En alguna pieza que habita este espacio tan mío ya dejé caer que la fotografía me fascina y me asusta a partes iguales.
La fascinación es evidente. Hay algo casi inabarcable en un lenguaje capaz de decirlo todo sin necesidad de movimiento. Una imagen fija.
Sin embargo el susto, el miedo o como lo quieras llamar, viene de lejos. De mi época universitaria donde intenté explorar el audiovisual en todas sus dimensiones, incluyendo la fotografía. Aprendí la técnica, claro. Pero descubrí que esos conocimientos no bastaban para contar historias. Puedes dominar la luz, el encuadre, el momento preciso del disparo, y aun así, siempre hay algo que se te escapa.
Un detalle que solo los fotógrafos que se entregan a su arte tienen: la capacidad de ver antes de mirar por el visor.
Así que hice las paces conmigo misma. Escogí las palabras, me conformé con los álbumes decentes, y entendí que había gente como Lázaro Cabrera capaz de quedarse con lo que de verdad importa: esa grieta mínima donde habita la verdad de una persona.
Esta conversación va de celebrar las coincidencias y las sinergias, y efectivamente, todo apunta a que tendrá final feliz, porque resulta que cuando le das la mano a alguien que sabe observar, cuando haces dialogar la fotografía y la escritura, sucede algo mágico.
El complemento perfecto.

Podría definir esta entrevista como un sí pero no.
Sí, porque me cito con Lázaro a través de videollamada para que me cuente cómo es ponerse frente a alguien y lograr que se entregue al clic del botón cuando disparas. No, porque me gustaría que todo el peso de esta pieza lo tuviese la imagen. Que la fotografía hablase por sí sola y las palabras fueran solo el acompañamiento necesario.
Pero la creatividad siempre busca su camino, y a veces la necesidad nos obliga a narrar.
Hace un par de meses tuve la fortuna de sentarme a charlar con la actriz Beatriz Arjona. Es una de esas conversaciones que guardo para siempre: no solo aprendí muchísimo, también sentí una conexión profunda con la forma en que vive sus procesos creativos y el día a día desde esa filosofía del pico y pala que ella misma acuña. Esos procesos que tanto celebro cada vez que me siento frente a alguien.
El caso es que, gracias a Beatriz, Lázaro y yo nos pusimos en contacto. Y de ahí nació esta idea: fusionar dos mundos que tienen más en común de lo que parece. La palabra y la fotografía. El texto y la imagen como un solo lenguaje.
Antes de seguir, le pido que volvamos a su principio:
Me inicio en la fotografía porque hace siete años me compré una cámara, y estuve al menos los tres primeros haciendo fotografía de calle. Pero como la fotografía de calle no la puedo publicar por temas legales, empecé con el retrato. En un principio el retrato no me llamaba en absoluto. Sin embargo, ahora se ha convertido en mi motor principal.
Los retratos forman parte esencial del trabajo de Lázaro Cabrera.
Por su lente han pasado intérpretes como Natalia Huarte, Mamen Camacho, Fernando Cayo o Noemí Ruiz. Y hay algo especialmente interesante en fotografiar a quienes viven constantemente entre personajes: la necesidad de generar un espacio seguro donde, por un instante, desaparezca la interpretación y permanezca la persona.
Ser fotógrafo es saber explicarle a la persona que tienes delante quien eres tú y que esperas de ella o él. Tienes que aprender a generar confianza y ellos te van a dar en función de ese pequeño vínculo. Si consigues esa confianza, vas a obtener lo que quieres sin necesidad de pedirlo.
Eso es clave: esa comunicación donde empiezas a jugar con la persona y todo fluye. Y lo que más me gusta es que utilizas mucho la fisicidad. El retrato no es solo primeros planos. Consigo hacer retratos donde todo tu ser está representado, independientemente del tipo de plano.
No es fácil construir vínculos en el tiempo que dura una sesión: ¿me equivoco?
Eso lo aprendes haciendo muchos retratos. Hay gente que por lo que sea es muy distante y no te lo permite, pero normalmente la función del fotógrafo es romper esa barrera. Luego también hay una función de director, tienes que saber dirigir a una persona para que cuando se ponga frente a ti lo haga con confianza. Es una labor de psicología pura.
Yo esos vínculos los construyo tomándome un café antes y un café después de la sesión. Así conseguimos establecer una comunicación que me va a servir luego para la sesión.


