Hay un verso en El arado, la bellísima canción de Víctor Jara, que dice: “y el sol brilla, brilla y brilla”.
La escucho. Desde que salté de la butaca cuando se apagaron las luces y Fuenteovejuna lo hizo, la escucho.
Así que ahora, no sé cómo voy a seguir este texto pero sí sé cómo lo voy a llamar.
Han pasado un par de semanas, quizá tres, desde que me encontré con Rakel Camacho en un mediodía de sol brillante en el hall del Teatro Principal de València. Para ella, que vive por y para este oficio maravilloso, la entrada de un teatro es un lugar de encuentro, casi una puerta de acceso a su universo vivo. Para mí, el simple hecho de pisarlo ya es fortuna. Dos formas de habitar un mismo espacio.
Reflexiono y caigo en la cuenta de que necesitaba darle tiempo a la agitación vital que sentí después de ver Fuenteovejuna, la que Rakel parió junto a María Folguera, un elenco y un equipo artístico que, literalmente, encumbra el clásico de Lope de Vega a un estrato escénico que mis ojos jamás habían alcanzado.
Nunca nada parecido, lo prometo.
Esta pieza pretende ser una radiografía exhausta y honesta de todo lo que ella me contó. Será también, casi sin quererlo, una especie de reseña. O quizá una carta de amor a ese Fuenteovejuna que me arrasó entera.
Recuerdo que en un momento de nuestra conversación le digo a Rakel algo así como: «No sé mucho de técnica teatral, así que escribo sobre lo que siento».
Ella me responde: «No pasa nada, lo importante es hablar de las cosas».
A ver cómo me sale.
En un lugar de la Mancha de cuyo nombre sí querrá acordarse, Albacete, empieza su carrera una de las directoras de escena y dramaturgas más valientes que tenemos en nuestro teatro contemporáneo.
Fue taquillera del Teatro de la Paz, debutó sobre sus tablas como actriz y más tarde, bártulos y sueños en la mochila, se formó en Dirección de escena en la RESAD de Madrid. Ahí empezó a gestarse la directora que es hoy.
Sentadas en la entrada del Teatro Principal, ese mismo espacio que años atrás también despertó en mí la urgencia de entender, reconozco algo en su trabajo que me fascina: ese teatro kamikaze, sin red, sin concesiones. Y la pregunta me sale sola, inevitable.
Tiene que ser la primera: ¿qué lugar ocupa el riesgo en ti?
Soy muy amiga del riesgo y una persona que no puede soportar las injusticias. Y eso al final lo tengo interiorizado a la hora de crear.
También me llevo muy bien con los retos. Creo que tengo una fuerza que valoro y estimo mucho, y eso se reconoce por el público, por la crítica y por quien disfruta de mis espectáculos, incluso por quien disfruta menos de ellos.
El teatro de Rakel es una amalgama de disciplinas artísticas que atraviesan la escena. Es el texto multiplicado por un infinito de lenguajes que construyen proyectos únicos.
Una forma de contar historias que no se conforma con lo que está bien, que rechaza la complacencia, en una búsqueda de la excelencia que emerge de la experimentación y el compromiso:
Creo que el teatro es un altavoz y tenemos poder para contar a través de la expresión artística las cosas con las que conectamos y las cosas que a la humanidad le duelen. Es mi compromiso y siempre lo fue. El día que tenga que hacer un teatro que no refleja ciertas injusticias, pues me estudio una oposición y hago otra cosa.
En el eje cronológico de Rakel hay un montón de fechas marcadas en negrita.
Una de ellas es la creación de La Intermerata, compañía que funda junto a Rebeca Abellán y Mariano Polo. De ahí nace su lenguaje propio: el espectáculo total, el teatro en 360º que hoy es su firma.
