«TERRA», de Rei Ortolá

La escena musical actual la domina Bad Bunny.

O, al menos, una buena parte de los quesitos del trivial de la industria llevan su nombre. Eso es indudable.

Estos días, en los que tanto se habla de su «residencia», esa forma súper cool de referirnos a una sucesión de conciertos en una misma ciudad por parte de un único artista, no puedo evitar pensar en el recorrido del arte: nace, se construye y, finalmente, se vende. Casi siempre se vende.

Podría reflexionar largo y tendido sobre la polémica surgida alrededor del concepto de la casita y los debates derivados de la gestión de ese espacio concreto del show de Benito. Sin embargo, más allá de la controversia, hay algo evidente: el puertorriqueño ha hecho de su raíz una bandera. Un origen cultural, emocional y territorial con el que millones de personas han conectado alrededor del mundo.

Y precisamente de raíces (y más historias) habla TERRA, el nuevo disco de Rei Ortolá, que trataré de desgranar en las próximas líneas.

Así que, para hacer este camino juntos, te invito a leer, pero sobre todo, a escuchar.

Si lees con cierta asiduidad mis piezas, sabrás que detesto el concepto de viralidad. Sin embargo, hoy necesito recurrir a él para explicar cómo y en qué contexto descubro a Ramón o, mejor dicho, a Rei.

En los días posteriores a que la DANA arrasara mi tierra, València, se sucedieron multitud de manifestaciones artísticas tan bellas como necesarias. Supongo que porque, cuando la realidad se vuelve insoportable, el arte encuentra la forma de ocupar su espacio.

De repente, te llega un vídeo por WhatsApp. Una canción empieza a sonar. Una guitarra sutil sostiene una voz rasgada y súper personal: «Cuando el agua rompió el suelo y el sol se ha escondido ya…». Poco después aparece una segunda voz, esta vez femenina, dulce y contenida. Y entonces la canción deja de ser solo una canción y se convierte en himno. Un espacio colectivo en el que descansar el oído cuando el horror lo acapara todo. Rei Ortolá y Silvia Brasero pasan a formar parte de la banda sonora de una pesadilla de la que, poco a poco, seguimos despertando.

Pasa el tiempo, que al final es lo único que siempre acaba pasando. Y aunque no pierdes de vista aquella voz rasgada, un viernes de mayo de 2026 ve la luz TERRA: un disco debut compuesto por diez canciones que suenan a mar Mediterráneo.

Aunque tiendo a analizar lo que sucede canción a canción cuando escribo sobre música, esta vez quiero proponer un matiz diferente. Quizá porque TERRA no funciona únicamente como una suma de temas, sino como una experiencia completa. Una de esas escuchas que dejan una sensación que se parece bastante a volver a casa.

Semillas abre el álbum con una breve introducción instrumental en la que Rei no desaparece del todo, pero sí se permite explorar otras formas de contar a través de la música. Hay algo de declaración de intenciones en esos primeros compases. El concepto de raíz aparece desde el principio y permanecerá presente durante todo el recorrido.

Porque buena parte de la esencia de TERRA reside precisamente en su naturaleza sonora. Conviven aquí un sonido orgánico que bebe del folk de autor y unas letras que encuentran un equilibrio poco frecuente entre emoción, mensaje y honestidad.

Hay pasajes como LMDLMMTQR o Miedo en los que la percusión emerge con discreción para marcar el pulso de canciones construidas desde la calma. Sobre ella se apoyan instrumentos de cuerda, algunos arreglos de viento y una guitarra que termina convirtiéndose en una de las señas de identidad del álbum. Igual que lo es de su autor.

No tengo los conocimientos necesarios para desgranar cada decisión de producción que habita en TERRA, pero sí la sensación de estar ante un trabajo que entiende muy bien cuál es su hilo conductor y que lo cuida hasta el último detalle.

Los instrumentos refuerzan la identidad sonora y dan lugar a una atmósfera que envuelve toda la escucha, pero que también sabe generar contrastes. El pico de la ría y L’Hora Baixa a la Albufera son un buen ejemplo de ello. La primera empuja hacia delante; la segunda invita a detenerse. El impulso y la intimidad conviven así dentro de un disco que encuentra en los matices una de sus mayores fortalezas.

Sigue este paseo en el que el sonido es tan protagonista como lo son las letras y Domingo es probablemente el mejor ejemplo.

Hay un trabajo de introspección y vulnerabilidad por parte de un autor que tengo la sensación de que escribe para cantar y canta para escribir. Al escuchar TERRA, resulta difícil separar ambas cosas. Las canciones nacen de una mirada profundamente personal, pero encuentran la manera de expandirse hacia lo colectivo.

Los versos de Rei hablan de familia, de costumbres y de lugares. El mar aparece una y otra vez. También los territorios que habitamos y que, con el tiempo, terminan habitándonos a nosotros. El norte, el origen y la pertenencia funcionan como un hilo que conecta gran parte del álbum.

Son letras que juegan a transformarse en metáforas de experiencias personales para acabar desembocando en temas universales. El amor, el miedo, la identidad o la necesidad de encontrar un lugar al que llamar hogar sobrevuelan constantemente una obra que brilla por la intimidad de su propuesta.

También merece una mención especial la convivencia natural de diferentes lenguas. Lejos de sentirse como un recurso o una declaración de intenciones forzada, forma parte del propio ADN del proyecto. Hay espacio para el gallego en canciones como Corazón de marinero, los versos en euskera de Idoia en Rincones de esta tierra, única colaboración del álbum, y, por supuesto, para el valenciano, la lengua materna de Ortolá. Un gesto que refuerza la honestidad de un disco que, precisamente, encuentra su ancla en no esconder nunca de dónde viene.

Como todos los bailes, TERRA también tiene un final. El suyo llega con la canción que da nombre al disco. Se cierra así un recorrido por los lugares, los recuerdos y los principios a los que Rei ha querido cantar durante estos diez temas. Queda la sensación de haber acompañado a alguien en un viaje profundamente personal y, al mismo tiempo, reconocerse en algunas de sus paradas.

Si este es tu primer acercamiento a Rei Ortolá, te animo a seguir descubriendo su mundo. Un universo que nace de la búsqueda de una voz propia en un contexto musical repleto de ruido, que encuentra refugio en la honestidad de sus letras, se expande a través de un cuidado imaginario visual y termina desembocando en un directo que, intuyo, debe sentirse muy parecido a estas canciones: cercano, cálido y sincero.


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