lo que es una obra de teatro —porque tampoco sé muy bien cómo se hace eso—. No estoy segura de si me he pasado con los detalles, quizá he hecho algún spoiler que no tocaba, pero me resulta inevitable escribir así cuando una creación como la de Lucía Carballal me apela de esta forma.

Tampoco sé si, tras de su paso por València, Valladolid y Sevilla, La Fortaleza volverá, pero después de tener la fortuna de poder descubrirla desde tantos puntos de vista, pienso que, si algún día tengo que volver a dibujar un dibujo libre, pintaré un castillo volador.


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