Y es en ese espacio donde el compromiso se transforma. De cualidad a herramienta. De ética a método para agitar desde dentro de la experiencia total:
Soy directora porque necesito hablar de lo que duele. Y desde la alegría también, porque en mis procesos hay mucha exigencia, pero hay mucho cariño y muchísimo amor. No me interesa un equipo de gente que pasaba por allí. Quiero que los proyectos transformen a las personas que los hacen, porque desde ahí parte también la intención de transformar al espectador.
En la era de las redes sociales es más fácil bucear por la intimidad de aquellos a quienes admiramos. Lejos de los protocolos, Rakel Camacho utiliza su altavoz para denunciar esas injusticias que, como ella misma dice, no tolera.
Creo que hay algo admirable en esa exposición sin filtros. Pero me pregunto: ¿hasta qué punto este contexto convulso que nos envuelve, condiciona su manera de crear?
Pienso que no me expongo tanto como creo que hay que exponerse, porque no merece la pena que te etiqueten. Pero llevo muy mal la ausencia de valores en la sociedad. Y ahí sí, lo sufro. Quizá la experiencia te va calmando, pero tengo que asumir quién soy, tengo que abrazar mi naturaleza y seguir con ella.
Afortunadamente tengo el teatro para canalizar todo esto. Y muchas veces me pregunto: Quién no tiene un medio artístico para expresar y para canalizar ese dolor: ¿qué hace? Necesitamos imaginar para sobrevivir, y si no tenemos eso, siento que no tenemos nada realmente.
Creo que el teatro es un altavoz y tenemos poder para contar a través de la expresión artística las cosas con las que conectamos y las cosas que a la humanidad le duelen.

Fotografía de Javier Naval. Fuente: www.nave10matadero.es
Hacía alusión a su eje cronológico, pero me parece más interesante abordar su extensa carrera como si de un mapa de tramas se tratase. En él, aparecen Nieva, Valle-Inclán, Lorca, Carmen Martín Gaite. También Fassbinder, Bolaño, Hellen Keller. Tantas vidas, tantas perspectivas, todas vistas y contadas desde el filtro de una directora que se atreve con cualquier cosa.
Pero si tuviésemos que hacer un alto en el camino, hay un nombre que se repite. Una voz que la acompaña en muchos de los proyectos que Rakel emprende. La otra protagonista de su Fuenteovejuna histórico.
La dramaturga, directora y escritora María Folguera:
María tiene una delicadeza y una mano muy fina. Es súper erudita, conoce muy bien los detalles de la materia en la que tiene que trabajar. Y yo soy una salvaje y ella lo sabe. Trabajamos de una manera tan conjunta que muchas veces no se sabe quién ha ideado tal cosa.
María ha adaptado la obra universal de Lope de Vega al universo creativo-escénico de Rakel con tanto rigor poético como acción. Porque el de ellas, no es un Fuenteovejuna cualquiera.
Desde el inicio de la obra hasta el final, el texto es un hilo conductor del que tiran unos personajes perfectamente diseccionados: no hay fisuras en las interpretaciones ni en los parlamentos. En verso, claro, pero con una contemporaneidad de hechos que asusta incluso al más valiente.
En ese trabajo minucioso de traer el siglo XVII a nuestro hoy, tenían claros tres ejes: afrontar la violencia explícita, reivindicar a las mujeres en ese contexto particular, y mostrar cómo la lucha de clases, representada en un pueblo unido pero contradictorio, es la que agita todo:
Fuenteovejuna no se puede abordar desde lo apolítico. Lope de Vega se mojó muchísimo. La monarquía era progreso en ese momento de la historia, pero lo que está claro es que es una historia de opresores y oprimidos, y tiene como resultado la violencia. Tanto contra las mujeres como contra los hombres. Eso era muy importante rescatar.
La barbarie de Fuenteovejuna la encarna un glorioso Chani Martín en su papel de Comendador, junto a Eduardo Mayo y Mikel Arostegui Tolivar en el rol de sus esbirros: Flores y Ortuño. Los antagonistas que marcan un ritmo vertiginoso cuyo arco parte de la desgracia y llega hasta el asco.
