Me muero de los nervios. Prometo que no es una frase hecha.
He vuelto a sentarme delante del teclado después de bastantes semanas con el cerebro y el cuerpo en modo vacaciones, lo que me ha hecho pensar mucho en la razón de ser de este proyecto que me lanza con todo al vacío y en lo que está por venir. Y, de repente, me he descubierto leyendo la primera reseña que escribí sobre Bogotá, de Andrés Cepeda, y se me ha vuelto a encender la bombillita de la creación, esta vez con más color que sonido.
Hace unos diez años, una tarde bastante aburrida en casa, empecé a explorar en YouTube y mi bendito algoritmo de la mano de su fantástico criterio; me llevaron hasta Un Ratito, uno de los temas que forman Lo Mejor Que Hay En Mi Vida, el disco que Andrés Cepeda publicó en 2012. Aquella mezcla de reggae latino y letra traviesa me gustó lo suficiente como para abrirme la puerta a un artista que, desde entonces, me acompaña en todos mis pasitos. No me pierdo single, ni disco, ni entrevista, ni post en redes. Vamos, que podría describirme como una cepedier de manual.
Y precisamente porque llevo tantos años escuchando, mirando y siguiendo lo que hace Cepeda, soy consciente de que su música no solo ha ido evolucionando en lo sonoro. También lo ha hecho la forma de presentarla al mundo. Sus portadas, sus ilustraciones, sus colores, sus videoclips y, en definitiva, todo ese universo que rodea a sus canciones han ido construyendo una identidad visual cada vez más reconocible.
Pienso en ello mientras escucho Andrés Cepeda Big Band 2, su nuevo disco, y me doy cuenta de que no soy capaz de escribir una reseña detallada sobre un álbum que estoy disfrutando mucho pero que, a su vez, está bastante alejado de mi zona de confort en lo que a música se refiere y de la que ya he hablado alguna vez. Ya sabes: soy una mujer de costumbres… musicales.
Sin embargo, este nuevo proyecto sí me lleva a tirar del hilo de una idea que llevaba tiempo macerando en mi cabecita y que hoy, por alineación de los astros o porque directamente me flipa el mood en el que he entrado con la escucha del disco, me apetece tratar.
El imaginario visual del artista.
En concreto, el de Andrés Cepeda y la mirada de la ilustradora y artista visual Elisa Restrepo, cuyo trabajo ha acompañado buena parte de ese universo.
No pretende ser esta pieza un ensayo sobre ilustración, porque objetivamente no tengo ni idea de técnica, ni de dibujo, ni de gamas cromáticas. Pero sí quiero detenerme en algo que me interesa especialmente: qué ocurre cuando la música es capaz de mirarse. Cuando una canción, un disco o una trayectoria tan asentada como la suya, empiezan a construir también un ecosistema visual y creativo alrededor de sí mismos.
Y quizá no haya mejor momento para hacerlo que ahora, cuando Andrés Cepeda Big Band 2 acaba de sumarse a ese imaginario y el formato físico vuelve, poco a poco, a reclamar un lugar en una industria dominada por los cientos de estímulos del streaming.
When marimba rhythms start to play… i’m write!

Si nos ponemos a repasar la carrera de Cepeda a través de sus portadas, lo primero que observamos es que su imagen también ha ido acorde a los tiempos de publicación de sus álbumes.
¿Quién no recuerda esos libretos llenos de fotos imposibles del artista, con poses de dudosa naturalidad tan de 2003? ¿O esa especie de homenaje involuntario al WordArt de principios de los 2010? No digo que sea el caso, pero ya me entiendes.
Lo interesante llega cuando nos plantamos en 2015-2016, alrededor de Mil Ciudades. De repente, la imagen que acompaña a la música empieza a abrirse a otros lenguajes: la ilustración, el diseño, los objetos, las pequeñas piezas que amplían el universo del disco y hacen que este empiece a existir también fuera de sus canciones. La creatividad desborda la portada y entonces… Elisa Restrepo.
Decía al principio que yo de técnica sé muy poco, porque la realidad es que me viene justo para dibujar un árbol, y creo que es por eso que cuando me topo con una propuesta como la de Elisa, me obnubilo y entro en modo flipe. También me lamento por no saber dibujar ni combinar colores, pero me doy una palmadita en la espalda por haber aprendido a observar.
Bajo el sello de •e r r e•, basta con darse un paseo por su trabajo para descubrir que la ilustración es solo una de las herramientas con las que Elisa construye sus paisajes visuales. Hay color, mucho, variado y llamativo. Pero también hay crítica, humor, naturaleza, personajes, texturas y una capacidad muy particular para hacer convivir elementos que, sobre el papel, podrían parecer alejados entre sí. Y lo mejor es que todo acaba apuntando hacia el mismo sitio: la identidad.
Es precisamente esa identidad visual la que creo que merece la pena poner en valor y que se ejemplifica no solo en sus trabajos, sino también en el imaginario que rodea a Andrés Cepeda.
Hago parada, en primer lugar, en uno de los diseños más bellos y, me atrevería a decir, emocionales de Restrepo: la ilustración de Humberto Cepeda, padre del artista y figura central de Me estás haciendo falta (2020). El álbum nace como un homenaje a su padre y reúne algunas de las canciones que Humberto compartía con Andrés, recuperando además esa mezcla de géneros musicales que el cantautor colombiano ha hecho suya a lo largo de su carrera y que, de alguna manera, también encontramos en su territorio visual.
Para este disco, Elisa propone un retrato de Humberto a lápiz que funciona, para mí, como un ejemplo precioso de lo que implica poner el corazón en algo. Hay algo en esa imagen que trasciende el retrato y que, como oyente-espectadora, te permite bucear también en tus propios recuerdos.
No tengo claro por qué se me despierta esta sensación, pero creo que, al observar este retrato, entiendo un poco mejor el concepto que atraviesa el álbum: ese paso inevitable de la alegría por el legado recibido y el vacío que deja la ausencia. El duelo, claro, pero también el privilegio de haber compartido canciones. De haber recibido la música de padres a hijos y de conservarla después cuando quien nos la enseñó, ya no está físicamente con nosotros.
Y entre todo ello aparece un detalle que no creo que sea casual: la ausencia de color. Elisa podría haber recurrido a una fotografía antigua de Humberto, a un recuerdo real, tangible, documental. Seguramente habría sido igual de bonito. Pero convertirlo en un dibujo implica otra cosa: ya no estamos mirando solamente a la persona que fue, sino a la memoria que queda de ella. A algo que ha dejado de existir tal y como era para convertirse en otra cosa.
Quizá eso sea, precisamente, trascender.
Cuando me topo con una propuesta como la de Elisa, me obnubilo y entro en modo flipe. Y lo mejor es que todo acaba apuntando hacia el mismo sitio: la identidad.

