Marta Jiménez Serrano, escribir lo que nos pasa – BORRADOR

Yo siempre he tenido cosas favoritas. Y es algo que me encanta.

El color. El número. El grupo de música. La actriz. El actor. La comida. Pero nunca había tenido una escritora favorita.

Y de eso me di cuenta el día que devoré No todo el mundo en lo que dura un trayecto en tren Valencia–Oviedo y después me pasé el viaje entero reconstruyéndole a Rubén, mi chico, cada relato del libro con pelos y señales.

También lo entendí cuando, en ese mismo tren, un chaval se sentó a nuestro lado. Él iba leyendo La mala costumbre de Alana S. Portero y yo colocaba mi e-book estratégicamente para que, si en algún momento le daba por cotillear lo que yo estaba leyendo, viese el nombre de Marta Jiménez Serrano, se acordase y quizá, en algún instante de su existencia, quisiera leerla.

Hubiese sido más fácil decirle: “Qué buena pinta tu libro; mira el mío”.

Marta tiene un banco en La Latina en el que los fans de póster posan y los niños trepan. Marta vio un bus empapelado con su cara en Barcelona por Sant Jordi. Marta es Puro cuento en Carne cruda. Marta imparte talleres literarios. Marta es filóloga. Creo que Marta está convencida de que Mad Men es la mejor serie de la historia. Marta fue oveja eléctrica. Marta pasa de Bolaño. Marta leyó Los habitantes de Llano Lejano y nunca más pudo parar.

Marta tiene cuatro libros: La edad ligera (Rialp, 2021), Los nombres propios (Sexto Piso, 2021), No todo el mundo (Sexto Piso, 2023) y un Oxígeno (Alfaguara, 2026) que, paradójicamente, no deja de darle alegrías desde que viese la luz el pasado 8 de enero.

Arrancamos.

Me pregunto siempre cómo serán los hoteles de València.

Si se parecerán a los de otras ciudades o si, cuando los huéspedes suben a su habitación, les reciben con una bandeja de naranjas al ritmo de Paquito el Chocolatero, lo cual me parecería una fantasía absoluta.

Me citan a las 16:30h en el hall de un hotel céntrico para entrevistar a Marta Jiménez Serrano. Entro y ella está terminando otra charla: tipo pódcast, con su logística de pódcast, su luz natural entrando por los ventanales, gente paseando por detrás para que el plano quede tan bonito como casual y un café con leche que presumo ya vacío descansando sobre la mesa.

Y yo, como te imaginarás, estoy flipando desde ese mismo momento.

Acaba. Nos saludamos. Nos sentamos en unos taburetes altos. A mí me tiembla un poco en las manos el cuestionario que he preparado concienzudamente para no repetir demasiadas preguntas. Siempre imagino que quien lea esto probablemente ya habrá leído otras entrevistas suyas y no quiero volver a llevarla al mismo sitio. Lo pienso mucho, esto. Es casi obsesivo.

Ella se pide otro café con leche de avena y yo, intentando romper el hielo con algo distendido, le suelto que necesito que sea muy honesta conmigo.

¿Qué tiene el pisco sour que no tengan otros cócteles?

La lío a la primera porque en la formulación de la pregunta saco a relucir mi complejo de no haber ido nunca a una academia de inglés pronunciando “sour” como se escribe y no como lo pronuncia Marta, que está muy viajada y claramente sabe pedir piscos sours por el mundo.

Cambiamos de marcha.

Si abrimos Oxígeno en sus primeras páginas, lo primero que nos encontramos es a Marta tirada en el suelo del que fue su baño durante cinco meses menos ocho días después de desmayarse. Se ha intoxicado por el monóxido de carbono que rezuma de la caldera sin revisar del piso en el que vivía de alquiler junto a su entonces pareja, Juan.

Lo que en condiciones normales sería un accidente gravísimo y probablemente fortuito, aquí se convierte en la negligencia de una arrendadora que además de vivir su gran sueño americano, verbaliza de forma constante que no quiere ocuparse de nada que tenga que ver con el piso.