Ese asco que produce verlos. Esos «señoros» que Lope dibujó magistralmente, que no solo quieren acabar con todo. También con todas. Una violencia que incomoda pero que se hace necesaria. Que traspasa la barrera entre contar los hechos y darles valor:
En esta obra se ha criticado mucho la violencia explícita. Todo el mundo sabe que es mentira, pero impacta mucho. Impacta más porque hay actores haciéndolo. Eso es hermoso, claro.
Pero decían que un clásico no tiene que ser explícito porque está todo en el verso, en el texto. Muy bien, me lo leo y digo: «Bravo, Lope. Gracias, Lope». Pero yo vivo hoy. Tengo que aplicar mi mirada como directora. Si no, ¿para qué me dedico a esto? No tendría ningún sentido. Hay un compromiso con ciertas obras, y «Fuenteovejuna» no puede ser una obra correcta.
Las palabras de Rakel sobre su visión del hoy, me permiten volver a la conversación con Eduardo Mayo. Cuando hablamos de Fuenteovejuna y movida por la curiosidad, no me corté en preguntarle cuánta libertad creativa cabe en un texto clásico: ¿es todo tan encorsetado cómo parece? Le dije. Su respuesta fue súper honesta: «La libertad es máxima».
Por supuesto, tenía razón.
Ahora, le formulo una pregunta similar a su directora, como una especie de cierre de círculo:
Para mucha gente un clásico es un canon que te encierra en un corsé. Yo creo que en el siglo XXI tenemos que ponernos en comunicación con ese clásico. Por eso es clásico, porque es paradigma. Un clásico es lo imperecedero en el tiempo.
Hay críticos que han llegado a decir que tu versión roza lo gore…
Es que creo que es absolutamente necesario mostrar los hechos. Quien no quiera contar ‘Fuenteovejuna‘, que no la cuente. Lo difícil, por ejemplo, fue abordar a los reyes y ese «Deus ex machina» que viene a salvar todo, representando el progreso. Conseguí encontrar en los reyes una identidad que pertenece a la obra de Lope y también a mi lectura. Y eso está ahí. En una obra así, no arriesgarse es lo condenable.
Durante la entrevista, Rakel me cuenta cómo ha sido trabajar con un elenco de diecinueve actores. Me pide que no me olvide de mencionar a ninguno. Me lo anoto mentalmente. Queda registrado en mi grabadora. Lo haré enseguida.
Pero ahora, necesito destacar la grandiosidad de Cristina Marín-Miró como Laurencia. Ese tercer acto redondo que los espectadores sentimos vivo, gracias al salto al vacío de esta adaptación.
Como dice Rakel, su exposición plena como motor dramático. La voz femenina también pronunciada por Lorena Benito, Carmen Escudero, Nerea Moreno, Cristina García, Lucía López, Laura Ordás y Adriana Ubani, ahora sí, agarrada del brazo e impulsada a los cielos:
El monólogo de Laurencia es el punto de partida. Es todo el impulso de las mujeres a cambiar la situación, a transformar la realidad, a tomar la voz, a tomar el poder, a decir no a los comendadores, y a dar juntas las voces, a caminar unidas. Eso es hermosísimo como para perderlo de vista.
Es emocionante verlas en acción, sí. Como también es emocionante trazar la personalidad del pueblo que lo hizo. Lo que para la técnica es el coro, para Rakel y María es la personificación. Todos y cada uno de los integrantes que forman Fuenteovejuna tienen su butaca reservada en esta historia.
Un pueblo habitado por la sensibilidad de los actores y actrices que se desnudan ante el verso de Lope. Que trascienden en conjunto frente al escenario. Que gritan basta.
¿Quién lo hizo? ¡Fuenteovejuna lo hizo!
Teníamos muy claro que el coro tenía que dejar de ser un coro y tener personificación. Son personas que hablan. Fue fundamental eliminar el concepto de coro y trabajar con una unión de un pueblo en el que hay diferentes identidades que se complementan unas con otras.
