El otro día estaba viendo El Refugio Atómico en Netflix y al personaje de Max, interpretado por Pau Simón, le parten la cara más veces que capítulos tiene la serie. Ese plano de un diente volando y la sangre cayéndole a borbotones, además de incomodarme —soy un poquito aprensiva, todo hay que decirlo—, me hizo pensar en la cantidad de series y películas que encuentran en la violencia el motor narrativo perfecto para enganchar.
Después me di una vuelta por las diferentes plataformas —que no son pocas las que pago religiosamente todos los meses— y comprobé que, en las últimas semanas, la mayoría de títulos que copan el primer plano siguen el mismo patrón: true crimes, thrillers de pueblos perdidos donde desaparece una mujer o un niño, investigaciones oscuras, mentes perturbadas, señores que han sufrido muchísimo y por eso abusan y maltratan… En fin, cosas.
Y claro, después de este repaso por las tendencias, y de reflexionar sobre si no tenemos ya suficiente con todas las manifestaciones violentas a las que sometemos al mundo, pensé que es una pena que tantas series de humor estén ahí, escondidillas entre miles de títulos, sin encontrar su hueco entre el gran público.
Ojo, no vengo a descubrir ahora la comedia ni a cargarme el true crime ni la trama policial —que alguno disfruto, no voy a mentir—, pero sí me gustaría detenerme un momento en por qué el humor, en la vida en general y en el audiovisual en particular, nos hace mejores.
El arco narrativo de los personajes
He puesto el tráiler de Ted Lasso para empezar a divagar un rato, porque desde Friends no había visto una serie de comedia con la que conectara de forma tan genuina. Y si esto ha sido así, es porque esta serie de Apple TV+ tiene una de las cosas más básicas para atrapar: personajes con un arco narrativo bien pulido.
Si no la conoces, te resumo su premisa: un entrenador de fútbol americano se muda a Inglaterra para entrenar a un equipo de fútbol, sin tener ni idea de cómo va esto. A partir de aquí, la mayoría de las tramas se desarrollan entre los jugadores del equipo, la directiva, el staff técnico y todo el universo que se abre ante ellos.
Entonces, ¿estamos ante una serie de fútbol? Claramente no: Ted Lasso habla de la vida. Los personajes se sostienen en sus traumas, sí, pero se exponen desde la ingenuidad. Y creo que esto solo es posible si se hace desde el humor.
Todos tienen un recorrido fundamentado por la evolución y, a través de la naturalidad, identificamos sus cambios sin necesidad de giros de guion imposibles ni cliffhangers que nos quitan el sueño.
Por ejemplificarlo: el personaje de Ted, interpretado por Jason Sudeikis —al que amo con todo mi corazón— podría haberse quedado en la superficie del chiste o de la exageración, sin más pretensiones que entretenernos. Sin embargo, la ternura, la bondad y el trabajo coral definen perfectamente los pasos sobre los que orbita la serie: la ficción fácil en el mejor de los sentidos.
El valor de lo cotidiano
Aunque suene un poco genérico, el drama o el misterio suelen partir de un suceso concreto sobre el que después se desarrolla la historia. Sin embargo, el sentido orgánico de la comedia permite explorar otras perspectivas, y una de ellas es el valor de lo cotidiano.
Un buen ejemplo de esto es Poquita Fe (Movistar+). La ficción, creada y dirigida por Pepón Montero y Juan Maidagán y protagonizada por Raúl Cimas y Esperanza Pedreño, nos cuenta cómo es la vida de Ramón y Berta en pareja y con sus entornos más cercanos, pero sobre todo hasta qué punto el aburrimiento cotidiano puede ser el mejor argumento para hacernos reír.
Aquí, la vida es lo que pasa, y en ello se regocija un guion sencillo y sin florituras, cuya única intención es apelar a nuestro sentido del humor. Hay escenas que son sencillamente hilarantes, pero funcionan porque nos identifican por completo. Lo que hace grande a Poquita Fe no es la historia en sí, sino cómo nos hace mirar lo ordinario con otros ojos: con cariño, ironía y un guiño cómplice a lo absurdo del día a día. Reírnos de nosotros mismos.
Comedia inteligente
Me flipa que la comedia esté viviendo uno de sus mejores momentos, con un montón de espectáculos que llenan teatros —y llenar un teatro me parece siempre un motivo de celebración—. Sin embargo, todavía me cuesta acercarme como espectadora a este tipo de shows, porque no encuentro en ellos el confort que sí me da el audiovisual.
Dicho esto, quiero reivindicar cómo la comedia inteligente se abre paso entre la marabunta de series sin perder esa pizca de acidez tan necesaria. Así, pensando rápido, me vienen a la mente comedias actuales y finísimas como Hacks (HBO Max), The Studio o Shrinking (ambas en Apple TV+), que, sin tener nada que ver entre ellas, comparten algo esencial: el uso de la ironía para hablar de lo que nos atraviesa a todos.
La brecha generacional en Hacks, la muerte y el duelo en Shrinking o el ego en The Studio. Diálogos llevados a su punto más álgido, personajes que huyen de los estereotipos, chistes que funcionan solos y, sobre todo, críticas que no reparan en lo políticamente correcto y van directas al cuello del sistema.
En el plano técnico, además, una realización impecable —The Studio es una auténtica maravilla— que nada tiene que envidiar a los grandes premiados en drama. Una prueba más de que en el humor también hay espacio para la estética.
Convertirse en icono
Hagamos un ejercicio rápido: piensa en tres personajes icónicos de series.
Yo lo tengo claro: Heisenberg (Breaking Bad), Tony Soprano (Los Soprano) y Don Draper (Mad Men). Los tres tienen algo en común —además de ser hombres, pero ese es otro tema—: ninguno pertenece a una comedia.
Vale, quizá he hecho un poco de trampa, porque el primero que me viene a la cabeza, en realidad, es Chandler Bing (Friends). Aun así, reconozco que resulta mucho más fácil enumerar iconos del drama que de la comedia.
Sin embargo, creo que el drama nos conmueve, pero la comedia nos pertenece. Sus personajes se cuelan en nuestras conversaciones, en nuestros memes, en las frases que repetimos sin darnos cuenta. Terminan formando parte del imaginario colectivo. Hay algo en ellos que trasciende el guion y se queda a vivir con nosotros. Se vuelven iconos; porque, al final, la memoria se aferra más a lo que nos hace reír que a lo que nos hace sufrir.
¿Quién no ha entonado alguna vez el mítico «¡Las caras, Juan, grábales las caras!», de Paloma Cuesta en Aquí no hay quien viva (Netflix, Atresplayer)?
¿Cuántos stickers o memes de Paquita Salas (Netflix) tienes en el móvil?
¿Cuántas veces has bailado la inolvidable canción de Amador Rivas, o has querido disfrazarte de gamba de Mariscos Recio en La que se avecina (Prime Video)?
Seguro que tienes clara la respuesta. Y que estarás de acuerdo conmigo en que el humor es una de las formas más puras de comunicarnos: la más humana, la más directa y la que mejor nos retrata cuando bajamos la guardia.
Así que viva el drama, claro que sí; pero que nunca nos falten las ganas de reír.



