Quiero quitar este título.
Pero hay algo en el teclado que se resiste al retroceso, como si borrar esta frase fuera también parar el pulso que ha tenido esta conversación desde el principio.
La razón es Frida Kahlo. Esta cita suya: pies para qué los quiero si tengo alas para volar, me conecta de lleno con lo que la protagonista de esta charla me contó.
Lo medito. Corrijo. Borro. Pero conforme escribo ya sé que se va a quedar.
Para qué cambiar algo que define tan bien a Natalia Huarte: sus ganas de volar.
Afirmar que es actriz por casualidad es una mentirijilla piadosa y por eso prefiero que sea ella quien cuente cómo pasó de lo que se esperaba a lo que decidió ser.
De Pamplona a Madrid. De la RESAD a la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico. De los trajes de época al set de rodaje. De chica Carballal a compartir plano con Coronado. De Querer a meterse en la piel de Leonora Carrington.
La trayectoria de Natalia Huarte no es una secuencia temporal, sino una forma de abrirse a personajes muy distintos, a los que siempre termina por imprimir algo propio.
Cuando salí de ver La Fortaleza, ensimismada y entusiasmada, pensé en el respeto por el trabajo y lo que hay detrás de alguien capaz de decirlo todo sin moverse un centímetro del centro del escenario.
Eso lo hace ella. Y así la reconozco.
La chica de barrio y el verso está a punto de desplegar las alas.
Aquí empieza nuestro vuelo.

Fotografia de Lázaro Cabrera | (@_lazaro_cabrera)
Los lunes por la tarde tienen algo de rutinario que me gusta: ya pasó el madrugón, ya sobreviviste a la jornada, y lo único que queda es la vida de verdad. Pero este lunes pisotea la rutina. Me planta en casa deseosa de hablar con Natalia Huarte. Ella también tiene ganas y lo percibo enseguida.
Para empezar, le cuento que por fin cierro con ella el círculo de La Fortaleza. Y de paso, aprovecho para felicitarla por el reconocimiento que acaba de recibir en los Premios de la Unión de Actores y Actrices: Mejor actriz de reparto por Ena, donde interpreta a Carmen Ruiz Moragas. Una vida más que se suma a su universo.
Siempre me pregunto: ¿cómo se miden las cosas entre mejor y peor en nuestra profesión? No se puede. Pero un premio como el de la Unión hace especial ilusión, fue una noche muy especial en el circo Price, con todos los compañeros ahí. Además mi padre pudo acompañarme.
De repente sientes un reconocimiento que te da una alegría muy bonita y te conecta con las ganas, con la sensación de que merece la pena el trabajo. Es un reconocimiento precioso.
Reconocida y emocionada, nos quedamos en el presente sin desconectar de la historia.
Actualmente, Natalia se encuentra de gira con Leonora, un monólogo poético escrito por Alberto Conejero a partir de Memorias de abajo, de la artista Leonora Carrington.
Lo que comenzó como una lectura dramatizada terminó creciendo hasta convertirse en una propuesta escénica que ha evolucionado con el tiempo y con ella. Especialmente en su forma de habitar a un personaje tan complejo:
Hubo mucha conexión con Alberto desde el minuto uno. En los cuatro días que trabajamos antes de la lectura, ya apareció mucho el olor de la función. Allí leímos con los telones de Dalí de fondo — creo que es la escenografía más cara en la que voy a actuar en mi vida. Y ahora, en la función, el espacio es lo contrario. No hay nada. Solo yo y una cinta de carrocero blanca.
De aquella lectura brotó una esencia que hizo posible montar la función. Es muy bonito ver cómo un año después te juntas con un texto para trabajarlo desde otro sitio, con mucha más profundidad, mano a mano con Alberto.
Si bien Natalia se ha criado en la cuna del teatro clásico con el verso de fondo, en los últimos años ha empezado a explorar otro lugar: uno en el que el cuerpo gana peso.
Solemos asociar esa fisicidad a grandes formatos o a espectáculos de teatro musical, pero hay textos que también la exigen. Que piden al intérprete sostenerlo todo desde el gesto sin perder la voz.
Así, En Leonora, Natalia se despoja de cualquier artificio escénico y se apoya en un lenguaje mucho más esencial:
He tenido la suerte de trabajar con gente maravillosa que me ha enseñado muchísimo: Luz Arcas, Lucía Carballal, Alfredo Sanzol….gente que ha despertado mi imaginario y mi forma de trabajar.