Es un pueblo que se centra en el amor, en los cuidados, en amarse. Y al final el amor social, el amor a la comunidad, es lo que triunfa. De eso estamos tan carentes hoy en día.
Sobre el pueblo y el amor de Laurencia y el fantástico Frondoso de Pascual Laborda, seguimos charlando largo y tendido. También sobre el teatro visto desde la perspectiva de la fisicidad. No es casualidad que en esta versión otras artes emerjan como lo hacen: el canto, la danza, la lucha, la percusión. Lo barroco y lo pagano. Lo mundano y lo universal.
El furby de Mengo y la vida que le da Alberto Velasco es sobresaliente. Neones. Rosa. Amarillo fosforito. Los Reyes Católicos en plan rave escenográfica y verbal de Pedro Almagro y Nerea Moreno.
Pistolas. Jotas. Transgresión. Whisky. Enaguas. Deportivas. Un diseño de iluminación y escenografía de vuelos altos. El sonido, presente perfecto. Aplaudo a todo el equipo artístico.
Todos los cuerpos. El de un Jorge Kent divino agredido en el papel de Esteban. La mirada penetrante de Jaime Soler Huete. Flipé fuerte con el control de sus gestos. El contraste con la bondad que rezuma Vicente León. Muchos conceptos unidos partiendo del movimiento: Fernando Trujillo danzando. El aire fresco de Mariano Estudillo.
Lo físico, al fin y al cabo, elevándose. Rakel, aquí tienes mencionados a tus diecinueve actrices y actores.
La entrega del elenco, sin reservas y sin límites, ha sido una maravilla. Es un montaje casi operístico. Y además muy complejo, porque hay escenas con muy pocos actores, pero también muchos momentos con mucha gente.
En los ensayos, cuando empezamos a ver escenas en continuidad, yo lloraba. Me emocionaba muchísimo. No podía evitar ser espectadora de eso. Me ha pasado pocas veces.
«Fuenteovejuna» es un pueblo que se centra en el amor, en los cuidados, en amarse. Y al final el amor social, el amor a la comunidad, es lo que triunfa. De eso estamos tan carentes hoy en día.

Fotografía de Pablo Lorente. Fuente imagen: https://teatroclasico.inaem.gob.es
Quiero que mis pinceladas sobre Fuenteovejuna acaben justo aquí, porque nunca se sabe el recorrido que puede llegar a tener una obra y no soy amiga de los spoilers.
También pienso que hablar de spoilers en un texto del Siglo de Oro igual no procede, pero hay una fecha confirmada a la vista —Logroño, del 24 al 26 de abril— e imagínate que de repente tengo una horda de lectoras y lectores en La Rioja: no es cuestión de destriparles todo.
Agitada y agradecida por poder formar parte, de algún modo, de esta obra de arte, quiero aterrizar ahora en el trabajo de campo. Recordemos: Rakel Camacho. La directora de escena salvaje que se transforma a medida que los procesos avanzan con ella.
Le sorprende esta pregunta —para bien—, pero tenerla delante y no hacérsela sería perder el tiempo. Así que la formulo tal y como lo hice allí: ¿qué te pasa por el cuerpo cuando aterrizas en la sala de ensayos?
Yo me pongo más nerviosa el primer día de ensayos que en el estreno. Para mí ese primer día es hacer el amor. Es esa conexión. Tiene que darse algo. De repente se para el mundo porque llego allí con un hervidero mental y emocional muy fuerte. A partir de aquí, hay que currar, hacer y practicar el medio artístico todo el rato.
En el último año, Rakel ha puesto en pie proyectos como El cuarto de atrás, de Carmen Martín Gaite; Las amargas lágrimas de Petra von Kant, de Rainer Werner Fassbinder; y la ya desgranada Fuenteovejuna.
Miradas distintas, relaciones con los elencos y propuestas que se mueven de lo íntimo a lo gigante:
Me gusta reflejar una comunidad en el escenario, que haya algo colectivo fuerte. No me gusta establecer jerarquías entre los actores, estoy absolutamente en contra de esa idea.
