Casi siempre que me siento a escribir tengo música bajita puesta y justo ahora está sonando El poder del arte, de Robe Iniesta.
Y pienso que no se me ocurre mejor manera de empezar esta reseña que preguntándome qué poder tiene el arte, muy concretamente el teatro, que es de lo que quiero hablar en las próximas líneas, para agitarnos enteros.
En mi caso, el poder del teatro es absoluto. No hay nada que me mantenga más alerta. Más libre.
Y desde que este espacio me permite acercarme también a sus entrañas a través de los procesos, las dudas y todo lo que ocurre fuera del escenario, mi fascinación no ha hecho más que crecer.
Hace un par de semanas me sentaba en la butaca de La Rambleta para disfrutar de Un viaje sin retorno, esta historia tan viva que Alex Gadea, actor y ahora autor, ha creado para rendir homenaje a los cómicos de los años cincuenta. Y a los arroceros valencianos. Y a la raíz andaluza. A las costumbres, al fin y al cabo.
Junto a Ana Ruiz, bajo la dirección de Ernesto Caballero, Un viaje sin retorno es el caldito de la yaya un día de resaca. El abrazo de tu mejor amiga después de un día chungo. El primer beso.
Pero también es la herida. La identidad. La nostalgia. Y esa pena que aparece cuando uno entiende que el tiempo nunca devuelve exactamente lo que se llevó.
Tengo que reconocer que parto con ventaja porque antes de ver la obra yo ya me había pasado el juego: esta charla con Alex Gadea me permitió entender de cerca los entresijos de esta historia, pero tenía muchísimas ganas de verla respirar, por fin, sobre el escenario.
Ahora sí, quédate un rato más porque abrimos el telón.
La sinopsis a mi manera, como siempre.
Un viaje sin retorno narra los periplos de Federico, un arrocero valenciano que emigra a un pueblecito de Sevilla atraído por el auge de la explotación de campos de arroz y por unas condiciones laborales bastante aceptables para la época.
Una noche de feria cae rendido ante Chelito, una pollera que sostiene el negocio familiar que fundaron sus padres con una solera que ya la quisiera yo un lunes por la mañana.
Entre cortejos, canciones y ferias, a Chelito y Federico les llega la oportunidad de su vida: levantar un espectáculo de variedades en la plaza del pueblo.
Antes de eso, se enamoran.
Y, a partir de aquí, todo.
Cuando empieza la función ya sabemos que estamos ante un texto muy meta. Es decir: la propia obra dialoga constantemente con el teatro porque habla de él, de sus códigos y de quienes lo habitan.
Y además tenemos sobre el escenario a dos actores experimentados en múltiples registros que, una vez más, se mueven como pez en el agua dentro de este universo que mezcla los años de miseria con la alegría de la novedad.
Y justo la palabra “universo” es de las primeras que me vienen a la cabeza conforme la historia va avanzando.
Hay un objetivo evidente en Alex Gadea: homenajear a esas figuras de la comedia que, entre plazas de pueblo, carreteras y tournés, trataban de hacer reír a quienes se acercaban a ver sus ocurrencias.
Porque no hay que olvidar que la España de los cincuenta era una España anegada por la posguerra y la posterior dictadura. Y aunque convertir ese contexto en el gran motor dramático habría sido el camino más asequible, lo interesante de la propuesta es precisamente que nunca termina devorándolo todo.
Eso sí, hay que elogiar también los destellos de denuncia social que aparecen a lo largo de la función. Por ejemplo, la desigualdad de condiciones entre los propios arroceros andaluces y valencianos, siendo los primeros profundamente maltratados por quienes ostentaban el poder. Una especie de jerarquía silenciosa y profundamente injusta de la que, sinceramente, yo no tenía ni idea y que me ha resultado interesantísima.
Así, el contexto está y se siente, sí. Pero no se convierte en protagonista, porque todo el foco está puesto en la vida que pasa mientras Federico y Chelito la viven.
Y, sinceramente, agradezco muchísimo ese respiro como espectadora dentro de un panorama teatral actual que bebe constantemente de la historia y que, aunque nos está dejando propuestas fantásticas, a veces termina desplazando la construcción de los personajes en favor del entorno político o social.
Pero si algo tiene el teatro de especial es precisamente eso: la posibilidad de mirar a los personajes de frente. Sin distancias. Algo que en Un viaje sin retorno se abraza desde el principio.
Cuando empieza la función ya sabemos que estamos ante un texto muy meta. Es decir: la propia obra dialoga constantemente con el teatro porque habla de él, de sus códigos y de quienes lo habitan.