Con Alberto descubrimos que cuantas más cosas poníamos en la escenografía, más nos las expulsaba este texto tan grande, tan poético y con tantas imágenes. La vida de Leonora Carrington era tan enorme que dijimos: no hace falta poner nada más.
Además, incide en la importancia de tener al lado un equipo artístico que sume. Porque escenografía no es solo lo visual: también son las luces, la música, el vestuario, el maquillaje. Todo lo que construye la obra:
Los teatros por donde estoy yendo enmarcan la obra. No me siento vacía porque las luces son preciosas, el espacio sonoro es precioso. Eso ya es escenografía. Y el trabajo con el cuerpo, con la palabra.
He tenido la suerte de trabajar con gente maravillosa que me ha enseñado muchísimo. Gente que ha despertado mi imaginario y mi forma de trabajar.
Bromeamos sobre cómo sería su trabajo si nunca tuviera elementos escenográficos. Me la imagino diciéndole a Bayona: Señor Bayona, quíteme ese tsunami, yo solo uso mi cuerpo. Mientras escribo me río. Es la sensación que tengo todo el rato: la risa. Su cercanía.
Pero ¿qué pasa cuando está completamente sola en el escenario? ¿Y cuándo comparte la escena con un elenco nutrido? El escenario vacío versus el escenario compartido. Dos miradas, dos relaciones distintas con el espacio.
Sí, cambia un montón. En un monólogo, la respuesta te la da el público y tú misma, modificando los tiempos. Es como si fueses instrumento y director de orquesta a la vez.
Cuando trabajas con compañeros, no todo el peso recae sobre ti. Te alimentas de lo que el otro te da. Con ellos hay una especie de intercambio constante: yo digo algo, tú me respondes, eso me modifica, te vuelvo a dar.
Profundizando en esta idea, se confiesa apasionada de los documentales deportivos, sobre todo esos que cuentan el proceso de entrenamiento y hace una analogía interesante: las funciones corales son como un equipo de fútbol, donde todos pasan el balón.
El monólogo es más como el tenis: uno a uno con el público. Estás solo contigo mismo en el escenario, y la cabeza a veces juega malas pasadas. Por eso necesitan al entrenador.
Creo que es bonito que los actores podamos trabajar en ambos modos. Y todo tiene algo de juego —en todos los idiomas es ‘play’, ¿sabes? Aquí decimos ‘actuar’, pero es eso: juego.
En Psicosis 4.48, dirigida por Luz Arcas, Natalia encarnó a Sarah Kane, dramaturga británica que exploró en sus textos las vísceras humanas: la inadaptación social, la tortura, la depresión. Una interpretación que le valió el Premio Max a Mejor Actriz en 2024.
Veo conexiones entre Kane y Carrington. ¿Crees que seguirás investigando sobre Leonora cuando cierre la gira?
Cuando estás metida en un monólogo necesitas empaparte al máximo del personaje y hacerlo tuyo. Pero hay algo que tienes que soltar también y tomar cierta distancia porque vienen otras cosas.
Por ejemplo con «Psicosis 4.48» he dado un par de charlas en la RESAD y en otra escuela y ha sido increíble hacerlo dos años y pico después, porque me he dado cuenta de la importancia que ha tenido este proyecto en mí. Creo que me puede pasar igual con «Leonora» y ojalá. Me encantaría hablar de ello con el paso del tiempo.
Y si hablamos de hablar, teatro es también hablar del público.
Si bien pienso que las artes escénicas viven un momento gozoso y que es de lo poco que se salva de las garras de la inteligencia artificial, le confieso a Natalia que, como espectadora, a veces me cabreo cuando veo que los de mi alrededor no están conectados con lo que esta pasando sobre el escenario.
Reflexionamos juntas sobre el uso del móvil, de las toses y de los caramelos que se abren en mitad de una escena. Y, aun así, para ella nada de esto tendría sentido si nosotros no estuviésemos sentados en la butaca.
Es esencial tener contacto con el público y escucharles. Normalmente son aliados. Sois lo que hace que tenga sentido estar en un escenario. Pero hay funciones donde de repente estás un poco desconectada y sientes al público como si fuese el enemigo. Haces un esfuerzo en que vengan y a veces no sabes por qué no está pasando.