En los proyectos artísticos siempre abrimos una veda importante: la de los referentes y las referencias.
Porque es cierto que todo está inventado. Y es cierto que la inspiración viene de cualquier lado: de una obra magna o de un momento cotidiano. Observar y trasladar lo que vemos a lo que somos, es parte del proceso.
Sin embargo, para Lázaro la preparación de las sesiones no funciona así. Tiene más que ver con las sensaciones que le produce el momento de tener a alguien delante, que con algo planeado con antelación.
En mi caso casi nada está planeado, me gusta salvar el momento. Cuando quedo con una persona digo: «Ponte cómodo con lo que te identifiques». Yo me busco la vida para hacer una buena foto.
Me puedo ir a un muelle de carga y jugar con el contraste o al Museo del Prado y jugar con la luz, o simplemente ver qué sale en el momento. Me gusta guiarme por lo que siento, por lo que me inspira la otra persona. La sesión la hacemos entre los dos.
Lázaro y yo estamos creando un proyecto que será el espacio de encuentro entre la imagen y la palabra.
Y lo interesante es que, aunque parezca que la fotografía puede narrar sin palabras, él tiene clarísimo que el fotógrafo siempre tiene que contar algo. Poético, literario, geométrico. Pero contar.
¿Cómo lo consigues?
Utilizo las herramientas del entorno e integro al personaje en ese entorno. Con eso cuento historias.
Escuchándolo hablar, resulta evidente que el espacio ocupa un lugar fundamental en su forma de entender la fotografía.
Sin embargo, para Lázaro el entorno no es decoración. Es una herramienta narrativa más. Un territorio que le expone a nuevas sensaciones y le permite seguir encontrando matices, incluso en personas a las que ya ha fotografiado antes.
Cuando haces dos sesiones con alguien, ya lo conoces más. Te cuesta más encontrar planos distintos. Pero ahí está el reto: ver y descubrir sus otras caras.
En un principio el retrato no me llamaba en absoluto. Sin embargo, ahora se ha convertido en mi motor principal.


Pero en ese viaje de narración pueden ocurrir imprevistos. Que los temblores creativos nos asalten.
Y aquí es donde él muestra una consciencia clara: el error no es enemigo, es parte del proceso.
No me frustro si una sesión no sale como esperaba. Un artista debe equivocarse y no tiene que tener miedo de hacerlo. No hay drama en que algo no salga. A lo mejor has tenido un mal día, o la luz no ha sido la correcta, o no ha funcionado por lo que sea. Te la juegas todo en un día.
Eso le puede pasar al mejor fotógrafo y al peor fotógrafo. Casi siempre evolucionar requiere equivocarte. Porque si no fallas, si todo lo haces ideal y perfecto, es muy complicado. Yo considero que me estoy construyendo todavía.
Y en esa construcción, transformada en evolución, se ve claramente en sus decisiones estilísticas. El blanco y negro es una de ellas. Una decisión que, a mi juicio, es más que acertada.
Cuando trabajo en blanco y negro me centro mucho en la forma. La fotografía parte de algo muy real y siento que el B/N me lleva a un mundo distinto. En música o pintura abstracta puedes experimentar más libremente. En fotografía, especialmente en retrato, es complicado. Lo que hago es jugar con la naturalidad, encontrar lo real dentro de lo real.