Pero de eso hablaremos más adelante.

Contar cómo es casi morirte debe ser equiparable a morirte del todo, pero si por algo se caracteriza la literatura de Marta, es precisamente por poner el foco en lo que nos pasa.

Así que me detengo un momento aquí, porque quiero saber si es más difícil escribir sobre lo extremo o sobre lo cotidiano:

¿Y cómo aterrizas en Oxígeno esta visión?

Cuando terminé de leer Comerás Flores de Lucía Solla Sobral, lo primero que hice fue escribir en las notas del móvil una frase que quería que abriese la reseña: no se escribe por escribir.

Ahora la traigo aquí porque si algo me interesa de todo lo que deja Marta en sus libros, es el durante.

Oxígeno narra un trauma que se despliega en distintas capas: personales, dolorosas, creativas. Pero yo quiero poner pausa ahí, en el momento de sentarse a escribir de verdad. Saber si hubo una especie de epifanía de escritora o si, por el contrario, todo se pareció más al horror vacui que produce la hoja en blanco y el cursor temblando.

Es fácil caer en la frase hecha de que este es el libro más personal e introspectivo de Marta Jiménez Serrano, pero es que realmente lo es.

Y por eso es todavía más interesante cómo decide construirlo:

Así, lo que podría haber sido un testimonio crudo en primera persona termina convirtiéndose en una estructura compleja que requiere documentación: capas temáticas que se superponen, datos precisos que enriquecen la parte más informativa y personajes reales que adquieren voz propia más allá de la narración. También denuncia social.

En general, un universo que a veces agobia y otras veces ilumina.

Oxígeno es la última novela de Marta Jiménez Serrano.

Esas otras miradas aparecen gradual y ordenadamente durante la lectura.

En primer lugar, Juan: el que escuchó los golpes que anunciaban el desmayo, el que abrió la puerta del baño, el que encontró a Marta en el suelo y el que llamó a SUMMA 112.

Y si tiramos de épica, Víctor, el enfermero y Ana Belén, la médico, serían los héroes del relato, pero este no entiende de salvadores ni salvados, entiende de personas:

Cuando hablo con alguien sobre los libros de Marta, me doy cuenta de que, de alguna manera, sus obras parecen dialogar entre sí siguiendo una especie de recorrido vital.

A modo de resumen y también para dejarte con ganas de que la descubras, en Los nombres propios leemos el origen y el forjado de la personalidad de una narradora que parte de la infancia y avanza hasta la adultez, profundamente ligada además a la figura de su abuela.

En No todo el mundo aparece el amor contemporáneo y urbanita en ese Madrid de ensueño que funciona como escenario de primeras veces, citas, besos infinitos y también rupturas.

Y en Oxígeno se atraviesa la (casi) muerte desde la rabia, el miedo y los recuerdos.

No sé si es deliberado pensar sus libros desde ese recorrido entre origen, amor y muerte, pero sí tengo claro que en todos ellos las capas y las distintas lecturas no solo conviven: se necesitan.

¿Y hay alguna interpretación que te haya llamado especialmente la atención o que no te esperases?

En algún momento de la charla, le confieso a Marta, con la boca pequeña, que leo en e-book: la falta de espacio en mi piso de alquiler no me deja otra opción.

Supongo que eso de “para gustos, los colores” es perfectamente extrapolable a la lectura: cada lectora y cada lector es un mundo, tiene sus rituales, sus manías y también sus circunstancias.

Y precisamente por eso me entra la curiosidad de saber hasta qué punto piensa en nosotros cuando escribe.

Tirando del hilo de esta idea, Marta suelta una frase digna de pancarta sindical literaria:

Ahora que sale la palabra literatura con todo su peso y su poso, recuerdo una imagen que me vino a la cabeza cuando escribí la reseña de Oxígeno: la de todos los miedos de la autora colocados en una fila perfecta sobre un escenario, reverenciando al público como hace un elenco al terminar una obra de teatro.