Luego sales y te das cuenta de que tu percepción no es exactamente lo que pasó fuera. Eso me pone mucho en duda. He creído que hacía un esfuerzo gigante y resultó ser una función que emocionó infinito. Y al revés: estaba feliz, súper conectada, y no llegaba del todo.
Todo tiene algo de juego —en todos los idiomas es ‘play’, ¿sabes? Aquí decimos ‘actuar’, pero es eso: juego.

Fotografia de Lázaro Cabrera | (@_lazaro_cabrera)

Fotografia de Lázaro Cabrera | (@_lazaro_cabrera)
Los inicios de Natalia en la interpretación no fueron casualidad. En bachillerato comenzó a coquetear con el teatro gracias a Ignacio Aranguren, un profesor que respiraba para la escena. Allí protagonizó La Posadera, de Carlo Goldoni, y casi como una aparición, lo supo: quiero ir a la RESAD.
No sin antes indignar a un claustro de profesores que la vislumbraban en algo más «digno», con más salidas, más acorde a su excelente expediente académico.
Por suerte, Natalia tenía a su padre cerca. Él no dudó un segundo en apoyar la decisión de su hija:
Mi padre me apoyó desde el principio. Hicimos todo lo posible por conseguirlo. Entré. Y a partir de ahí la historia fluyó. No se me ha desconectado nunca ese veneno por el teatro. Ni he tenido el antídoto. Ni lo quiero.
Fui desde un lugar muy kamikaze. No tenía formación teatral. No conocía actores españoles. No tenía referentes alrededor. Esa inocencia me hizo ser más valiente e ir sin prejuicios. No tenía una meta porque no la conocía.
¿Y sientes que esa inocencia te ha hecho valorar tu profesión desde una perspectiva más consciente?
Creo que ha sido algo muy bueno. Ahora intento recuperarlo: ver películas, obras de teatro sin saber tanto, sin tener que decir algo al salir. Ver las cosas más limpias. Quizá si no me hubiera dedicado a esto, sería contable, no lo sé. Y tendría que buscar la belleza en lo que hago igual. Creo que lo importante es descubrir el placer en lo que haces.
Puedes ser actriz y no disfrutar nada. Hay épocas difíciles, momentos de dudas, de inseguridad. Pero tenemos que hacer el ejercicio de vivir cada día lo mejor que podemos. Todo es necesario.
El verbo disfrutar puede significar muchas cosas, pero siempre que hablo con alguien vinculado al teatro clásico me surge la misma curiosidad: hasta qué punto la disciplina de la que allí se empapan sigue influyendo en su manera de entender la profesión.
En el caso de Natalia, me interesa saber si su paso por la CNTC le ha enseñado a aceptar la imperfección o, por el contrario, a exigirse más control.
Durante mucho tiempo exigió más control. Y justo ahora estoy aprendiendo a soltar. Tiene que ver con atreverte en un momento a darlo todo. A equivocarte. A abrirte.
Antes quería hacerlo bien. Pero no existe hacerlo bien. No se puede medir. No hay bien o mal. Es cuánta humanidad traes. Cuánta libertad, cuánta porosidad, cuánta apertura tienes. Yo creo que ese es el acto creativo, ¿no? Como abrirte mucho para empezar a desaparecer un poco tú. Y que aparezca otra cosa.
Si hemos ido del presente al origen, ahora es el momento en el que la conversación está en el punto perfecto para desplazarse hacia los procesos creativos.
¿Cómo es ese primer abrazo con los personajes?
Casi siempre el texto es lo primero. Hay algo que me siento más libre de poder modificar, de transitar, de encontrar qué significa. Estudio muchísimo el texto para ir tranquila. Así puedo proponer dudas: ¿por qué voy de aquí a aquí? ¿Esto qué significa? Porque ha habido estudio previo.
Luego hay momentos donde el texto no aparece. Entonces voy directamente al cuerpo. ¿Qué le pasa? Y empiezan a brotar las emociones. Descubro qué siento casi después.
Decidido el punto de partida, me entra curiosidad por saber cuánto se guarda Natalia del personaje en ese tiempo de estudio que, poco a poco, desemboca en el ensayo.
Si hay una deliberación previa que le permita avanzar cuando llega al set de rodaje o a la sala, terminando de esculpir los matices de cada proyecto:
Con textos grandes, buenos, como los que tengo ahora, no me abro en canal desde el día uno. Dejo que vaya pasando. Cuando me noto preparada, lo doy todo. Aquí tienes todo lo que soy ahora. Y desde ahí moldeamos.
