He decidido que estoy en una etapa lectora en la que sólo voy a leer a autoras contemporáneas. No porque me encuentre en un momento vital de cruzada feminista (que también), sino porque creo que la literatura debe ser espejo de aquello a lo que aspiramos. De lo que nos identifica. Y ahora mismo, a mí me identifican las autoras coetáneas a mi tiempo porque escriben mi idioma.
Oxígeno (Alfaguara, 2026) es el nuevo libro de Marta Jiménez Serrano. La descubrí hace unos meses buscando un libro de relatos: venía de leer Sucia (PLAZA&JANES, 2020), de Bárbara Mestanza, y necesitaba descansar un poco de la dureza de aquel texto. Entonces me topé con No todo el mundo (Sexto Piso, 2023) y volví a respirar. Respiré como respira Marta cuando, subida a la ambulancia del SUMMA 112, vuelve en sí después de casi morir intoxicada por monóxido de carbono.
Marta y Juan estaban gravemente intoxicados cuando llegó el SUMMA a rescatarlos. La Arrendadora de su piso abuhardillado en Madrid había decidido que no se iba a ocupar de nada relacionado con la vivienda —excepto de cobrar religiosamente los 1.100 euros de alquiler— y, como consecuencia, una caldera que rezumaba monóxido de carbono a niveles mortíferos llevaba tiempo hecha un Cristo.
Este sería, a grandes rasgos, el argumento de Oxígeno, quizá la novela más introspectiva —me encanta este término— de su autora. Sin embargo, más que una novela, su lectura se despliega como una especie de terapia que Marta comparte de forma generosa con nosotras, sus lectoras contemporáneas.
Un espacio donde pone sobre la mesa cuestiones tan precisas como el miedo a la muerte, los traumas, la relación de pareja —Juan, la suya, será coprotagonista de esta casi muerte anunciada—, la especulación inmobiliaria, los amigos que no eran tan amigos, la importancia de la terapia, y, muy especialmente, la ansiedad.
¿Cómo se vuelve a vivir después de casi morir? Marta Jiménez Serrano lo cuenta así.
Oxígeno puede que no sea una novela al uso. Su estructura no sigue esa cadencia lineal de planteamiento, nudo y desenlace que solemos esperar de una novela convencional. Va más allá de la lógica narrativa que damos por sentada —tal y como la propia autora advierte al inicio—, porque imagino que debe de ser muy difícil ordenar las ideas cuando recuerdas que casi no lo cuentas. ¿Cómo se ordena racionalmente la muerte?
La novela está narrada en primera persona y comienza el 7 de noviembre de 2020. Marta está tirada en el suelo del baño del piso que comparte con Juan. A partir de ese instante suspendido, Oxígeno se despliega como una historia fragmentada que avanza y retrocede entre datos científicos, recuerdos crudos —y también luminosos— de la infancia y la adolescencia, y el repaso a una historia de amor que ha sobrevivido a una intoxicación por monóxido de carbono. Y, en general, a la vida.
Pero sobre todo, Oxígeno es el escenario en el que todos los miedos de Marta Jiménez Serrano se colocan en fila. Van saliendo uno a uno por las páginas: nos dan las gracias, nos saludan, se inclinan, nos reverencian, se esconden de nuevo tras la cortina para volver a salir y repetir el patrón. Como en el teatro.
La escritura de Marta siempre ha sido audaz, pero en este libro lo es todavía más. Y me hace gracia referirme a la escritura con un adjetivo tan vaporoso como audaz —osado, atrevido, intrépido, valiente— porque durante la lectura se vuelve evidente que su autora no quiere presentarse como una superviviente, sino como alguien que ha atravesado un trauma muy doloroso y que ha escogido la escritura como vía para intentar vomitar ese dolor.
Que Marta nos cuente esto es un gesto profundamente generoso. Como generosas son también las intervenciones del resto de protagonistas de la historia. Decía antes que Juan —Gómez Bárcena, escritor fantástico, por cierto— es el coprotagonista de Oxígeno y, para mí, una pieza imprescindible del relato. No sólo porque inhaló monóxido como para morirse también, sino porque junto a Marta construyen una historia de amor real. Una historia que, en lo personal, me ha permitido volver a coger aire cada vez que La Arrendadora reaparecía en el libro quitándomelo todo. Y como a mí me encanta leer sobre el amor, pues una maravilla.