Pero no vamos a ponernos tristes porque, si la discografía de Andrés Cepeda recoge tremendos temazos, más lo son las perlas visuales que los acompañan.
Vuelvo a nuestro tiempo reciente, concretamente a 2025 y aterrizo en Bogotá —ojalá fuese literal— para poner en valor un par de cosas. Si nos fijamos exclusivamente en la portada con las imágenes de María Camila Calle, vemos que se ha optado por unos tintes bastante clásicos: fotografía del artista en blanco y negro, con las vibras de la ciudad por todas partes. Es justo eso lo que transmite el disco a través de sus canciones, que pasan de los once temas de la edición original a los catorce si nos vamos a la Deluxe. Sin embargo, temas como El Café cuentan con su propio mini-mundo lleno de color, en el que portada y videoclip parecen fusionarse.
De hecho, es en el videoclip donde esa idea se lleva todavía más lejos: Bogotá aparece convertida en un collage en movimiento, una ciudad hecha de recortes, recuerdos y fragmentos que se superponen y cobran vida. Es la Bogotá a la que Cepeda le canta a través de sus vivencias, reconstruida por la impronta manual de los trazos de Elisa Restrepo mediante técnicas gráficas como el collage y la rotoscopia con herramientas digitales como After Effects. De nuevo, la amalgama de lenguajes artísticos encontrando un mismo lugar.
Conforme más avanzo en la escritura de esta pieza, más inesperada y especial me parece.
Porque aunque haya llegado hasta ella con la excusa de seguir las huellas visuales de Andrés Cepeda, reducir el trabajo de Elisa Restrepo a su colaboración con el músico sería quedarse, precisamente, en la superficie. Y es justo lo que quiero evitar.
Así que vuelvo a su Behance y a Instagram y me detengo, casi obra por obra, en sus ilustraciones. Las disfruto, claro, pero también intento mirarlas con algo más de atención. ¿Qué se repite? ¿Qué elementos construyen esa esfera que a primera vista parece tan diversa? ¿Qué hay detrás de ese uso del color que tanto me ha llamado la atención desde que empecé a encontrarme con ellas haciendo una pausa en mi propio scroll?
Es aquí donde creo que merece la pena poner en valor el trabajo de Restrepo al frente de •e r r e•: el espacio que deja para la crítica social y la manera en que consigue hacerla convivir con el humor, la ilustración y una paleta cromática difícil de ignorar.
Aparecen personajes sin rostro que vomitan sus frustraciones por los ojos mientras miran el móvil y después se reconvierten, viñetas que remiten al cómic y al pop art, homenajes a obras literarias y a su abuela, prints, naturaleza. Y Colombia. Colombia por todas partes. Una Colombia que yo no conozco todavía y que, precisamente por eso, también observo desde la distancia y la curiosidad.
Al final, lo que encuentro al otro lado de la pantalla es el rincón de una artista que no parece interesada en construir un único lenguaje, sino en abrir pequeños mundos dentro de uno mucho más grande. Un cosmos propio.

Ahora pienso que tengo que cerrar este post y ni yo misma sabría muy bien cómo catalogarlo. ¿Es un análisis visual de la carrera de Andrés Cepeda? Claramente no, me faltarían demasiados detalles para eso. ¿Ha sido la excusa para hablar de Andrés Cepeda Big Band 2 porque está de plena actualidad? Qué va, ¿cómo voy a escribir yo sobre boleros?
¿Quería poner en valor el trabajo que hay detrás de la construcción del imaginario de un artista cómo proponía en la intro? Puede ser. Quizá me voy acercando. ¿Simplemente quería traer a este, mi espacio, lo que me produce esta mixtura de lenguajes artísticos? Sí, seguro.
Pero cuanto más avanzo en la escritura, más claro tengo que tampoco necesito encontrar una respuesta demasiado concreta.
Hay algo que me fascina de las obras que consiguen desbordar su propio formato. Y quizá eso sea lo que más me llevo de este pequeño paseo por el trabajo de Elisa Restrepo.
Llegué hasta aquí queriendo desgranar un trocito más del firmamento de uno de mis músicos favoritos y termino descubriendo —y, lo más importante, descubriéndote— a una de mis ilustradoras favoritas.
Match total.
*La imagen principal es una ilustración de Elisa Restrepo. Fuente Behance