No trabajo con experiencias personales, pero sí conmigo. Con mis sentimientos y sensaciones. He descubierto que cada vez necesito más ser valiente ahí. Estar disponible. La edad ayuda: ves dónde te duelen las cosas, dónde te han hecho daño. Esas heridas están ahí. Y el cuerpo es con lo que trabajamos: con el cuerpo, la voz, nuestras emociones.
¿Y cuándo descubres que se te hace tan necesaria esa valentía de la que me hablas?
Hace unos tres años descubrí: tienes que darlo todo sin vergüenza, sin miedo. Para que el de enfrente pueda decir: gracias, me quedo con esto. Tengo suerte de trabajar con gente que me lo permite y que me da seguridad. Que no van a manipular lo que me pasa. Lo van a agrandar, llevarlo a otro sitio, pero viéndome a mí

Fuente imagen: https://www.teatroespanol.es/psicosis-448
Aludía antes a que, en sus proyectos recientes, Natalia se ha enfrentado a textos y personajes especialmente exigentes, tanto en lo psicológico como en lo físico.
También en propuestas como Querer (Movistar+), de Alauda Ruiz de Azúa, o Todo lo que no sé (Movistar+), de Ana Alambarri, donde la escucha y el cuidado forman parte inevitable del proceso creativo.
Y es ahí donde me surge la pregunta: ¿cómo se protege la persona de la actriz?
Hay que cuidarse. Para mí, lo primero es mi perra. Me conecta con la vida. Pasear con ella, volver a Pamplona, estar con mi padre, mi hermano, mis amigas que no se dedican a esto. Hablar de otras cosas. Que me pidan consejo. Y luego comer bien, hacer deporte.
En los procesos creativos hay que estar lo suficientemente vulnerable. Pero desde un sitio seguro. Es complicado: cuando estás ordenada, duermes bien, comes bien, no te apetece estar mal. Pero como actriz muchos ratos tenemos que estar mal. Contar conflictos gordos y poner luz a problemáticas grandes. Entonces necesito estar inestable en la actuación, pero sostenerlo con estabilidad en la vida. Porque si empiezas a estar inestable fuera también, es difícil actuar.
Pero puedes tomar el camino del medio y de alguna forma disociarte, ¿no?
Es que si pienso que nada me penetre, que nada me perturbe, tampoco lo voy a saber actuar. Tengo que dejar que aparezcan las emociones.
Para mí es ese equilibrio: un poquito de hambre, un poquito de sueño. A la vez estar muy bien cuidada. Para poder romperme. Pero también bajar a tierra. Eso te ancla.
En los procesos creativos hay que estar lo suficientemente vulnerable. Pero desde un sitio seguro.

Fotografia de Lázaro Cabrera | (@_lazaro_cabrera)

Fotografia de Lázaro Cabrera | (@_lazaro_cabrera)
El ancla de Natalia Huarte sigue estando en el teatro, pero en los últimos años también se ha abierto al audiovisual.
Desde sus primeros cortometrajes hasta proyectos como Pájaro que agoniza, de Diego Llorente (pendiente de estreno), o su serie más reciente, Por cien millones (Movistar+), su presencia en pantalla es cada vez más habitual.
Sin dejar de lado las tablas, me cuenta que ha encontrado en este medio una forma de disfrutar de la interpretación desde otro lugar.
Yo me considero actriz. No tanto actriz de teatro o de televisión. Soy actriz y me encanta trabajar en distintos sitios. Lo que estoy aprendiendo ahora es que me siento a ver la serie y no tengo ni idea de cómo va a acabar, eso me reta. Tienes que desarrollar mucha confianza en el equipo y en la parte técnica. Decir: vale, yo he venido a hacer mi cosa. Luego ya veremos.
Eso es parte de la vida. La vida es soltar el control y la incertidumbre. Y el audiovisual me encanta precisamente por eso: es incierto total. Me viene súper bien.
Si repasamos las series en las que Natalia ha participado, encontramos una disparidad de géneros y personajes que, aunque pueda parecer contradictoria, en realidad dibuja una coherencia: ninguno se parece al anterior.
Quizá ese sea el mejor indicador de una carrera que crece a la vez que su propia exploración como intérprete.
Ahora bien, ¿cómo es eso de verse en pantalla?