Los procesos creativos nacen, evolucionan y terminan, pero en medio de todo eso también existe tiempo para detenerse y analizar.
En fotografía, la revisión forma parte esencial del proceso. Qué imagen permanece. Cuál vibra distinto. Qué sucede en el cuerpo después del disparo.
Cabrera entiende gran parte de su trabajo desde ahí: observar, revisar y volver a mirar.
Una cosa fundamental en un fotógrafo es revisar las sesiones. Cuando tienes mucha actividad no paras en qué estás haciendo. Y si te detienes una semana y te permites observar, ves cosas que no has visto antes. Es genial.
Y en este tiempo de observación y retrospección: ¿sientes la necesidad de volver a tus primeras fotos?
Lo curioso es que muchas de mis primeras fotos me parecen mejores que algunas de ahora. Tienen más frescura. Cuando empecé fotografiaba gente desconocida, y ahí te permitías arriesgar. Pero cuando comienzas con personas más conocidas, todo cambia. Quieres agarrar la foto perfecta. Quieres la excelencia. Y eso te paraliza un poco.
Siempre que me junto a charlar con creadores que compaginan su trabajo artístico con otras ocupaciones, terminan apareciendo temas recurrentes: el síndrome del impostor, la incertidumbre o esas pequeñas situaciones capaces de poner a prueba la paciencia de cualquiera. ¿Qué fotógrafo no ha escuchado alguna vez aquello de esto luego me lo quitas con Photoshop, verdad?
Más allá de la broma, Lázaro tiene muy claros cuáles son sus límites a la hora de trabajar.
A mí no me gusta que me pidan cosas que no doy. Por ejemplo, no entrego sesiones rápido. Creo que quien se deja retratar tiene que confiar en el fotógrafo y permitir que trabaje. Por eso me atrae mucho trabajar con actrices y actores que se entregan completamente. Son gente que te dice: ‘Dirígeme’. Eso para mí es oro.
Como puedes observar, no dejamos de hablar de creación durante buena parte de la conversación y, en un presente cada vez más moldeado por la tecnología, hay un tema al que resulta difícil no asomarse: la inteligencia artificial.
Hace apenas unos días, el uso de IA por parte del Ayuntamiento de San Martín de la Vega para replicar el cartel que el ilustrador Paco Roca realizó para la Fira del Llibre de València de 2025 desató una oleada de críticas y volvió a poner sobre la mesa un debate que atraviesa a buena parte del sector cultural.
Hasta quienes llevan años construyendo una voz propia ven cómo su trabajo puede ser replicado en cuestión de segundos. Lázaro, sin embargo, tiene clara una cosa: si algo sigue sin tener sustituto posible es la mirada humana.
Para mí hay algo curioso en fotografía: debe existir lo imperfecto. Cuando haces una foto siempre hay algo que te molesta, y siempre surgen dudas. La IA aspira a lo opuesto: perfección total. Imágenes inmaculadas donde no se ve el punto humano. Pero la imperfección es esencial en el arte. Si observas un cuadro de Velázquez, hay partes sin pintar, espacios en blanco. Y eso es lo que lo hace perfecto.
Tendremos que convivir con ella porque no desaparecerá. Evolucionará mucho más. Pero tenemos que educar al espectador, al consumidor de cultura. Enseñarle a distinguir: esto es real, esto no es real. Porque al final, un actor o actriz siempre preferirá una sesión contigo antes que pasar por la inteligencia artificial.
Un artista debe equivocarse y no tiene que tener miedo de hacerlo. Casi siempre evolucionar requiere equivocarte.


Entre todas las imágenes que Lázaro me ha enviado para acompañar esta entrevista, he escogido aquellas que mejor laten en el corazón de la conversación.
Tal vez porque compartimos una admiración evidente por el mundo de la interpretación sin formar parte de él más que desde la barrera.
Sin embargo, el Lázaro fotógrafo también mira en otras direcciones. Más allá del retrato, desarrolla proyectos personales como su serie A donde llevan los caminos:
Cuando voy a Madrid a hacer sesiones o me voy de viaje, siempre llevo la cámara. Intento documentar a dónde llevan los caminos. Porque creo que la mente siempre intenta trazarse un rumbo, una ruta. Pero cuando pasa algo grave todo se redibuja. Los planes que creías fijos desaparecen. La mente se reescribe.
Este proyecto trata de eso. De cómo los paisajes y los caminos se dibujan en el tiempo. De cómo lo que ayer parecía un camino claro, hoy es otro completamente distinto. Es una documentación de esos cambios, esas transformaciones que la vida nos obliga a hacer.

Durante toda la conversación hemos hablado de observar. De aprender a mirar a los demás. De encontrar identidad en una imagen.
Pero antes de despedirnos quiero hacer el camino inverso, girar la cámara y hacerle honor al título de esta charla: ¿cómo es el autorretrato de Lázaro Cabrera?
Lo importante es quitarse los complejos. Entender que esto es lo que me gusta hacer, y no tengo por qué compararme con nadie. Cuando me dicen que reconocen una foto mía, al principio pienso que soy repetitivo, pero luego lo entiendo: tengo una mirada. Una forma de ver. Y eso es identidad.
Yo vivo la vida a través de la fotografía. Me alimento de otra cosa, sí, pero después del trabajo, cuando me pongo a editar, cuando hablo con otras personas, cuando intento avanzar: soy fotógrafo.
La fotografía es mi manera de estar en el mundo.


Nos pasamos la vida buscando nuestra manera de estar en el mundo.
La de Lázaro Cabrera pasa por la fotografía de piel. La de verdad. La que te obliga a detenerte y mirar dos veces.
Antes de colgar la videollamada nos deseamos suerte. Hemos empezado una sinergia que ojalá nos lleve lejísimos. También le digo que, si algún día expone sus retratos, me guarde un hueco para escribir los textos que acompañen a las imágenes. Estoy convencida de que ocurrirá.
Al final la cosa es bastante sencilla:
Ni hay quien nos pare.
Ni nosotros queremos parar.