Por otro lado, las intervenciones de Víctor Soto —enfermero del SUMMA 112— y las constantes referencias que Marta hace a otros personajes (entiéndase “personajes” como quienes forman parte de la obra) como Ana Belén, la médica que la atendió en primera instancia, funcionan como una reivindicación clara: la de un sistema público capaz de salvarte la vida cuando ese sistema funciona. En este caso, sin la llamada de Juan no habría habido sistema ni engranaje; pero sin el trabajo de Víctor, de Ana Belén, de sus compañeros, de los bomberos e incluso de César —un hombre que revisa calderas y se indigna con razón— Marta no habría escrito este libro.
Así que sí: sanidad pública y universal. Y a ver si empezamos a remunerar mejor a personas como Víctor y Ana Belén, porque en este país nos sobran las palabras y nos faltan los hechos.
«Oxígeno» es el escenario en el que todos los miedos de Marta Jiménez Serrano se colocan en fila.
Oxígeno es un texto que, conforme lo lees, te permite deshojarlo como una margarita. Y quizá la capa más dura del relato sea la ansiedad. Aquí resulta imprescindible la figura de José, el psicólogo de Marta, y su papel como personaje que escucha activamente los traumas de su paciente. Unos traumas que se narran con detalle y que se remontan a la infancia y al inicio de la adultez, marcados por dos episodios protagonizados por la madre de la autora y que también tienen que ver con la pérdida de la noción, con el desmayo.
Es interesante cómo estos hechos se contextualizan para comprender de dónde nacen esos miedos que mencionaba antes —hay algunos tan recurrentes como el miedo a dormir sola o la oscuridad— y que campan a sus anchas por el escenario vital de una protagonista que se reconoce un poco hipocondríaca y que ha estado rozando la muerte con los pulmones.
Por último —y no menos importante—, en esta no-novela aparece la villana de turno: La Arrendadora. No sabemos el nombre de esta señora, y tampoco hace falta. Representa una problemática actual que se estira como un chicle y que no parece tener una solución clara a largo plazo: la falta de vivienda asequible y, sobre todo, habitable.
Marta y Juan deciden en un momento dado que necesitan mudarse a un piso más grande. Tras varias visitas, encuentran este cuya propietaria es una mujer que vive en Estados Unidos y que no quiere problemas. Ellos aceptan una serie de condiciones —como las aceptamos todas las parejas treintañeras cuando intentamos cumplir el simple sueño de tener un techo bajo el que vivir— y entran. Pero duran poco allí. La Arrendadora y su falta de responsabilidad casi los matan.
Sí: La Arrendadora es un conato de asesina y, en términos literarios, la antagonista perfecta. Su abogada, por cierto, también aparece. Y es una impresentable.
Ahora que pienso en los párrafos que cierran esta reseña, creo que Oxígeno sí es una novela. Tiene todos los ingredientes para serlo: una historia potente, unos personajes bien construidos y situados en el contexto de lo que acontece, una escritura ágil que te deja con ganas de más y, sobre todo, la pluma y la generosidad de su autora, que ha decidido bucear en su dolor para convertirlo en algo tan bonito como el arte.
En Instagram, por lo que sea, han proliferado los críticos literarios. Me he topado por casualidad con uno de ellos. En su post aparecía la portada de Oxígeno y el señor decía que el libro le había decepcionado muchísimo y que esperaba más. Su único argumento era que últimamente hay demasiadas autoras contemporáneas que siguen un mismo patrón y que los libros que escriben parecen hechos por encargo.
A mí esa valoración me ha parecido algo simplista y, a la vez, me ha dado cierto gustito. Resulta curioso que cuando las autoras contemporáneas escriben desde lo íntimo, desde el cuerpo y desde la experiencia, siempre aparezca alguien dispuesto a reducirlo a “una moda”. Quizá el problema no sea el patrón, sino la incomodidad que generan ciertos relatos cuando ocupan un espacio que antes no tenían. Y que, además, vendan libros.
Yo, en cambio, celebro que existan libros como Oxígeno y autoras como ella. Celebro que podamos adentrarnos en historias que nos invitan a leer con calma y a fundirnos con lo que sus creadoras tienen que contarnos.
Marta, gracias por tu Oxígeno. Que es el nuestro.