No tengo mala relación conmigo viéndome. No sufro. Es verdad que cuesta, pero como ahora mismo rodar es más novedoso para mí, voy viendo cómo lo hacen otros con más experiencia. Hay gente que lo tiene clarísimo: no se puede ver. Yo depende del proyecto tengo una opinión u otra.
Ha habido proyectos donde he necesitado verme. Otras veces, por el tipo de proceso o cómo me relaciono con el director, prefiero dejarme libre y no saber qué se está viendo, para no manipularlo yo.
Indagando en esto, me cuenta que una de las cosas que más le gustan de estrenar un proyecto audiovisual es la convivencia con el equipo y la sensación de ver algo construido en conjunto.
Sin embargo, lo primero que le nace es salir corriendo. Por eso, el primer visionado prefiere hacerlo sola. Y es precisamente en esa idea de la soledad donde me detengo. En ese momento previo al “sí”. En el espacio de reflexión que una actriz se tiene que dar antes de lanzarse a un nuevo personaje.
Me pregunto entonces si, en ese proceso, se dibujan líneas rojas:
Creo que es importante entender que todo es ficción, pero sí tengo líneas rojas. No tanto de personaje. Tiene que ver con cómo se cuenta lo que se cuenta. Si intuyo que se está tratando un tema complejo y voy a defender algo que no toleraría, no lo haría.
Pienso que tenemos que atrevernos. No ser moralistas ni mojigatos. Ir con las cosas. Divertirnos. Pero si algo denigra y el mensaje que se manda no está bien tratado, ahí digo que no.
¿Y dónde colocas tú ese posicionamiento: en el discurso o en la práctica?
Creo que es importante que quien quiera se posicione. Y que no queden palabras vacías en los discursos. Que tengamos herramientas para parar donde hay que parar.
A veces hay doble moral: tienes ese escaparate y dices muchas cosas, pero luego hay injusticias que no aplicas. Para mí, las líneas rojas tienen que ver con la práctica. Con las cosas que se hacen. Tienes que apelar al espectador desde una posición clara, que sepa en todo momento cuál es tu discurso.
Otro de los horizontes que se abren cuando te entregas a la interpretación es la convivencia con el “no”.
Selftapes, castings, pruebas… no siempre sale como esperas. Y, aun así, todo forma parte del camino.
Voy a ser honesta: algunos duelen y alguna vez he llorado con algún «no». Quizá porque te viste mucho ahí, o porque te apetecía mucho la persona con la que ibas a trabajar. O porque costó encontrarlo y en la prueba te sentiste muy bien. Y de repente llaman… y nada. Ahí aparece la inseguridad: ¿será que no valgo?
Normalmente no tiene que ver conmigo. Tiene que ver con encajar, con el reparto, con la energía de quien dirige. Pero hay algunos que se quedan conmigo, aunque con el tiempo se relativiza.
Giramos ahora la mirada hacia el otro extremo: ¿qué te hace decir que sí a un proyecto?
Siento que ahora mismo estoy en una posición privilegiada y tomo decisiones basadas en si el proyecto apela a una parte de mí que quiere explorar eso, contarlo. Me guío por una sensación que me viene a la tripa y me hace decir: esto sí.
Sí tengo líneas rojas. No tanto de personaje. Tiene que ver con cómo se cuenta lo que se cuenta. Si intuyo que se está tratando un tema complejo y voy a defender algo que no toleraría, no lo haría.

Fuente imagen: https://borialmanagement.com
En la recta final de la entrevista, descubrimos que ambas somos súper fans de Succession. Le pregunto qué personaje sería y, sin dudarlo, me dice que depende del día: que le gustaría ser uno distinto cada vez.
Eso me fascina de ella: esa capacidad de no cerrarse a nada. Yo le confieso que mi favorito es Tom y su caos contenido y ahí, casi sin querer, abrimos una conversación sobre la industria actual desde los ojos de la actriz.
El acceso a las plataformas y la proliferación de creadores han abierto nuevas formas de contar historias, pero me interesa saber cómo se vive toda esta vorágine desde dentro:
Creo que hay hueco para muchas historias, pero sí noto como las plataformas influyen en cómo se cuenta un guion, en cómo se dirige. Hay cosas que tienes que explicar más, que dejan menos espacio a la duda o a que el espectador complete mientras mira.
Aun así, tenemos suerte. No le pasa a todo el mundo. Aparecen cosas valiosas en todas las plataformas y si vas con todo y tienes algo que contar, todavía se puede. Ojalá no cambien demasiado los tiempos para no perder esa libertad de expresión que surge de las historias.
