«La calma», de El Kanka

Se ha puesto de moda usar conceptos en inglés para referirnos a cosas que, en el idioma de Los Beatles, parecen sonar con más musicalidad. Por ejemplo, hablamos de red flags para señalar nuestras líneas rojas: eso que nos espanta de algo o de alguien. Lo que vienen siendo, al fin y al cabo, los límites.

También recurrimos al guilty pleasure para reconocer, de una forma muy chic, que disfrutamos como niños cuando suenan los grandes éxitos de Daddy Yankee o que lloramos como magdalenas cada vez que vemos, una y otra vez, El diario de Bridget Jones. Placer culpable, dicen.

Yo, que me muevo alegremente sobre la ola de la tendencia (aunque quizá la de los anglicismos ya haya pasado), tengo un término que utilizo mucho cuando hablo, pero sobre todo cuando escribo: happy place. Me parece que son dos palabras que lo contienen todo. ¿Hay algo más bonito que referirse al lugar feliz? Diría que no.

Creo recordar que la primera canción que escuché de El Kanka en mi vida fue Refunk. No sé muy bien cómo llegué a ella, pero aquello me entusiasmó tanto que, al rato, ya estaba metida de lleno en los versos de los temas que componen Lo Mal que Estoy y Lo Poco Que Me Quejo (2013), su primer álbum de estudio.

A partir de ese momento, me sentí kankier, kankera, kankense (o como más te guste) de escucha y de corazón. De lo pequeño a lo gigantesco, Juan Gómez, malagueño, se mantiene disco tras disco en la cresta de su particular ola: la de una música de autor que no renuncia a la raíz, al folclore, a la sorna ni a la poesía, pero que tampoco le teme a la experimentación. A la sorpresa.

Mientras el mundo parece resquebrajarse en mil pedazos —empujado, entre otras cosas, por ese señor de piel naranja que enarbola su despiadado America First a golpe de misil—, El Kanka nos abre las puertas de La calma.

Así que hoy te invito a recorrer todos los rincones de este disco. Sin prisa. Como quien entra en casa un viernes noche sin saber qué traerán los días siguientes.

Creo que estamos mal acostumbrados a asociar lo que denominamos canción de autor con la penumbra y el cortavenismo (que no digo yo que no me lo goce), pero también hay propuestas que trascienden los clichés y respiran una personalidad distinta. Aquí la prueba.

Detrás de cada capítulo —tal y como él los ha denominado— de La calma hay un reencuentro con un Kanka más luminoso y evocador. Quizá menos afilado que en su álbum más reciente, Cosas de los vivientes (2023), pero sí más expansivo, tanto en lo colectivo como en lo íntimo.

Es precisamente el tema homónimo al disco el que declara las intenciones de cantarle a lo cotidiano. A la vida en versos que reclaman calma. “Ojalá que se cuenten por miles las caricias que empapen tu alma…” y un estribillo que anticipa que estamos ante un trabajo de diez canciones alejadas de artificios, con un ADN muy reconocible: producción medida entre la rumba, el pop a su manera y las influencias latinas. Los instrumentos que yo catalogo como “extraños” (fruto de haber visto muchísimos conciertos suyos) y el acompañamiento de sus músicos de siempre.

El inicio onomatopéyico de La apuesta, por ejemplo, me lleva directa al escenario: viendo a El Manin —percusión, mil recursos y uno de los genios que lleva toda la vida con él— y a Álvaro Ruiz, guitarra imprescindible, con el micro en la boca y ese clima tan característico del directo. Un tema que habla de las costumbres en pareja, y que conecta con la pista seis, Limpieza general. El amor en casa, vestido de golpes vocales en el estribillo y atravesado por un pasadizo optimista de vientos que suena fantástico.

Volvemos atrás y nos movemos en un territorio cercano al bolero con Pensando en ti. Una base sencilla que avanza casi como si estuviera hecha a medida para el fraseo de una de las mejores letras del disco. No costaría imaginar algo así dentro del universo de Joaquín Sabina, por ejemplo, en Lo niego todo.

Seguimos en el terreno de los afectos, palmeando por rumba en todos sus recovecos. Pasitos benditos es puro Kanka. Una historia contada y cantada a son de farra que te despierta ternura y te pone a bailar en medio de un corrillo. Todo, de nuevo, desde lo profundo y lo festivo.

Creo que es uno de mis capítulos favoritos porque ya se sabe lo que a mí me gusta escribir, hablar y bailarle al amor. Y en este disco, precisamente, ese sentimiento se convierte en un leitmotiv imprescindible; tanto como lo ha sido la amistad a lo largo de toda su discografía.

Los compadres, tercera pista, funciona como un alto en el camino para poner en valor ese tesoro que son los amigos a los que hace tiempo que no ves. Su inicio melódico, a guitarra y voz, da paso a un instrumental carnavalero —sin saber yo mucho del tema— con vibras de chirigota y fiesta: Ay, ay, ay, hoy nos vamos a emborrachar…, y ya no hay vuelta atrás.

Decía al principio de la reseña que La calma navega entre lo particular y lo global, entremezclándolo todo. Ansiedad es quizá el mejor ejemplo de ese equilibrio. Una canción escrita al milímetro sobre el desgaste profundo que provoca esta alteración cognitiva, corporal y emocional cada vez más visible y, por suerte, menos tabú.

Eso sí, entre los muchos temas que han intentado retratarla, este se cuela entre los más originales. Un acordeón se abre y los versos vuelan solos, enumerando todo lo que arrastra consigo, pero, como casi siempre en el imaginario musical del malagueño, dejando abierta una pequeña rendija a la esperanza en forma y escucha de rasgueo fino de guitarra.

Para escribir esta pieza no estoy siguiendo el orden del disco de forma exhaustiva, simplemente porque me apetece insistir en que este recorrido se hace de la mano de las historias que cuenta.

Me quedan tres: He dicho que no, Las ganas y Le pasa solo al resto.

En la primera se declaran las intenciones sobre la importancia de decir que no a lo que no nos gusta ni un pelo, con un instrumental que mira claramente hacia el folk. Las ganas, con aire de balada sencilla, funciona como una pequeña píldora contra la desidia. Podría ser, incluso, una buena antítesis de Ansiedad.

Por último, Le pasa solo al resto es chocolate para muy chocolateros, que dirían mis queridos Flores para Tristia. Si sigues la carrera de El Kanka y conoces su intrahistoria, sabrás que aquí hay miedos, incertidumbres y algo de temblor. Nadie quiere pensar en morirse, claro, pero si es con esta especie de coro improvisado, casi de brindis colectivo, que venga lo que tenga que venir.

Los diez capítulos de La calma están protagonizados por un panda kankiano que se mueve en stop-motion, diseñado por María Díaz, y que propone un universo visual diferente a lo que nos tenía acostumbrados. Una criatura frágil y entrañable que, de algún modo, resume muy bien el espíritu del disco: ternura, humor y abrazo lento.

Su nueva gira continúa a partir del 11 de abril en Santander y suma ya más de treinta fechas por España —¿dónde está València?— además de paradas en países como Chile o México.

La calma está disponible en todas las plataformas digitales y a la venta en edición física tanto en CD como en vinilo.


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