Fotografía de @marcosgpunto.
Así que si tanto reivindico a los personajes, voy a desgranarlos.
Contaba en la sinopsis inicial el leitmotiv de Federico, el personaje que interpreta Alex Gadea. Si Un viaje sin retorno es teatro, Federico tal vez sea también un poco Alex. La primera y más importante: es valencianista. Me permites la emoción.
Las siguientes: es bondadoso, currante, cuidador, divertido, ingenuo, de la terreta, con sus expresiones en su valenciano natal que es música para mis oídos. Es uno de esos personajes a los que necesitas que les vaya bien, a pesar de todo, porque su desarrollo hace que empatices y te emociones, pero que también te sumerjas con él en sus oscuridades.
Y se complementa a la perfección con su Chelito Gallardo, interpretada por Ana Ruiz, que coge el texto de Gadea y se lo mete en el bolsillo.
Tenemos sobre el escenario a una de las actrices más versátiles que yo he podido ver. No solo porque es capaz de cambiar de registro dentro de una misma frase —de la comedia al drama en un plis plas—, sino porque además pone en escena toda una formación y una herencia familiar en la que el arte está muy presente.
Ana canta (hay varios pasajes musicales durante la obra que conectan increíble con el público), baila y, sobre todo, construye una mirada femenina real y vulnerable a la vez.
En un momento de la historia hay un giro importante en el que la responsabilidad de la actriz trasciende al personaje.
Hay sensibilidad en lo que se cuenta y en cómo se cuenta. Y esto es un trabajo de Alex Gadea como autor, de Ernesto Caballero como director, pero también, y quizá sobre todo, de la manera en la que Ana se expone en plena comunión con la mujer a la que da vida: esa Chelito que te agarra el corazoncito desde el primer minuto.

Fotografía de @marcosgpunto.
En materia teatral, estamos por tanto ante un texto muy ágil que no decae en ningún momento. Mantiene una estructura clásica de presentación, nudo y desenlace a través de monólogos y diálogos. Una mezcla precisa.
Hay también acciones que suceden “fuera” del escenario y una interacción muy bonita con el público en varios pasajes. No me cabe duda de que una de las claves de esta función es precisamente esa: hacer al espectador partícipe de la historia.
En el apartado escenográfico hay un trabajo muy sólido. Los elementos que ocupan el escenario no están puestos al azar: los actores necesitan de ellos para construir su discurso, y tanto Ana Ruiz como Alex Gadea se desenvuelven con mucha naturalidad en esos cambios constantes de objetos y en la recreación de pequeños espacios dentro del propio escenario (de nuevo, el meta teatro).
Hay una escena concreta en la que Chelito y Federico viajan en tren por primera vez y el realismo del momento es total.
En música e iluminación también conviene hacer una pausa.
La música, como decía, está muy presente a través del personaje de Ana, desde su voz y su sentir, pero también atraviesa toda la función como motor de homenaje a la obra y a la tierra. El imaginario musical que dejó aquella España de las varietés fue tan enorme que, a día de hoy, es imposible no erizarse con La Bien Pagá o no tener ganas de irse de verbena si suena Paquito el Chocolatero. Así somos.
La iluminación, en clave baja y cálida, acompaña el desarrollo de los personajes conforme avanza el texto. Hay momentos en los que su incidencia es especialmente significativa, y consigue mantener con precisión el pulso de lo que se está contando.
Y es justo reconocerlo también: cuando la técnica está en consonancia con la historia, hay algo que encaja. Esto también es teatro.
No me cabe duda de que una de las claves de esta función es precisamente esa: hacer al espectador partícipe de la historia.

Fotografía de @marcosgpunto.
Como nunca sé cuál es el límite entre escribir una reseña y hacer una disertación con spoilers, lo dejo aquí.
Un viaje sin retorno tiene muchísimos ingredientes para funcionar tan bien como lo hace.
El más importante, desde mi punto de vista: sus personajes son humanos y así se retratan a lo largo de toda la función, de principio a fin. Hay un contexto social e histórico que funciona como ambiente, pero que no empaña la historia que se cuenta, que al fin y al cabo es universal: el amor, los sueños, la ambición, el auge y la caída, todo lo que podría haber sido y no fue.
Un texto que apela directamente al espectador y que también lo hace partícipe, poniendo en valor, ahora sí, el poder del arte.
Me encantaría que esta pieza viajase tanto como lo hacen Chelito y Federico sobre el escenario, que quien la lea sintiera las mismas ganas de consultar fechas de una gira que no deja de sumar ciudades con citas confirmadas hasta 2027.
Antes de acabar, una reivindicación: apaguemos los móviles en los teatros. Nuestra vida no es más interesante que lo que ocurre sobre el escenario y nos podemos permitir pausarla, por un momento. El email del trabajo, el WhatsApp de tu prima, pueden esperar.
Por favor, amor por las personas que están trabajando para que los espectadores disfrutemos y, fíjate que paradoja, desconectemos por un rato. No queremos móviles sonando ni iluminando caras. De verdad que es una cosa que me tiene frenética y que cada vez se repite más. Respeto, respeto y respeto.
Vuelvo a la alegría: gracias infinitas a Alex Gadea por querer entrar en mi universo creativo desde el principio y por el abrazo post función. Lo mismo a Ana Ruiz: nos prometimos una charla prontito y ojalá que así sea.
Y a ti, si has llegado hasta aquí, te invito a viajar con ellos… aunque no sepas muy bien cómo volver después.
*La imagen principal es una fotografía de @marcosgpunto.