Dicho esto, me parece bonito dejar por escrito cómo fue nuestro contacto previo, porque de alguna manera también ha moldeado esta conversación.
Un mensaje privado en Instagram, un no sé si te acuerdas de mí, pero me encantaría entrevistarte… y, sobre todo, una de sus respuestas: si no te contesto rápido es que me he desinstalado estos días Instagram del móvil.
Eso me hizo pensar —y también alegrarme— que, a priori, Natalia no necesita exprimir las redes sociales para seguir avanzando en su carrera; sin embargo, quiero saber qué relación tiene con ellas:
Las redes sociales son una vorágine muy unida a la industria actual. Hay cierta presión sobre cómo colgar y qué colgar, sobre la imagen, sobre esta sensación de que todo va bien. Pero a mí hay algo que me agota y me hace sentirme un poco adicta porque me encuentro vídeos en bucle sin querer. Y de repente pienso: ¿esto me aleja de lo creativo?
También creo que muchos actores hacen «publis» y contenido de redes y allí encuentran otra fuente de ingresos, lo cual me parece súper lícito, pero sí pienso que a veces se disipa un poco lo que estás llamado a hacer: interpretar.
Me tomo la licencia de hacer un pequeño homenaje a su padre y a su hermano —sé que son tan futboleros como yo—, porque Natalia me deja la pelota botando.
Vuelvo por un momento a ese claustro de profes del instituto de Pamplona, tirándose de los pelos porque su alumna brillante decidió ser actriz. Y subo la apuesta.
¿Hay algo más allá de la interpretación que te despierte el gusanillo?
Ahora que voy cumpliendo años pienso en lo bonito que es enseñar. Transmitir algo que pasa por la experiencia. Eso sí me está apeteciendo. Me está picando el gusanillo.
Dirigir… hay algo ahí. Pero tampoco es una llamada que sienta en este momento. No es que me dé miedo, creo que algún día llegará. Pero de momento no hay deseo. Me gusta muchísimo actuar. Mucho, mucho.
Nuestro recorrido está a punto de terminar y le propongo mirar hacia lo que todavía no ha habitado, hacia esos lugares donde también se permite imaginarse como actriz.
Tengo dos deseos siempre. Uno que casi nadie ve: soy una chica de barrio que llevaba rastas y piercing. Me encantaría que alguien se atreviera a darme un personaje cerca de lo que soy en esencia. Quizá algo más roto.
Y luego, mi otro deseo… Sandra, la chica con la que entreno, siempre me dice: tía, te imagino mogollón haciendo una peli de acción. Y a mí me encantaría: colgarme de cuerdas, llevar una pistola, hacer volteretas, tirarme al suelo. Todo súper ágil.
Como es ella la que se ha abierto conmigo y me ha permitido entrar en su universo con cierta confianza, le digo, entre risas, que lo primero no le pega demasiado… y que lo segundo ya existe y se llama CrossFit.
Natalia se ríe.
Y yo, ahora sí, concluyo: dime un último deseo.
Todavía no he hecho un personaje que lleve un peso más grande en una película. Sentir ese recorrido y ese viaje de estar en todas las secuencias. Eso me encantaría.

Fotografia de Lázaro Cabrera | (@_lazaro_cabrera)
Cuando me enfrento a una pieza así, pierdo la noción del tiempo. Paso horas intentando esbozar la silueta de la conversación.
Escucho, comparo, transcribo. Me sumerjo en todo lo que me cuentan y, sobre todo, me obsesiona estar a la altura de quien tengo al otro lado. Es lo mínimo cuando alguien te entrega un rato de su vida para que tú lo conviertas en palabras.
Con Natalia Huarte todo fue tan sencillo que podría haber estado mil horas más charlando. Su naturalidad me permitió parar, profundizar y entender qué hay detrás. La fortuna inmensa.
Mientras tanto, La Fortaleza, que siempre vuelve, hará parada el 9 y 10 de julio en el Teatre Grec de Barcelona.
Leonora sigue su gira y abrirá temporada en Madrid a partir de septiembre. Y, en paralelo, su camino en el audiovisual continúa expandiéndose, con proyectos pendientes de estreno como la película Pájaro que agoniza o la serie A la deriva.
Vuelvo entonces al título.
Y me reitero.
Quizá no necesite los pies.
Solo saber hacia dónde volar.
*La imagen principal es una fotografía de Lázaro Cabrera.