Porque en la novela aparecen la ansiedad, la hipocondría y también el miedo a la reacción del propio cuerpo en el proceso de superación del trauma. Todo eso está presente en el relato sin convertirse nunca en una confesión descarnada. Ni siquiera hay un ápice de lamento.

La pregunta sale sola: ¿dónde está exactamente la frontera entre la confesión y la autoficción?

Ese “morbo” del que habla Marta podría haberse alimentado fácilmente si hubiera convertido a la arrendadora en una villana más evidente, dotándola de más herramientas narrativas para exagerar su papel.

Pero el caso es que su actuación ante esa negligencia es tan torpe, tan vergonzosa en sí misma, que precisamente por eso funciona tan bien. No necesita ser una caricatura para generar rechazo: con lo que hay, la odiamos todas por motivos bastante lógicos.

Y, sin embargo, la voz del narrador hace algo distinto. La mira con distancia, pero también con cuidado.

Y aquí es donde aparece otro de los grandes protagonistas de Oxígeno: el tono.

Decía unas líneas más arriba que este es un libro híbrido también a nivel de género. Y tiene sentido pensarlo así. ¿Es una novela pura? Probablemente no. ¿Es una autoficción en todo su sentido? Quizá tampoco.

Pero, incluso dentro de esa mezcla, hay algo que permanece completamente reconocible: su manera de contar.

Hay vulnerabilidad, pero también ironía. Hay una apelación constante al lector. Y sobre todo, hay una sensación muy concreta de necesidad narrativa, como si el libro no pudiera haberse escrito de otra manera.

De alguna forma, escribir Oxígeno obligó a Marta a saber cosas de si misma que probablemente preferiría no saber.

¿Hay algo que aprendiste en esos cinco años que ya no puedas desaprender? Algo que cambió cómo vives, no solo cómo escribes.

Los nombres propios es la primera novela de Marta Jiménez Serrano, publicada en 2021.

Yo tenía claro que la conversación con Marta Jiménez Serrano iba a fluir porque, además de escribir como los ángeles, también es una comunicadora brillante.

Así que, como una no tiene todos los días delante a alguien a quien admira mucho, aprovecho la coyuntura para decirle que, independientemente de la temática de cada libro, siempre encuentro en su literatura pequeñas pinceladas en las que me reconozco.

Y creo que tiene tanto que ver con lo que cuenta, pero sobre todo con la manera en la que captura la realidad y la lanza a la página.

Eso que llamamos narrativa contemporánea y que algunos se empeñan en mirar por encima del hombro, cuando en realidad está más viva que nunca.

Ya hay que tener cuajo para reprocharte que hables ya no como la gente real, sino como la propia gente que te lee…

Miro el reloj de reojo, pasan unos minutos de las cinco de la tarde y en un rato Marta presentará Oxígeno en la Feria del Libro de València. No me queda mucho tiempo.

Yo seré tan torpe que se me olvidará pedirle durante nuestra charla que me lo firme; así que, sin lamentaciones, todo sea dicho, iré a escucharla, aplaudiré el final de su intervención, guardaré la cola, nos reiremos otra vez y le diré algo así como que sepas que me has hecho muy feliz hoy.

Antes de que todo esto suceda, le lanzaré la última pregunta: ¿te reconoces en las Martas de todos tus libros?

Marta Jiménez Serrano x Jairo Vargas.

Todas las entrevistas me generan un vértigo chulo. Aunque asociar vértigo a chulo sea un poco extraño.

Pero esta en concreto me expone en un lugar en el que he estado muy pocas veces: ¿cómo es lo de que la escritora te lea a ti?

Antes de acabar nuestra conversación, hablamos de algunas ideas y anotaciones que podrían acabar en una próxima novela. De los textos de su SubstackDon’t be a stranger es increíble- que son como el bonus track del universo Martiano.

De lo bien que me parece que se comunica a través de sus redes y de que ahí hay cosas que también tienen alma, como poco, de relato.

Le regalo una postal a Marta en la que le pongo que siempre me reconozco. No me canso.

*La imagen principal es una fotografía de Jairo Vargas.


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