Incluso en obras con muy pocos actores y personajes he conseguido encontrar esa fusión, esa coralidad. En «El cuarto de atrás» eran tres, y recuerdo que Emma Suárez me decía: ‘los tres somos uno’. Y era maravilloso.
Desde esta forma tan personal de enfrentarse a los proyectos, me surge también la duda de cómo se relaciona con el espectador.
Podríamos entrar en el terreno de la sobreestimulación a la que estamos sometidos, hablar de redes o incluso debatir si los móviles deberían acompañarnos en los teatros. Pero son tantas las cosas y tan ajenas al arte las que se cuelan aquí, que casi prefiero dejarlas a un lado y ser directa: ¿crees que el espectador actual evoluciona o involuciona?
Evoluciona porque el teatro es un refugio. Lo cotidiano se para, lo que está fuera deja de existir y nos metemos en este espacio tiempo para compartir lo que está pasando ahí.
Por eso cuando se dice que «el teatro es como la vida», yo no estoy de acuerdo. Nunca. El teatro refleja la vida, el mundo y todo aquello que queramos contar en esa historia. Pero es un paréntesis maravilloso y muy poderosa la experiencia.
Ahora transcribo y leo. Me agito de nuevo. Me emociono y llego a la pregunta final. Reconozco que es un poco cliché, pero me sirve para ponerle el broche a esta experiencia vital que ha sido hablar con Rakel Camacho.
Un cierre de telón que, creo, le hace justicia a lo explorado, pero que deja con ganas de más. Un final en dos actos:
Voy a dirigir una ópera maravillosa el año que viene que me hace muy feliz. También pienso siempre que no me moriré sin hacer cine y que me encantaría dirigir espectáculos no teatrales. Que me llamase una artista como Rosalía para dirigirle un concierto o un espectáculo y decirle: «llévalo por aquí». Todo lo que tiene que ver con la música me apasiona.
Y entonces, la última: ¿qué le dirías al teatro?
Amo el teatro, me gusta el espectáculo en vivo y su fusión de disciplinas. Yo lo concibo como una obra de arte total. Y a mí me gusta irme ahí, con todo.
El teatro refleja la vida, refleja el mundo, refleja todo aquello que queramos contar en esa historia. Pero es un paréntesis maravilloso. Es muy poderosa la experiencia.

Fotografía de Isa Saiz. Fuente: www.nave10matadero.es
El día de la entrevista salgo del teatro y me vuelvo caminando a la oficina. Pienso que por qué tengo que volver a ese lugar en el que casi nadie me comprende y por qué tengo que interpretar este papel de adulta funcional si yo lo que necesito es hacer preguntas para seguir descubriendo.
Esto es lo que quiero hacer, me digo. Y siento también mucha fortuna por poder haber compartido este rato con un referente como ella. La suerte se busca y el arte se encuentra.
Pasan los días y en la noche de Fuenteovejuna espero en la puerta lateral del Principal porque quiero abrazar a Eduardo Mayo y darle la enhorabuena por su Flores. Impactada y realmente arrasada, vuelvo a cruzarme con Rakel. La función ha sido perfecta, le digo. Está muy contenta pero me puntualiza que siempre hay cosas que pulir. La exigencia y la alegría pueden convivir.
Fuenteovejuna continúa su gira. Tiene una última parada confirmada en el Teatro Betrón de Logroño los próximos 24 y 25 de abril. A su vez, Las amargas lágrimas de Petra von Kant llegará al Teatre Romea de Barcelona del 12 al 24 de mayo.
Rakel, mientras sus criaturas escénicas están en movimiento, emprende nuevos proyectos. El más inminente: Palabra de perro de Juan Mayorga, en la 49ª Edición del Festival de Teatro Clásico de Almagro, días 17 y 18 de julio.
Y después, esa ópera que nos prometió.
Pero mientras llega, vuelvo a Víctor Jara.
Vuelan mariposas.
*La imagen principal es una fotografía de Sergio Parra.


